Cineuá - Tu revista de cine

Crónica de Sitges 2010: en busca de una identidad

El día 18, después de apagarse las luces del último maratón, volverás al instituto. O a la oficina. (…) Tus compañeros del despacho te tratarán de freak porque vas a Sitges a ver películas ‘de las de leer la pantalla’ (…) Entonces las risitas de esas personas se congelarán en una mueca grotesca cuando vean el resplandor en tus ojos. Y lo entenderán: ellos habrán vivido una vida; tú habrás vivido 200 en 10 días. Tantas como películas hay en Sitges 2010”.

Mike Hostench, subdirector del festival.

 

Es fácil identificarse con estas palabras, especialmente cuando es tu primer día de festival y estás echando un vistazo al periódico de Sitges tratando de hacerte una idea de lo que Ángel Sala y su equipo han estado preparando para ti. Y es que “los fans de Sitges somos diferentes”, como rezaba el anuncio de hace un par de ediciones… Tanto es así que la metáfora del hombre lobo que se vestía de ser humano en aquel spot se me hace ahora más cercana que nunca, especialmente porque el cuestionamiento del yo (en su concepto individual, colectivo e incluso duplicado) ha sido uno de los temas fundamentales de la edición de este año. Realmente, después de estos intensos diez días, de haber vivido tantas otras vidas diferentes a la mía, yo ya no sé quién soy. No sé dónde quedó la chica de la oficina, ni si quiera la encuentro entre los harapos de la freak que acude religiosamente a su cita anual con este festival…

Creo que es sintomático que entre las muchas propuestas que ofrece esta edición podamos encontrar muchas preocupadas por el existencialismo: ¿Quién soy? ¿Quién quería ser? ¿A qué lugar pertenezco? La identidad y el papel que juegan los mundos virtuales en ella han sido, durante la 43 edición del Festival de Sitges, dos de los máximos protagonistas.

 

Adolescencia: ¿Quién soy? Chatroom, Kaboom, Confessions, In the woods

En Chatroom, Kaboom y Confessions, sus protagonistas (adolescentes o jóvenes en plena formación de su personalidad) procuran echar luz sobre sus complejas relaciones parentales para asentar la base del de dónde vengo y tomar impulso para hacer parada en el hacia dónde voy.
El director de la primera en cuestión, Hideo Nakata, acerca la virtualidad a la fisicidad con una dirección de arte que busca convertir en tres dimensiones el universo intangible de internet: pero, ¿por qué buscar una representación para el espacio virtual de las chatroom (salas de charla) si podemos convertir el no-lugar en obvias habitaciones en las que charlar? El interés del nuevo trabajo del director de The ring no pasa, pues, por observar su acercamiento al vertiginoso mundo virtual, ni en el (o falta de) imaginario que emplea para resolver esa aproximación a la intangibilidad; lo interesante es ver cómo su encorsetada visión (instigada posiblemente por el texto teatral en el que está basado) de las relaciones sociales en la red crea unos personajes que divagan entre los lugares comunes y las psicologías acartonadas, insuflando a la película una notable falta de interés por el tema y los personajes. Sus jóvenes protagonistas están heridos por las relaciones con sus progenitores y se encuentran sumidos en un estado de crisis existencial que responde al duro momento de la formación de la propia personalidad: la adolescencia. Nakata hace muchos años que dejó atrás ese período y, posiblemente, no ha visitado muchas salas de chat con el mismo objetivo que sus protagonistas, pero precisamente gracias a esas lacras empáticas que demuestra hacia sus personajes pone de manifiesto la frustración que genera a un joven no ser entendido ni ayudado por sus mayores. La película ejemplifica, pues, la compleja empresa de aproximarse al mundo de los jóvenes cuando se es ya mayor. A pesar de haber llegado al objetivo de retratar la soledad adolescente a través de la frialdad de los mayores, intuyo que tanto Nakata como, especialmente, Enda Walsh (guionista y escritor de la obra en la que se basa la historia) no tenían ese cometido sino todo el contrario. El resultado, sin embargo, es el de una película fría, teatral y del estilo de la tragedia griega.

Lo de Gregg Araki es otra historia bien distinta, pues lleva prácticamente toda su carrera acercándose a la visión juvenil de la búsqueda de la identidad, especialmente la sexual, y se ha labrado un nombre en base a su acercamiento e interés por estos temas. La primera parte de su Kaboom retoma la fórmula de su cine queer, el interés por el descubrimiento sexual de sus personajes y el papel elíptico que representan los padres en todo ese proceso identitario (algo que en su nuevo filme llega a ser fuente y motor de la trama). La segunda mitad del metraje, en cambio, se afinca en un territorio de paranoias y/o confabulaciones acercando su trama al imaginario de Richard Kelly. El inicio del filme anuncia al joven Smith la condición onírica de los sucesos que va a vivir, al introducir en su sueño personas que aún no ha conocido pero que no tardarán en aparecer en su vida. Esta secuencia funciona también para avisar al espectador: esto es otra película de Araki pero con componentes lynchianos. Este giro sustancial que convierte la película en cine fantástico, puede sorprender tanto como decepcionar a los fieles seguidores del director, pero hay que reconocerle que, a diferencia de Nakata, ha sido consecuente con una de sus máximas: el exceso.

En Confessions, la película seleccionada por Japón para los Oscar, los adolescentes son ejecutores y víctimas a partes iguales; como también lo son los adultos. Partiendo de una primera confesión, la de una profesora que sabe quiénes de sus alumnos han asesinado a su hija, el film de Nakashima innova en su estructura y se atreve con una propuesta en espiral que se contrae y se expande alrededor de un solo crimen pero con las confesiones de todos los que, directa e indirectamente, formaron parte de él. Filmada con una ambientación lumínica de gran frialdad y narrada prácticamente en su totalidad por las diferentes voces en off de sus protagonistas, Confessions pone de relieve la obsesión y la manipulación de una sociedad basada en el egoísmo y la falta de fraternidad, tomando como base de todo el ámbito familiar. En ese aspecto, se nos habla de la necesidad del amor y la comprensión en las relaciones paterno-filiales pero también en la importancia de la responsabilidad de los actos. Una película macabra que retrata a una generación sin objetivos, un film que atosiga y persigue con su puesta en escena para acercar al espectador el incesante desconcierto de quienes viven con las consecuencias y/o remordimientos de unos hechos atroces: un asesinato y el abandono de las responsabilidades, especialmente hacia ellos.

En la otra esquina del cuadrilátero, en cuanto a forma y ritmo se refiere, encontramos In the Woods. La función de vídeo de una cámara de fotos le sirve a Angelos Frantzis para encontrar el máximo acercamiento a los cuerpos de los actores, y le permite al mismo tiempo una forma de trabajo basada en la improvisación del equipo. Así pues, la temática del film, el descubrimiento (sexual) de los tres jóvenes protagonistas, sirve también como metáfora del proceso de rodaje, en el que sólo tras dejar salir las intuiciones y permitir mostrar lo que sienten, los actores ayudan a crear una película con entidad propia y los personajes consolidan sus identidades sexuales tanto en lo personal (reconocerse y aceptarse a uno mismo) como en lo social (dejarse ver por lo que se es). No obstante, la fluidez orgánica y formal del film se encuentra de bruces con la impostura de la falta de diálogos, una decisión que en ocasiones extraña y a menudo incomoda pero que rechina por su talante despótico. La cercanía y el movimiento de la cámara respecto a sus objetos de deseo (los cuerpos de sus actores) y la falta de escrúpulos para inmiscuirse en el triángulo de atracciones, fantasea con la idea de un cine directo en el que la narración surge de las miradas entre los protagonistas y sus mínimas acciones. Busca tal verdad en los actos que se olvida de que lo verbal forma parte de lo natural. La historia de descubrimientos y de celos, con pasiones que despiertan el sexo desenfrenado y los juegos fetichistas y también el profundo sentimiento de la inseguridad y el odio, queda oculta entre tanto miramiento visual. Rodada con un atrevimiento inusitado y un celebrado interés por el cuerpo masculino como generador de placer y admiración (¡¡yuhuu!!), In the woods no me parece ni tanto como se cree su director ni tan poco como le pareció al público que, tras la película, le dedicó irónicos aplausos. Sí, en Sitges también se sabe aplaudir irónicamente.

 

Adultos: ¿Quién quería ser? The door, Life 2.0, Catfish, Super

Después del período adolescente son pocas las ocasiones que tenemos para recomponer aquello que conforma nuestra personalidad. Reinventarse, recuperar aquello que hubiésemos querido ser uniendo a ello las partes que nos gustan de lo que realmente somos. La vida nos da pocas oportunidades para ello, pero en el cine -especialmente en el fantástico- las segundas oportunidades se prodigan con más frecuencia de lo habitual.

En esa senda viaja el protagonista de The door, en la que encontrar una puerta temporal le permite volver cinco años atrás, justo antes del accidente en el que perdió a su única hija y, como consecuencia, a su esposa. Centrando los dos primeros tercios del metraje en el proceso de adaptación de su protagonista a su nuevo presente (es decir, su pasado), Anno Saul sorprende a propios y extraños en los últimos minutos de la película para retomar la premisa de ciencia ficción y sugerir un mundo lleno de dobles venidos del futuro que han viajado en el tiempo para tomar el lugar de sus yos-pasado. Sin embargo, la tardía repesca de esta trama fantástica apunta que The door versa de un concepto tan pasado de moda como relevante en el día a día de nuestras vidas: el perdón (con uno mismo y con los demás). Seguir adelante tras un duro golpe -encarnado dentro del film en el matrimonio protagonista, separados tras el accidente y reencontrados en un mundo en el que éste nunca sucedió-, The door invita a aceptar las consecuencias de nuestros actos sin anclarnos en el pasado, para continuar construyendo el quiénes somos a partir de lo vivido y no a partir del quiénes hubiésemos querido ser. La intriga y la trama de ciencia ficción en pro de una historia intimista y conmovedora.

Existen, sin embargo, maneras más fáciles para acercarnos al “yo” que deseábamos sin que para ello precisemos de un agujero negro temporal; o, como mínimo, eso parece desde que internet nos facilita la tarea de crearnos una personalidad virtual con la rapidez de un click. Life 2.0 y Catfish -ambas transitando las formas documentales- se ocupan de sendas redes sociales como son Second Life (un juego que recrea un mundo real en prácticamente todos los aspectos y que cuenta -¿contaba?- con una amplia comunidad de participantes) y Facebook, la web social por excelencia. Life 2.0 sigue la historia de varios de los jugadores de Second Life y muestra sus historias y las de sus respectivos avatares. Aun así, más allá de la curiosidad que el espectador pueda sentir por el tema de la virtualidad, el documental es poco más que eso: una acumulación de entrevistas (no en vano, su realizador es periodista especializado en producciones para televisión) que buscan acercarse al mundo del Second Life pero que encierra en sí mismo el desprecio hacia el juego protagonista y sus aficionados. Con un montaje tramposo y de dudable ética, Life 2.0 retrata a sus criaturas como auténticos freaks, algo ante lo que el mismísimo Browning se ofendería. Si bien a muchos divertirá ratificar sus ideas preconcebidas sobre los juegos online, a quienes busquen un documental serio sobre la virtualidad les decepcionará profundamente.

Mientras Life 2.0 se postula claramente en una actitud cínica y poco respetuosa con sus entrevistados, Catfish sorprende por su naturalidad y su fluido autodescubrimiento, haciendo del proceso de rodaje (y de los acontecimientos que van sucediéndose) el gran quid de su cuestión. Llegado un momento de su metraje, Ariel Schulman y Henry Joost, los directores de Catfish, se encuentran con un inesperado giro argumental en el que deben replantearse el punto de vista a afrontar ante la nueva propuesta que se les ha abierto en el proyecto. Ese momento de reflexión, al que responden con una mirada intimista, sensible y empática, permite que el rocambolesco cambio de tono que sufre su película sea bien recibido y no genere malestar en el espectador. La historia de Catfish es francamente emocionante. Sus directores han pedido que no se desvele el argumento, algo que aunque pueda sonar complejo han conseguido a grandes trazos y a pesar de haber pasado por varios festivales. No me cabe duda de que la causa de este hito reside, precisamente, en ese acercamiento que plantean a media película. Un momento bisagra que convierte el documental en un thriller primero y en un drama al final. Las reflexiones que suscita la película tiene mucho que ver con el “qué queríamos ser” y el “qué somos”, y de qué manera podemos acercarnos a lo primero sin dejar lo segundo Y hasta aquí puedo leer. Sin duda alguna, una de las mejores películas vistas y disfrutadas durante el festival.

Pero incluso en la comedia nos encontramos con personajes que no quieren ser lo que son o que, simplemente, no saben quiénes son. No hace mucho que pudimos disfrutar en nuestras pantallas de Kick-Ass, en la que un Nicolas Cage traicionado y vengativo educaba a su hija para convertirla en una superheroina que rompiera las piernas a quienes él no pudo frenar. Acompañada del héroe improvisado y adolescente de nombre Kick-Ass, los dos chavales, en pleno proceso de formación, acabarán añadiendo a sus personalidades partes de esos superhéroes que fueron durante un tiempo. Ahora, sin embargo, es el turno de los adultos, que toman el relevo en Super, una comedia muy gamberra en la que su protagonista debe adoptar un rol que no es el suyo para finalmente encontrar sus auténticos personalidad y sino. James Gunn dirige una película atrevida y extremista, en la que el discurso conservador se enfrenta a unas formas poco ortodoxas. Con claras alusiones al comic y a las versiones televisivas de éstos, un plantel de actores e invitados pertenecientes al mundo del cine y televisión de culto, es posible que Super sea el plato a pagar por muchos padres que querrán ir a ver una comedia de superhéroes y se encontrarán con un antihéroe y su pasada-de-vueltas acompañante (Ellen Page es de lo mejor del film) que, excepto medida, tienen de todo.

 

Identidades colectivas: ¿A qué lugar pertenezco? 8th Wonderland, Notre jour viendra, The Red Chapel, Earthling

En un mundo en el que nos reinventamos, llevamos vidas paralelas y somos capaces de construirnos diferentes personalidades dependiendo de los círculos en los que nos movemos, ¿qué clase de sociedad nos pertenece? La de la globalización. A pesar de que todavía hay muchos nacionalismos que luchan por mantener la tradición de un pueblo, la bandera de la no-nación (o de la suma esperántica de todas las naciones) es el paisaje en el que estamos inmiscuidos. Un festival que es espejo de su tiempo, con centenares de películas en su programación, puede (y debe) funcionar como medidor de las preocupaciones y tendencias (formales pero también temáticas) de su sociedad. Así pues, ante un panorama político marcado por la unificación (desde la Unión Europea hasta la crisis de nombre Global), y por la creciente preocupación ciudadana del “quién soy” y el “de dónde soy” (personalmente aún no sé responder a esa pregunta sobre mí misma), es normal que nos encontremos de bruces con películas que se cuestionan la identidad a nivel social y colectivo.

8th Wonderland es el caso más certero y paradigmático de esta tendencia. Estableciendo un paralelismo con el mundo del cine, podríamos decir que la propuesta llevada a cabo por los diferentes ciudadanos del país llamado 8th Wonderland (la de crear una nación virtual compuesta de personas de diferentes partes del globo) tiene muchos puntos en común con el concepto de cine transnacional, en el que directores de varias procedencias comparten una misma (o parecida) aproximación al mundo que les une, el del cine. Esta premisa, llevada en la película al mundo político-social, está arropada por formas visuales como videollamadas, chats múltiples, noticiarios, mensajes de móvil…; se retrata así, además del ámbito de la formación de un gobierno independiente y asambleario, el panorama audiovisual de nuestra contemporaneidad. Sin embargo, la ambición del film -que quisiera abarcar cuestiones políticas, éticas y sociales muy amplias que van desde la pena de muerte, el papel de los medios de comunicación, la democracia y sus limitaciones, etc-, nos remite al refranero español con aquello del “quien mucho abarca, poco aprieta”, y aquí no está firmando David Simon. Los vértices de 8th Wonderland son temas muy diversos que se entrelazan como lo hacen sus personajes, cada uno en un rincón del mundo pero con una conexión directa entre ellos; a pesar de todo, el tono socarrón y burlesco no consigue aligerar el subversivo intento de aleccionar en temáticas políticas y éticas, y tampoco propone ni analiza en profundidad su propuesta. Finalmente, pues, todo queda en una idea sugestiva, apabullante en concepto y riqueza de medios, pero superficial y frustrante en su puesta a punto.

Frustración similar despertó en mí la película del hijo de Costa-Gavras, Notre jour viendra, aunque llegó a Sitges para hacer las delicias del público. Esta road movie en la que dos personajes se necesitan el uno al otro para hallarse a sí mismos, y buscan también una comunidad (¡de pelirrojos!) a la que sentirse pertenecientes, es una comedia de efecto que a medida que avanza se engrandece en orgullo y desinfla en interés. En el pase del sábado tarde en el Auditorio Meliá el público (incluidas las jóvenes que se quedaron al festival tras las largas colas para ver a su héroe de Eclipse) pareció disfrutarla, en parte imagino por los golpes de humor del guión, que sabe llevar la comedia, tanto en lo verbal como en lo físico, a un violento sinsentido. El film dirigido por Romain Gavras se inicia en la unión de un joven tímido y maltratado a nivel social con un psicólogo mordaz, prepotente, independiente y seguro de sí mismo. El segundo hará de maestro de ceremonias en el proceso de descubrimiento para el chico, pero cuando éste no sigue el camino que su predecesor esperaba, se crea un nuevo statu quo que provoca el conflicto entre ambos. La eterna búsqueda de un lugar en el que “la gente sea como nosotros” (pelirrojos, en este caso) es la excusa metafórica en un film que habla del autodescubrimiento, del sentimiento de pertenencia y de la satisfacción de sentirse abrazado por una comunidad (llamémosle patria, familia o pelirrojos, tanto da) que nos entienda, proteja y ayude.

Earthling, sin embargo, surge como el reverso perverso de Notre jour viendra, pues si en la película de Romain Gavras decíamos que su protagonista busca pertenecer a un grupo para sentir que su personalidad cuaja en un colectivo, en la propuesta de Clay Liford nos encontramos que la pérdida de su condición de humana deja a Judith sin tener clara su posición ante la vida. De Earthling descolocan muchas cosas (su desordenada estructura, la aparente incoherencia de las decisiones de su protagonista, la apariencia realista que contiene una trama intimista de ciencia ficción…), y son precisamente estos argumentos los que llevaron a la gran mayoría del público a definirla como caótica y poco creíble. Para quien esto firma, en cambio, son precisamente todas esas características las que hacen de ella un buen ejemplo de película introspectiva. Viajemos al año en el que en Sitges disfrutábamos del anuncio del hombre-lobo y el festival nos sorprendía con Let the right one in. En Déjame entrar (título español del filme de Tomas Alfredson) los asesinatos que cometía Eli eran casi elipsis en la trama porque el punto de vista de la película se ceñía a todo aquello que a los dos niños protagonistas les importaba: la venganza de él, la supervivencia de ella. Aquella decisión no era un tema de abrumador conservadurismo ni de injusta limitación de producción, sino una decisión de puesta en escena en la que se da preferencia a retratar con las imágenes los sentimientos y preocupaciones de sus protagonistas. De una manera parecida, en Earthling todo está al servicio del estado dubitativo en el que queda sumida la protagonista cuando se le confiesa que (ya) no es humana. Los conocimientos adquiridos durante toda su vida (aquellos que le hacían sentir, pensar y actuar de manera acorde a su vida social humana) son sometidos a cuestión; su lucha interior, entre lo que ha sido y lo que parece que ahora es, produce pues un constante vaivén en su comportamiento que salpica a todos los aspectos de la película. La falta de explicación narrativa, la sensación caótica de no saber a dónde quiere ir a parar el film y los constantes cambios de actitud de Judith hacen que sea difícil acercarse a Earthling, pero la propuesta es harto valiente y muy consciente en su forma y contenido. Desgraciadamente, quizás atropellados por el miedo de dejar al espectador ávido de respuestas, el final se torna excesivamente narrativo y petulante, algo que convierte la película en un “casi”.

Y de sentirse parte de un todo, pero no de uno mismo, habla The Red Chapel, un documental filmado en Corea del Norte en el que su director, Mads Brügger, se adentra en el país con dos comediantes daneses de origen coreano para preparar una obra de teatro de hermanamiento con la única república del mundo que tiene a un presidente eterno además de difunto: Kim Il Sung. El interés que despertaba el documental de manera previa a su visionado se centraba en la posibilidad del director danés de filmar dentro de un país cerrado a cal y canto, pero él mismo se ocupa de apagar ilusiones nada más empezar la película: cada tarde tenía que entregar una copia de lo filmado al Gobierno y sólo le eran devueltas aquéllas que pasaban la censura. Ante tal frustración, el director responde con fuerza y acompañará todas las imágenes de su documental con su voz en off, marcando así su visión discordante frente a la versión de los hechos que las autoridades norcoreanas nos permiten ver en las imágenes. El problema de todo esto es que el espectador se encuentra con dos versiones: la narrada y la visionada, sin saber a cuál de las dos atenerse, ya que ambas están radicalizadas y sujetas a fines propagandísticos. Si Corea del Norte usa las imágenes y la presencia de los cómicos para llevar a cabo una limpieza de imagen pública de cara al resto del mundo, el director patalea con su inserto de voz y su preconcebida noción del país que visita. Si bien Brügger iba a Corea del Norte con la intención de demostrar que viven en plena era nazi, su visión preconcebida no encuentra ejemplos que la ilustren (debido a la censura, no cabe duda) y opta por igualarse al despotismo norcoreano, por lo que: 1) utiliza a sus actores para crear situaciones incómodas que le den metraje a pesar incluso de los daños emocionales que les causa, por lo que podríamos decir que pone por encima el bien comunitario (la película) al bien individual (las personas) del mismo modo que hace el régimen norcoreano; 2) altera las imágenes en pro del mensaje que él cree veraz pero para ello usa la manipulación; a través de su voz en off, por ejemplo, se permite interpretar las lágrimas de emoción de una mujer como un gesto de terror, así como las palmadas animadas de unas niñas como un ejemplo del miedo bajo el que viven sometidas… (¡!); 3) Vende la obra teatral como un intercambio cultural y así se lo recuerda al director de teatro cuando pretende hacerle cambiar ciertos aspectos de la cultura danesa, pero él también es incapaz de recibir y se mantiene estanco ante lo que presencia. Así pues The Red Chapel pierde fuelle tras los primeros momentos y declaraciones de su director: no hay imágenes que no hayan sido controladas por el Gobierno y él tampoco ha visitado zonas no oficialmente enseñables, por lo que ver un prado verde y oír “al otro lado posiblemente haya un campo similar a los de la época nazi” acaba por ser insuficiente para mantenerse atento e interesado. Sin embargo, es interesante ver cómo ante el despotismo es fácil volverse déspota. Y ante la manipulación, es fácil empezar a manipular. Y al sentirse sin libertad, se empieza a censurar la libertad de los demás.

 

Queda claro, por si a estas alturas cabe alguna duda, de que este ha sido un Sitges bipolar: pasar de una película genuinamente de género fantástico como puede ser Insidious a una propuesta tan personal como Fin; o cruzarse por la calle con un sinfín de zombis en la edición en la que hemos visto menos muertos vivientes en la pantalla; o, como queda patente con este personal punto de vista del festival, el interés creciente de los cineastas por los temas de las realidades virtuales y desvirtuadas. Es por eso que ahora, después de haber vivido más de cuarenta vidas durante diez días, ha llegado el momento de apagar la pantalla y volver a ser la chica de la oficina. O de clase. O de donde sea. Yo. Hasta el año que viene.



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