El artículo fue publicado el 6 de Octubre de 2010. Guardado en Actualidad. Etiquetas: Crítica, Nicolás Ruiz, Rodrigo Cortés.
El miedo a ser enterrado vivo tiene sus orígenes a principios del siglo XIX, cuando empezaron a descubrirse casos de lo que luego se acuñó como catalepsia. Muchas exhumaciones pusieron al descubierto errores médicos en la declaraciones de defunción, mostrando (ahora sí) cadáveres con claro signos de lucha por escapar de su prisión. En palabras de Poe, ser enterrado vivo es “el más terrible de los extremos que jamás haya caído en suerte al simple mortal”[i] , donde la única compañía a nuestra prisionera soledad es la certeza de una angustiosa muerte.
En pleno siglo XXI la soledad se limita a los espacios físicos gracias a la explosión de las nuevas tecnologías, que permiten una comunicación de extremo a extremo del mundo a golpe de click y GPS. Nuestra disponibilidad viene marcada por el acceso a satélites, sin importar nuestro entorno, y las barreras vienen delimitas virtualmente y no geométricamente. Bien podríamos estar enterrados vivos, que con una conexión adecuada podríamos disfrutar de un partido de fútbol con nuestros amigos. Ahora bien, lo realmente terrorífico no reside en la imposibilidad de comunicarse, sino en la incapacidad de comunicación entre emisor y receptor, sin que el medio sea responsable. Si al otro lado no nos escuchan, no sólo somos ignorados, sino también olvidados.
Rodrigo Cortés (director) y Chris Sparling (guionista) dan al protagonista de Enterrado[ii] una ventana a través de la cual tiene comunicación con el mundo exterior, dejando claro que la soledad lleva a la muerte y que toda salvación posible pasa por la interacción con otros dispuestos a salvarle, así como con sus propios captores. Si antaño el aire restante en un ataúd podía marcar el tiempo de vida restante, ahora la muerte se mide por la carga de la batería de un teléfono móvil, única vía de salvación. Esto deja claro que gran parte de la acción pasará por el diálogo, mientras en el resto de silencios tendremos al personaje reconociendo su nuevo entorno, haciéndonos partícipe de su angustia.
De ahí que el hecho de estar enterrado vivo sea anecdótico en la narrativa, ya que puntualmente adquiere relevancia, pero como un miedo primario y como elemento para crear angustia cumple perfectamente ya que, si bien costaría al espectador equiparar su estado a la ansiedad del protagonista a través de la trama del secuestro, trasladar la acción a un ataúd nos implica directamente en un estado emocional parejo al del personaje de Ryan Reynolds. Muestra de ello es el silencio estupefacto en la sala al arrancar el film y vernos todos (personaje y público) a oscuras, escuchando la respiración y los gestos del protagonista, desconocedor de su situación.
Así vivimos Buried siempre en primera persona, recibiendo la misma información que recibe el protagonista, sin abandonar los muros de su prisión, huyendo del artilugio intelectual para atacar directamente a nuestros nervios. Aunque la pantalla esté a oscuras, no apartamos la mirada porque sabemos que allí hay alguien con el que ni siquiera necesitamos empatizar. Dice McKee que “el talento es como un músculo: si no hay nada contra lo que empujar, se atrofia”[iii], y no deja de ser loable que con tan pocos medios puedan tener cabida tantas situaciones (ocasionalmente maniqueas) en un desarrollo marcado principalmente por una contundente fisicidad en la que Reynolds se desenvuelve a la perfección. En un espacio tan reducido se dan cabida lo sensorial y lo emocional llevados ambos al límite, dando apuntes de una crítica a la burocracia, al intervencionismo americano, a la crisis económica y al terrorismo sin hacer pivotar la trama sobre dichos elementos.
La existencia en Buried se reduce al mínimo, a los elementos universalmente reconocibles por el espectador, a emociones primarias mostradas plásticamente a través de un encomiable trabajo de dirección y fotografía, que aunados al trabajo de guión y una trama frenética acaban dotando a Enterrado de una enorme potencia dramática, in crescendo hasta su cierre. Notable el ejercicio de suspense dramático de Rodrigo Cortés, y enorme la valentía de hacerse cargo de un proyecto tan complejo a nivel técnico y tan difícil a nivel publicitario en una época donde la taquilla se rige por el tamaño y la procedencia.
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