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Machete: el extraño encanto de lo Z

Cuando los espectadores de Planet Terror asistieron al falso tráiler de Machete, un mismo pensamiento recorrió a todos los presentes: Machete merece un largometraje. Ahora, con Machete (la película)[i] disponible en las salas, otro pensamiento empieza a cobrar forma de modo progresivo: Machete debió quedarse en el tráiler. Uno, que siente el film de Rodríguez y Maniquis irregular y algo desaprovechado, no puede sin embargo comulgar con esa facción del público que se muestra decepcionada ante lo que, en palabras de muchos, no deja de ser una broma larga y estirada. Siendo cierto que la película funciona a ráfagas, o en estallidos de puro y sofisticado delirio, su metraje está tan embriagado de estímulos de todo tipo para el cinéfago de a pie que es prácticamente imposible no disfrutar con ella, o quedarse fuera de ese carrusel de emociones baratas (¡pero legítimas y genuinas!) que el director de El mariachi concibe a partir de una cualidad cada vez más infrecuente en el cine contemporáneo: la libertad creativa. Y precisamente libertad, y cariño empedernido al cine que homenajea, es lo que se desprende de cada uno de los fotogramas de Machete, probablemente el Rodríguez más relajado e inspirado desde Abierto hasta el amanecer.

En su incendiario y demoledor prólogo, el espectador predispuesto (porque esta película está dirigida a un público muy determinado) habrá vibrado y se habrá embrutecido con la desvergüenza gore de un Danny Trejo capaz de cercenar cuatro cabezas de una sola tajada; con esa femme fatale hispana que explota la funcionalidad de su vagina de forma admirable; o con la aparición, envuelta en un aura casi de leyenda, de un Steven Seagal fondón dispuesto a manchar de sangre su catana. O sea, poesía extrema condensada en apenas diez minutos de puro cine de derribo. Semejante inyección de adrenalina lleva a los fieles de la exploitation a tocar el techo del placer, algo que termina convirtiéndose en desventaja: tan alto se ha llegado con esa secuencia de introducción, tan brillante y sucintamente ha destapado la película el tarro de sus esencias, que el resto del metraje se vivirá en un estado anímico similar al del post-coito, sólo superado por aislados momentos de genio que son los que van haciendo película, manteniéndonos ahí, jaleando a Machete, entregadísimos. El espaciado entre lo que podríamos llamar “Grandes Momentos de Machete”, empero, nunca llega a ser decepcionante: puede funcionar mejor o peor, pero siempre hay algún detalle que permite esbozar la sonrisa (la autoconciencia de los lacayos de Fahey) o entregarse a una trama que chorrea maldita negrura.

Germinada, casi a petición popular, tras el alborozo del proyecto Grindhouse ideado junto a Tarantino (aunque en la cabeza de Rodríguez ya existiera desde mucho antes), Machete vuelve a poner a prueba el talento del director texano para construir divertimentos fastuosos, irónicos y ultraviolentos a partir de elementos propios de la cultura popular. Si en Planet Terror alcanzó una musculatura visual encomiable, no estuvo tan hábil a la hora de tersar el elemento narrativo de la misma (que, a fin de cuentas, es lo que vertebra y sostiene toda ficción), apareciendo éste lastrado por un sentido del exceso agotador, mal modulado, que trabajaba únicamente en la superficie. O, quizás, la película se hizo pequeña ante el meticuloso y densísimo trabajo gemelo de Tarantino, ese soberbio Death Proof que alcanzó la sublimidad a través de la contención, del culto al detalle. Sea como fuere, quien escribe salió de Planet Terror pensando que había talento pero no frescura, que el afán de Rodríguez por mimetizar/parodiar la estética y la ética grindhouse le había impedido capturar su esencia.

Ahora, desbrozando a golpe de machete este desprejuiciado divertimento a mayor gloria de Danny Trejo, me doy cuenta de que, más que por su virtuosismo (que existe, aunque pese más el descuido y el caos), la cinta me gana por su honestidad, por la forma en que Robert Rodríguez lleva a su particular terreno aquellas claves, iconos y modos propios del cine de explotación, convirtiendo el homenaje en declaración de principios y promulgando un modelo cinematográfico tan capacitado para agitar conciencias (la película es una sátira política feroz y despiadada) como para enardecer a la platea con su exagerado sentido lúdico, tan grotesco como efectivo. Cine, en fin, dirigido al bajo vientre y que en manos de Rodríguez se convierte en una abrasiva reivindicación de la basura. Con ello, el “tonto del sombrero” (que decían los chanantes) demuestra no serlo tanto, mientras enriquece su núcleo autoral a base de autocitas (a Desperado, a Planet Terror) o de variaciones sugestivas sobre reconocibles obsesiones personales, verbigracia ese uso pop –pero no blasfemo– de la iconografía religiosa que hermana la mística de la fe con la mística de la violencia, más ligadas de lo que parece a simple vista.

Fluida pese a ciertos bajones de intensidad, de construcción más sólida y de argumento más inteligente de lo que se ha comentado, Machete no sólo saca a Danny Trejo de un segundo plano y lo convierte en taciturno nuevo héroe cinematográfico, sino que con él levanta toda una estética latina que lleva hasta el paroxismo los fetiches, usos y costumbres del México más delirante (el único México posible) y del cine y la literatura fronterizas o Tex-Mex, cortocircuitando la realidad y depositando al espectador en un territorio onírico y mitificado donde todo resulta posible. Una mixtura racial y genérica poblada de actores queridos y añorados (Johnson, Seagal, ¡el gran Jeff Fahey!), féminas de aúpa (fan a muerte de Lindsay Lohan, pese a delegar desnudos en una doble de cuerpo) y de un Robert de Niro que parece pasárselo en grande en su rol de político ultraderechista, movidos todos ellos por la mano generosa de Rodríguez, más desatado que nunca. Una mano que fusiona armoniosamente lo demencial y lo sublime, enmarcándolo en una estética conscientemente hortera e inflamada de aliento rabiosamente charro (el mismo que animara pintorescos clichés nacionales como la lucha libre o las festividades mortuorias), para que el grupo Chingón las enfatice a través de su música acalorada. Y así, despaciosamente, Machete se forja el carisma, pétreo y personalísimo pese al multirreferencial contexto “zetoso”.

Llegados a este punto, en el que pueden sucederse con normalidad una escena en la que Machete salta de un piso a otro agarrado a unos intestinos humanos con otra donde hace un trío con Lohan y su madre en una piscina, la posibilidad de salir defraudado del cine se reduce prácticamente a cero. En todo caso, será repudiada por ese tipo de espectadores que entienden que el amoral y violento cine de acción setentero era una lacra para la inteligencia y la sensibilidad del espectador, en lugar de una furibunda válvula de escape. Machete, que es hija bastarda de aquellas ficciones reaccionarias, se convierte además en pertinente arma política apelando al espíritu del cine conspiranoico de hace tres o cuatro décadas, para, con valentía y descaro, tallarlo en crudo con el objetivo puesto en el exceso, es decir, en la imagen y la idea descabelladas, en lugar de acogerse a una narrativa pulcra, educada y menos libre. Poco importa si en determinados momentos la acción desfallece un tanto, si algunos personajes no se explotan todo lo deseado (la autoparodia de Lindsay Lohan sabe a poco) o si su clímax final no acaba de graduarse con acierto o intensidad, porque prevalece siempre el brote de humor y la gloria del absurdo. El magnetismo de su reparto, la violencia alegremente frívola y el discurso combativo, casi con visos de revolución, hacen de Machete una grata anomalía capaz de anular tópicos e imponerse a sus propios defectos, amén de constituirse en plausible pieza inaugural de una inesperada, nueva y estimulante mexploitation.

Definitivamente, el cine necesita más tipos como Machete.

 


[i] Machete, Robert Rodríguez, Ethan Maniquis, 2010.

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