El artículo fue publicado el 19 de Septiembre de 2010. Guardado en Retrospectiva. Etiquetas: Crítica, Especial Ciudades, Marcos Callau, William Dieterle.
Bienvenidos a la historia de amor más fantástica, romántica e imposible jamás contada. Un sueño que discurre entre los caprichos de cámara de William Dieterle, creando unos paisajes de Nueva York como nunca antes lo habíamos visto, las luces y sombras de una ensoñación romántica a través de las farolas en la niebla de Central Park y de la niebla en la mente de un artista sufriendo por un amor imposible, el amor de Jennie. Joseph Cotten es el artista Eben Adams, un pintor mediocre que no consigue vender un cuadro y en cuyas obras no existe el menor rastro de luz, ni brillo, ni amor. Eben Adams sólo retrata la oscuridad, la pena, la soledad que él mismo siente durante toda su vida hasta el momento en que conoce a Jennie, interpretada por Jennifer Jones. Jennie es, al principio, una jovencita que viste con ropa de otro tiempo a la que se encuentra una noche en un banco de Central Park. Jennie es una chica mágica, “con enormes ojos tristes” pero brillantes y sinceros que habla de situaciones, lugares y cosas que pertenecen a otro tiempo. En éste primer encuentro la jovencita pide a Eben Adams que la espere hasta que ella crezca.
En el siguiente encuentro la jovencita ya ha crecido y es toda una mujer enamorada del pintor por la que él también se encuentra fascinado y locamente enamorado. Aquí William Dieterle nos presenta a Jennie como una mujer que más que mujer es sueño, una ensoñación imposible para el hombre enamorado de algo que parece irreal. Eben Adams persigue ese sueño que es el amor de su vida y que ni él mismo sabe si es sueño o realidad, en cualquier pista que ella le haya dejado. Los encuentros entre los dos amantes en el tiempo son de una intensidad muy palpable pero cortos y caducos, sólo confiados y confiando en lo imperecedero de su amor eterno. Una mujer, un amor, sobre la que es imposible trazar cualquier tipo de plan de futuro porque, como dice Jennie, “¿Qué es el mañana?…el hoy es un mañana de un ayer mejor. Mañana es futuro de la palabra olvidada“. Siempre que el pobre pintor está con ella viviendo un momento íntimo, de repente, ella desaparece. El final de la película es idílico, genial y tan mágico como toda la cinta. Además, William Dieterle realiza un homenaje al cine mudo coloreando las partes finales con filtros verdes, rojos y morados a la manera antigua. La sorpresa final está en el último fotograma de la película en el que sale el cuadro que Eben Adams pintó a Jennie y que está expuesto en el museo de Nueva York. El cuadro lo vemos en maravilloso Technicolor.
La fotografía de esta película rodada en 1948 corre a cargo de Joseph H. August quien parece querer presentarnos la ciudad de Nueva York a través del pensamiento de un pintor atormentado, como si contempláramos la ciudad a través de un lienzo y de la bruma del pensamiento. De esta manera obtenemos unas imágenes llenas de ensoñación, una visión insólita y muy original de una ciudad que, sin embargo, ha sido tantas veces utilizada en el cine. Jennie[i] ganó el Oscar a los mejores efectos especiales y no a la fotografía que aquel año ganó no menos merecidamente William Daniels por La ciudad desnuda[ii].
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