El artículo fue publicado el 14 de Marzo de 2010. Guardado en Actualidad. Etiquetas: Crítica, David Tejero, Especial Oscars, Kathryn Bigelow.
La guerra es una droga, una plaga demoledora, un cáncer funesto que raramente podrá ser justificado, pero ante todo es un conflicto político en donde los intereses de estado son manejados aleatoriamente por burócratas asalariados que, desde su posición mercantilista, juegan con jornaleros en campo de batalla, trivializando las decisiones que ponen diariamente en peligro cientos de vidas humanas. La cinta, más visceral que cerebral, que ha firmado Kathryn Bigelow no sermonea sobre los horrores morales de la contienda bélica en Irak, y no insiste de forma discursiva en los problemas éticos que aprueben o no el drama brutal que la cruda realidad se encarga de evidenciar todos los días. En este sentido se le podría reprochar a su autora un distanciamiento ad-hoc en lo que concierne al problema estadounidense en el espinoso trance ocupacional dentro de la república iraquí, pero no es menos cierto que hay muchas más maneras de provocar repulsa que la de la simple declaración populista, por eso Bigelow retuerce con soterrada enjundia la furia que habla en lugar de las palabras, el criterio de disertar (perspicazmente) con testosterónicas representaciones en pantalla.
Bigelow logra en The hurt locker[i] un dispensario harto de cualidades. Rueda desde una perspectiva real la experiencia sofocante de un grupo de artificieros en la angustiante tarea de búsqueda y desactivación de bombas en el terreno hostil de una cobriza ciudad convertida en infierno, donde el peligro puede aparecer en cualquier parte, en cualquier objeto, en cualquier persona. No hay una denuncia reincidente en todo ello, pero es capaz de avivar el rechazo inmediato ante las espantosas sacudidas del dolor al descubierto, raso y extenuante, tomados por la cámara nerviosa de Bigelow con estimulante pinchazo electrizante.
Los recursos conceptuales que llevan a The hurt locker a evitar constantemente los lugares comunes del género, son los mismos que han hecho de Bigelow una de las realizadoras más interesantes del cine moderno. Su percepción cinematográfica no busca la feminidad impuesta y pide un reconocimiento mejor del que hasta ahora le había tocado en suerte, corroborando su compacta suficiencia en un hueco dominado mayoritariamente por hombres. Su entusiasta y palpitante forma de dirigir podría ser una de las causas por las que mantenemos un contacto cercano con los protagonistas, especialmente con el temerario sargento James, soberbio Jeremy Renner, y nos contagiamos sin curación del efluvio de adrenalina que salpica cada carbonizado fotograma.
La desesperanza de unos personajes que necesitan hacerse daño para sentirse vivos – la escena donde borrachos los sargentos James y Sanborn (Anthony Mackie) se divierten dándose puñetazos, o como la irresponsabilidad de uno de ellos puede provocar una catástrofe generalizada – que cuando no encuentran respuestas a sus temores solo les queda el compañerismo como vía de coexistencia (en eso Bigelow se guarda muy bien de que sintonicemos con el visceral papel de Jeremy Renner y admiremos su valentía obligada a modo de coraza aislante y protectora).Estos guerreros viven perpetuamente en el filo de la navaja, es por ello que deben de camuflar sus miedos dentro de escafandras que aguarden sus pesadillas. Algunos, como James, ejercen una aptitud heroica, falsamente bravía, de incauto kamikaze – que brota humanidad en la relación con el niño vendedor de dvds piratas, un joven indefenso que invoca los esporádicos recuerdos hacia sus lazos familiares – otros engrasan un angustiante temor intrínseco – el especialista Eldrydge (Brian Geraghty) – y el sargento Sanborn representa un sentido profesional de la responsabilidad y lealtad a sus superiores – enfocada en su admiración inicial al personaje brevemente reproducido por Guy Pearce – en parca estrechez los tres se necesitan, se adivinan, se complementan.
Hay aspectos que refuerzan la purificadora lección de interioridades a donde nos quiere transportar la brillante autora de Le llaman Bodhi[ii], eso es, un caos de cableado que encienda la chispa que haga estallar el artefacto encrespado, indomesticable e inhumano encerrado en la caja torácica de un cuerpo solido, cálido y temperamental. Un trabajo, el aquí presente, pensado como ejercicio visual perceptible, introductorio de unos soldados en misiones suicidas que fomentan el suspense dado por Bigelow en todo el metraje, declinando a un desenlace mucho más espeluznante que el de cualquier película del género terrorífico.
En resumidas cuentas y globalizando las ganancias de la película habría que destacar el pulso y seguridad que derrama Kathryn Bigelow para dar enfoque orgánico a la historia mediante un experimentado paquete audiovisual, principalmente cámara en mano y sobretodo, sorteando con indocilidad los lenguajes del cine actual. Puede tener como hermanas la actitud documental de Redacted[iii], o la curvatura tangible del Black hawk derribado[iv] (la impresión de ser un espectador activo en los acontecimientos), no sin aparcar el recio y atroz comunicado belicoso de Samuel Fuller, pero es por “mutus propio” la verdadera personalidad de Bigelow la que campa firmemente durante momentos claves del film (la secuencia de arranque, el duelo de francotiradores), y lo que afirma el hábil proceso de aprendizaje que ha experimentado durante su heterodoxa carrera.
También es parte arraigada el score, por instantes invisible, de Marco Beltrami, en colaboración con Buck Sanders, el cual poco a poco va despuntando hasta remarcar la emoción de un tramo final extraordinario (el ultimo y conmovedor dialogo entre los sargentos, en donde escuchamos por primera vez una melodía placida y tranquilizadora), y Jeremy Renner (a ello ayuda su rostro semi-desconocido, no es una estrella, aunque lleve en el negocio desde mediados de los 90, que acentúe la credibilidad del sujeto anónimo), un actor con aplomo y personalidad. Como nota negativa sería importante aclarar el hecho de que de no ser por la (imprevista) colección de premios y elogios que está recibiendo por parte de sectores de la crítica especializada nadie se hubiera molestado en distribuirla comercialmente en nuestro país. Estos menesteres la colocaran, con total seguridad, en la mayoría absoluta de las quinielas por las candidaturas a los Oscar, que si una extendida mancha azul no lo impide, podría hacer historia al tener numerosas papeletas para que la Academia le honre con la primera estatuilla dorada a una mujer en la categoría de director/a, y que desembocaría en un halago ponderado a la persona que a lo ancho de su trayectoria ha sorteado las dificultades de no pecar nunca de escasa perseverancia y que, entre tropiezo y tropiezo (la presuntuosa El peso del agua[v]), ha gobernado el trono de dama de hierro en el dificultoso campo del cine de acción.
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