El artículo fue publicado el 19 de Mayo de 2010. Guardado en Calidoscopio. Etiquetas: Dr.Quatermass, Revoluciones tecnológicas.
El primer efecto especial es la primera película, ya que para los asombrados espectadores de la época ese tren era el mayor de los prodigios. Conforme el cine ha ido avanzando los espectadores cada vez han pedido mayores dosis de creaciones fantásticas que solo han sido posibles gracias al desarrollo de los efectos especiales. Me han pedido escribir algo sobre las revoluciones en el cine, y como soy un poco cabezón, en lugar de hacerlo sobre los efectos CGI me he empeñado en hacerlo sobre las pequeñas revoluciones que los diferentes efectos especiales tradicionales nos han ido trayendo. Permitidme que hagamos un pequeño recorrido subidos al tren de los Lumière.
A Georges Méliès le debemos muchos de los efectos especiales que a día de hoy aún se siguen utilizando. Ilusionista como era, sus películas eran un vehículo para buscar la sorpresa del espectador con los más variados trucos de cámara. Es famosa la anécdota de como un día estaba rodando una escena y se le trabó la manivela que hacía avanzar el rollo de la película, cuando pudo desbloquearla y seguir grabando un actor se había colocado ante la cámara de forma casual, la sorpresa de Méliès fue mayúscula al ver aparecer de golpe personas en escena una vez revelada la película. Con este efecto de “paro de cámara” las apariciones y desapariciones de objetos y personas han estado desde aquel momento a la orden del día de forma muy sencilla de realizar. Pero no fue su única aportación, también le debemos la multiexposición, o lo que es lo mismo, obstruir una zona de película para que no quede expuesta, y grabar ahí en una posterior exposición otros elementos como en el ejemplo del vídeo que os adjunto. Méliès veía así como su faceta de ilusionista podía llegar a donde jamás hubiera podido llegar con el ilusionismo tradicional.
Dentro de la ilusión que el cine nos crea en cuanto a hacer creíbles personajes fantásticos, deformes, irreales o monstruosos, un aspecto clave es sin duda el maquillaje (entendido como el arte de transformar la apariencia de un personaje hasta alejar su aspecto del actor que le encarna). Sin duda el primer personaje en llevar este arte a la altura que se merece es Lon Chaney, el mítico creador de los personajes protagonistas de las películas que arrancaron el dominio de la Universal como maestros del horror gótico: El fantasma de la ópera[i] o El jorobado de Notre-Dame[ii]. Y cuando digo creador me refiero a su doble vertiente de actor y maquillador, ya que Lon nunca quiso que nadie le maquillara. Todas esas creaciones son de obra de sus propias manos y trucos que nunca revelaba. En el vídeo podéis ver la mítica escena en que el fantasma de la ópera muestra su rostro monstruoso en uno de los maquillajes más famosos de la historia del cine. Pero si tenemos que hablar de la elevación definitiva del arte del maquillaje (con permiso de los creadores del Conde Orlok del Nosferatu[iii] de Murnau) tenemos que hablar de Jack Pierce, creador de la magistral transformación de Boris Karloff en el monstruo de Frankenstein, así como de otras muchas creaciones suyas dentro de la época de oro del terror de la Universal a principios de los años 30.

Imaginemos que queremos modificar el entorno donde estamos filmando una escena: Si filmamos en estudio podemos querer un entorno fantástico para nuestros personajes, y si filmamos en exteriores podemos tener la necesidad de modificar su apariencia para eliminar elementos no deseados (¡si estoy rodando un western tengo que “borrar” esa gasolinera!) o bien para añadirlos (en una película de terror puedo querer añadir un castillo tenebroso en lo alto de una colina). En estas circunstancias tenemos dos opciones, demoler la gasolinera y construir un castillo, o bien pintar de manera realista los elementos sobre un cristal para ponerlos a la distancia adecuada del objetivo de forma que al filmar la toma produzca el engaño deseado. Otra posibilidad es superponer el “mate” (llamado así por el acabado que debe tener la pintura para parecer realista) mediante un proceso de doble exposición. Esta técnica es lo que nos ha permitido desde casi los inicios del cine tener escenarios fantásticos con costes muy bajos y resultados impresionantes si están detrás los artistas adecuados. En el ejemplo tenéis la famosa llegada a la ciudad esmeralda en El mago de Oz[iv], los personajes avanzan hasta que vemos el decorado fantástico integrado con sus movimientos. Otros ejemplos ilustres como los decorados futuristas de Metrópolis[v], los rascacielos de Gotham City en los Batman de Tim Burton o la famosa escena final de En busca del arca perdida[vi] donde vemos avanzar una carretilla en un almacén que parece infinito han conseguido que nos creamos lo increíble con una pintura.
Segundo de Chomón en El hotel eléctrico[vii] puede considerarse el pionero de esta técnica que hace cobrar vida a objetos y monstruos al grabarlos fotograma a fotograma, pero los hitos de su desarrollo están grabados a fuego en la historia del cine. A Willis O’Brien le debemos The Lost World[viii], que fue el primer largometraje en integrar monstruos animados en stop-motion con maquetas y actores, ahí ya tenemos la semilla de las películas de monstruos que arrasan ciudades, desde Godzilla[ix] a Monstruoso[x]. Pero O’Brien sin duda pasó a la posteridad gracias a King Kong[xi] una de las maravillas del séptimo arte, que ha asombrado a los espectadores durante décadas. Y ya sabemos que quien consiguió las mayores cotas de perfección técnica con el stop-motion fue Ray Harryhousen, siendo seguramente Jasón y los argonautas[xii] su obra cumbre. El stop-motion fascina porque se ve el truco, cuando vemos una criatura animada mediante esta técnica podemos apreciar los pequeños saltos entre fotogramas lo que la dota de personalidad propia, incluso podemos apreciar la huellas que los animadores han ido dejando en el modelo mediante las miles de manipulaciones necesarias para conseguir unos minutos de animación. Pero como ejemplo os traigo algo mucho más reciente que los ejemplos citados, y es que durante los años 80 antes de la llegada de los efectos CGI muchas películas famosas lo utilizaron, en la primera película de la saga Terminator[xiii]. Stan Winston consiguió dar vida al esqueleto metálico del cyborg venido del futuro. La integración del modelo con el complejo escenario de una fábrica, así como con el fuego y otros elementos hacen que suponga una de las cimas de los efectos especiales pre-CGI. Otros hitos contemporáneos son la monumental escena inicial de El Imperio Contraataca[xiv] (los gigantescos guerreros imperiales cuadrúpedos), Dragonslayer[xv], La cosa[xvi], Robocop[xvii], y un largo etcétera, desarrollándose para algunas de ellas variaciones sofisticadas de la técnica que provocaban pequeños movimientos robotizados del modelo sincronizadas con el momento de la captura del fotograma, dando así impresionantes efectos que nada tienen que envidiar a los modelos CGI por venir.
Desde luego si hablamos de efectos especiales en el cine pre-CGI tenemos que hablar de maquetas. ¿Cómo crear naves espaciales que den la ilusión de ser gigantescas? Pues realizando modelos a una escala mucho menor que creados con el detalle suficiente y fotografiados con el talento necesario nos darán la ilusión de realidad. Solo tenéis que ver la famosa escena 2001, una odisea del espacio[xviii], realizada por Douglas Trumbull (y Kubrick, por supuesto), una de las cumbres de este arte junto con las primeras entregas de Star Wars. ¿Y el efecto contrario? ¿Cómo conseguimos que lo grande parezca pequeño? No podemos sino acordarnos de la cumbre de los efectos de ese tipo: El increíble hombre menguante[xix] de Jack Arnold. Para dar la ilusión de reducción se construyeron decorados con los muebles mucho más grandes de lo normal: Si el protagonista debe subirse a una silla de dos metros de alto, indudablemente tendremos la sensación de que se reduce de tamaño. Y luego tenemos también los trucos de perspectiva claro, que han facilitado decenas de películas de gigantes y enanos. Si ponemos al actor cerca de la cámara y otros elementos de la escena más alejados y conseguimos la profundidad de campo suficiente como para que todo que enfocado correctamente, el efecto de gigantismo está garantizado y lo mismo podemos decir si lo alejamos del primer plano parecerá más pequeño. Un ejemplo reciente de aplicación de esta técnica lo tenemos en los hobbits de la trilogía de El señor de los añillos[xx] de Peter Jackson.

Todos lo hemos visto decenas de veces en películas de cualquier época: Un vehículo avanza por un escenario mostrando a sus ocupantes mientras vemos moverse el fondo de forma que se cree la ilusión de movimiento. Obviamente esos actores están tranquilamente en un estudio mientras una pantalla tras ellos retro-proyecta una filmación realizada desde un vehículo en movimiento. Durante décadas este método permitió ahorrar mucho dinero en filmación en exteriores, pero cuando consiguió resultados espectaculares fue cuando permitió a Superman realizar todas sus hazañas como podéis apreciar en el vídeo. La ilusión del vuelo es inigualable, y para ello solo se debía suspender a los protagonistas de cables y proyectar en una pantalla tras ellos los vídeos del vuelo. La escena está planificada con un nivel de detalle increíble, cuando se hace zoom sobre el personaje, la filmación posterior también lo hace en el mismo grado. Pero si se trata de no sacar del estudio a los protagonistas, que decir de la “pantalla azul” o croma, un método para evitar que todo lo de ese color impresione la película y posteriormente añadir en esas zonas filmaciones de exteriores o cualquier otro motivo, o incluso hacer desaparecer personajes si lo que se impresiona en esas zonas es una filmación previa del mismo escenario sin protagonistas. Este simple método es el que hace desaparecer a Harry Potter, y el que permite añadir fondos a las escenas espaciales rodadas con maquetas sobre un fondo azul.
Antes de que la robótica permitiera animar criaturas con el nivel de detalle suficiente, se recurría a las marionetas, y uno de los personajes más famosos de la historia del cine fantástico es una marioneta: Yoda, el maestro Jedi. Creación de la pareja Jim Henson / Frak Oz, Yoda es todo un prodigio de expresividad y carisma hasta el punto de que cuando fue sometido al plan renove que en El ataque de los clones[xxi] aparcó la marioneta por el CGI perdió parte de su carisma. Pero estábamos hablando de Animatronics o robótica aplicada a la creación de personajes, desde finales de los años 70, la técnica estaba lo suficientemente desarrollada como para permitir crear personajes con movimientos hasta entonces nunca vistos. Uno de los mejores ejemplos es E.T.[xxii], una creación con multitud de expresiones faciales posibles como podéis ver en el vídeo adjunto. De hecho la barrera entre la marioneta y la robótica muchas veces es difusa, como demuestran muchas de las criaturas más famosas del cine de esta época, como Alien, Falcor (el dragón gigante de La historia interminable[xxiii]), Gizmo, la criatura protagonista de Gremlins, y muchos de los dinosaurios de la saga Jurassic Park entre las muchas creaciones robóticas.
Y aquí detenemos el tren de nuestro repaso a las maravillosas artes que durante más de 100 años nos han hecho creer lo increíble, no ha sido una revolución que haya cambiado de un plumazo el mundo del cine, sino un perfeccionamiento gradual de artes y métodos que datan de muy antiguo y que han ido evolucionando hasta llegar a cotas de perfección insospechadas. Contrariamente a lo que muchos piensan, los efectos CGI no han hecho que se dejen de usar muchas de estas técnicas, aunque el principal despliegue de efectos lo tenemos actualmente en la informática, pero tenemos afortunadamente directores cabezones como Guillermo del Toro o Peter Jackson que si pueden evitar usar el ordenador prefieren recurrir a los métodos tradicionales. Y como olvidar a nuestro querido stop-motion, éste sí desterrado de la creación de monstruos en películas de imagen real, pero maravillosamente rescatado para la animación, en películas que año a año nos sorprenden.
Gracias por acompañarme en este viaje, ha sido un placer recorrer la historia de los efectos especiales tradicionales con todos vosotros.
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