El artículo fue publicado el 6 de Julio de 2010. Guardado en Retrospectiva. Etiquetas: Crítica, Especial Géneros, Howard Hawks, Marcos Callau.
Ahora que las semanas se atropellan y los días se esfuman fugaces como arena entre los dedos, no viene mal ocupar una localidad de lujo en el cinema de nuestros hogares y disfrutar de una de esas películas que consiguen detener el tiempo, envolverlo en un misterioso halo de blanco y negro. Porque el nimbo de un farol en una noche de niebla o un cigarrillo humeante bajo la macilenta luz del último bar de la ciudad no significarían nada especial de no ser por el cine negro. Para ocuparme de este suculento género he elegido una de sus obras maestras por excelencia. En 1939 Raymond Chandler debutaba en la novela negra con una primera e impactante obra titulada The big sleep invitando al lector a descubrir el mundo a través de la mirada de un nuevo detective privado llamado Philip Marlowe. Leída hoy El sueño eterno es una novela fresca y apasionante, y no es de extrañar que Howard Hawks tardara tan poco tiempo en trasladarla a la gran pantalla. Para tan complicada tarea Hawks sacó partido de la más que efectiva pareja Bogart-Bacall, después de haberlos dirigido ya en Tener y no tener, dotando a la cinta de un aliciente sexual algo transformado del que podemos percibir en la novela. Desde el comienzo, el aspecto noir de la cinta[i] es sublime. Los títulos de crédito están formados por la humareda de un par de cigarrillos que las siluetas de Bogart y Bacall, fundidas en negro, están fumando en la oscuridad.

Desde ese momento, Hawks nos sumerge en una historia de amor y alta tensión sexual que discurrirá a la par que numerosos y enrevesados acontecimientos variando el curso de la investigación que Marlowe (Humprey Bogart) lleva a cabo. Philip Marlowe es contratado por el acaudalado y ya moribundo General Sternwood, padre de dos hijas de sangre corrompida que dedican sus vidas sólo a alimentar sus cada vez más complicados vicios. Marlowe debe librar al viejo de un chantaje del que es víctima, consistente en deudas de juego obtenidas en una noche loca de su hija Vivian (Lauren Bacall). Esta es la primera escena memorable del film. Marlowe está hablando con el señor Sternwood en el interior de un invernadero y el sofocante calor que hay allí dentro provoca el sudor del detective que, paso a paso, va empapando su camisa ante los ojos del espectador. La gran cantidad de nombres que salen a la palestra en esa primera conversación entre el señor Sternwood y Marlowe ya nos da una idea de la tremenda densidad de la historia impecable que acaba de comenzar. Tras esa entrevista sucede el primer encuentro entre Vivian y Marlowe. La tensión se puede palpar en el aire y qué duda cabe que la complicidad interpretativa entre Bogart y Bacall es una baza con la que Hawks supo jugar contribuyendo a engrandecer la película y la propia historia de Chandler. El primer sentimiento que une a los dos personajes es el odio que, como ya se sabe, puede llegar a estar tan próximo al amor como para confundirse.
A partir de este punto Marlowe, sin preocuparse demasiado de las hijas Sternwood, comienza la investigación en la librería que regenta el chantajista y esta visita lleva al detective a otra librería que hay justo en frente. Aquí es donde Hawks vuelve a incluir otra escena sexual inexistente en la novela. En pleno 1946, al espectador se le sugiere hábilmente un affaire mantenido entre Marlowe y una atractiva librera interpretada por Dorothy Malone mientras el detective espera a que pase una pesada tormenta. La librera se insinúa al detective de manera abierta, cierra la tienda y echa las cortinas. Acto seguido se suelta el pelo, saca algo de beber y hay un fundido en negro. Al siguiente plano vemos a la librera ligeramente despeinada mirando por la ventana y el espectador puede intuir perfectamente lo que ha ocurrido en esa habitación mientras fuera estaba lloviendo. Este es un magnífico ejemplo de cómo burlarse inteligentemente de la censura. Con estas pinceladas, además, Hawks va cargando el ambiente oscuro que rodea a la investigación de Marlowe.

En la escena siguiente el objeto de la investigación de Marlowe muere asesinado ante los ojos de Carmen Sternwood (Martha Vickers), la otra hija del General moribundo. Esta escena también difiere ligeramente. La provocativa Carmen Sternwood es fotografiada completamente desnuda en la novela y las fotos pornográficas son la mejor excusa para volver a chantajear al viejo. En la película Martha Vickers suple perfectamente la desnudez de su personaje con una actitud puramente sensual y provocativa que aún hoy en día abrasa la pantalla cada vez que aparece.

Con el objeto de la investigación asesinado, todos los Sternwood dan por concluido el caso, pero no lo hace así Marlowe, quien desea proseguir con su trabajo para llegar al principio de los males. De esta manera se nos invita a observar el corrupto y feo mundo de una familia acaudalada a través de los ojos de un hombre íntegro que desciende a las alcantarillas por “veinticinco dólares y los gastos”, movido también por el respetable afán de brindarle a un viejo moribundo un final descansado, libre de remordimientos y tranquilo para los últimos días de su vida. Así se nos demuestra que la riqueza material equivale a la podredumbre del alma y viceversa, si tenemos en cuenta la integridad de Marlowe. A todo esto, Hawks le añade un nuevo aspecto a Marlowe del que la novela carece. En la película podemos ver cómo también le mueve un vago sentimiento de amor hacia Vivian Sternwood aunque en el final sus futuros quedarán en el aire. Lo mejor que se puede hacer con esta obra maestra es verla después de haber leído la novela. Sólo así obtendremos un claro ejemplo de lo que Howard Hawks intentó hacer con la magnífica historia que escribió Raymond Chandler. El resultado, tanto en cine como en literatura, es perfecto aunque sustancialmente diferente.

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