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Hijos de los hombres: Un recodo de esperanza

Armada con mi MP3, ahuyentando la cotidianidad para entrar en el apagón de los sonidos de la realidad, llega la bienvenida al mundo de lo imaginario. En los próximos 45 minutos sólo existe el constante caminar, la línea recta y la ignorancia de lo que sucede a mi alrededor. Mi paz, aquella que llega tras ocho horas de prostitución de mi tiempo y antes de las responsabilidades del hogar, la forman 45 minutos de intimidad pública, en la que mi cuerpo es tangible pero mi mente es estimulada por la música que azota mi oído y mi cerebro. Bendito invento la música portátil. No estoy para el mundo.

A ojos de quien no oye, el mundo se hace arrítmico, ausente. La simbiosis en la que nos sume la adquisición de unas normas sociales tácitas, queda patente ante el extrañamiento que causa este breve egoísmo hedonista que ejerce de parapeto emocional. El resto de gente parece danzar acorde con la batuta de un director de orquesta, cada uno en su dirección pero por un motivo común, siguiendo los lánguidos movimientos de quien marca el compás de una melodía agradable, tal y como lo hago yo el resto de horas que tiene el día. Pero ahora no. Es mi momento, aquel en el que acelero y freno cada cuatro minutos. No estoy para el mundo.

Se crea un nuevo statu quo y poco a poco se genera una rutina dentro de la ausencia de rutina. Es diferente a la que gobierna el resto del día, pero es rutina al fin y al cabo. Es la misma de los 45 minutos de ayer, y será la misma de los 45 de mañana. Una rutina que tiene en su situación localizada y breve su máximo potencial. Algo extraordinario en medio de un océano inmenso. Y de este mismo modo es como empecé a notar una variable dentro de esta rutina que está dentro de la otra rutina. De repente no era yo, sino que nadie estaba para el mundo.

Todos se detuvieron, dejaron sus quehaceres. Ante tal visión no pude sino despegar los auriculares de las orejas para reconectar mi vínculo con la realidad. En mi rutina de los 45 minutos no quiero cambios exteriores, yo marco las normas, y que algo estuviera interviniendo en ella de una forma tan generalizada llamó mi atención y me hizo participar irremediablemente de ella. Todos se habían separado del enjambre para convertirse en abejas cediendo paso a la reina. Una reina de mastodóntico tamaño, vestida de blanco con ribetes rojos y con un canto que causaba conmoción. Todos, desde los viandantes hasta los automóviles, le cedían el paso. Era un espectáculo digno de ver, de cómo ante el bien ajeno aún respondemos a la generosa acción de ofrecer ayuda.

Todo en Hijos de los hombres[i] es emocionante, pero aquella escena en la que en plena guerra rebelde todos abren paso a la primera criatura nacida en veinte años es la que aún me hace saltar las lágrimas. No cabe imaginar cuán relevante sería, en tal situación, ser testigos del milagro, y ya sé que las comparaciones son siempre odiosas, pero cada vez que la gran ciudad se detiene para dejar paso a una ambulancia pidiendo ayuda creo sentir algo cercano a esa fe en la humanidad. Precisamente en ese acto de ceder nuestro lugar por el bien de un prójimo desconocido es lo que me hace creer a pies juntillas que lo único que nos corrompe es el ansia de poder. Sólo por eso, aquel bebé tenía que irse lejos y no podía ser mostrado, porque si supiéramos quién hay en cada ambulancia ante la que nos postramos, posiblemente habría quien haría lo imposible por evitar que llegase a su destino.

 


[i] Children of Men, Alfonso Cuarón, 2006.
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