El artículo fue publicado el 15 de Octubre de 2010. Guardado en Actualidad. Etiquetas: Crítica, Nicolás Ruiz, Sitges2010, Tetsuya Nakashima.
El ruido es caos, un conjunto de notas disonantes volando en forma de ondas a lomos del viento. Las notas en el caos pierden el valor asociativo, ya que el todo es más que la suma de las partes. Las ondas entregan su aleatorio mensaje, dejando un poso confuso, irreconocible, sesgado, pervertido, que poco a poco cala en nosotros convirtiendo nuestro propio mensaje en un producto ruidoso. El caos es la ausencia de melodía, de lógica y significado, de ley, de arquetipos, de certezas, de futuros y pasados, recordando que el movimiento existe por la encadenación del estatismo donde el momento se convierte en el todo.
Caos es lo que propone Tetsuya Nakashima en Confessions[i] (su sexto largometraje), concatenando fragmentos de historias paralelas unidas por la columna vertebral del film en una historia donde los protagonista viajan a lomos de las aleatorias notas de una sinfonía patética. La linealidad se altera a propósito para generar disonancias acordes con la historia y con unos personajes caóticos guiados por impulsos que no controlan, montando una narración fragmentada construida emocionalmente y no argumentalmente, dando lugar a numerosos giros que redoblan la pegada dramática del film de Nakashima.
El montaje rema en la misma dirección, no dando espacio a escenas de más de diez segundos, alguna significativas, otras bellas y otras tantas vacías, sumergiéndonos en un estudiado sinsentido visual donde nos aferramos a las imágenes como los protagonistas se aferran a sus volátiles emociones, siempre vistas desde la óptica de una generación sin motivos para luchar. Así repasamos los prototipos de nuevos rebeldes sin causa que van desde la suicida poco convencida al Edipo extremo buscando reconocimiento y liberación a través de la crueldad. Y por encima de ellos figura el personaje de la profesora, motor de un film práctimente hablado, que rechazando la etiqueta de la docencia baja a la arena para confirmar el fracaso de un sistema educativo.

Y es que las historias son siempre versiones, donde otros puntos de vista cambian por completo el significado inicial, donde el orden en que las recibimos condiciona la brújula de nuestra percepción, con tantos giros como caras tiene una historia. Y en ese caos de versiones elegimos a golpe de carpe diem una verdad a la que aferrarnos cuando el siguiente escalón se muestra difuso, convertiendo medias mentiras en verdades como puños con los que golpear en defensa propia en una generación que se considera a sí misma maldita.
La obra, obviamente, se fragmenta es infinidad de escenas que saltan en el tiempo pero se bastan sobradamente para ubicar al espectador, ya que el pilar básico de Confessions se construye en su primer cuarto. Y para el crescendo dramático huye de la simpleza de, por ejemplo, Battle Royale para plantear las preguntas a un nivel más profundo, escalando de hijos a padres y de padres a profesores, recurriendo en numerosas ocasiones a un montaje paralelo y a veces sobrexplicativo. Pero no se le puede negar a Nakashima la enorme pegada de un film que pese a la contundencia de la historia, se apoya en un estilo visual tan estilizado como vertiginoso para cambiar respuestas por impacto. Al fin y al cabo todos somos un puzzle inacabado.
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