Título original: The Way Back
Director: Peter Weir
Año: 2010
Reparto: Jim Sturgess, Ed Harris, Colin Farrell, Saoirse Ronan, Dragos Bucur, Gustaf Skarsgård, Alexandru Potocean, Mark Strong, Sebastian Urzendowsky
El artículo fue publicado el 13 de Enero de 2011. Guardado en Actualidad. Etiquetas: Crítica, Nicolás Ruiz, Peter Weir.
El cine es un síntoma de los cambios sociales de una era. Como mercado de esperanzas e ilusiones, ejerce la labor de dar al espectador lo que su contexto le niega. Pero no sólo como industria ejerce un papel testimonial, sino que las tendencias de muchos autores viajan a caballo de una actualidad de la que son partícipes, volcando sus inquietudes sobre historias comúnmente extrapolables al presente. Así, mientras algunos ejercen puntualmente de visionarios, otros hacen una relectura coyuntural en busca de respuestas a las imperfecciones de la realidad. Así es como tanto un repaso a los títulos más destacados del año como a las últimas propuestas de directores destacados conforman un collage que da rostro a la sociedad, un muestrario de inquietudes coetáneas para épocas cada vez más breves. Valga como ejemplo La red social[i], donde no solo un film que nos habla de Facebook (creado en 2004) se erige como uno de los más importantes del año, sino que en su mismo tráiler veíamos cómo el rostro de Zuckenberg se formaba con miles de fotos de los usuarios de su criatura.
Si bien tras el 11-S vino una avalancha de films bélicos (Las Lágrimas del sol[ii]), antibelicistas (Las tortugas también vuelan[iii]) y parodias (Team America[iv]), también trajo relecturas sobre el miedo como arma de control de masas (El bosque[v], El habitante incierto[vi]) y críticas a los medios de comunicación (Buenas noches y buena suerte[vii]), desdibujando el rostro del enemigo para acabar encontrándolo en nosotros mismos. El cine buscó héroes mundanos en los que refugiarse tras la violación de uno de los pilares del american way of life mientras, poco a poco, se iban cuestionando, en diferentes cintas, causas y consecuencias de los atentados. Sin apenas más margen a reflexión llegó la era Obama y con ella la crisis financiera, un contexto donde el enemigo es el propio sistema del que formamos parte, un ente contra el que no podemos combatir sino solamente lamernos las heridas. La coyuntura social actual se basa en el estoico aguante de la tormenta, anhelando volver al punto de partida y convirtiendo este lustro en un desvío/contratiempo donde nuestra nula capacidad de maniobra invita a una reflexión mientras completamos el absurdo giro de 360º, el viaje a ninguna parte.
Tal impasse invita al continuismo, a dejar el riesgo para mejores vientos y vivir con el piloto automático, como bien refleja una cartelera llena de secuelas y adaptaciones, o el “más de lo mismo” ejercido por directores de la talla de Kitano, Carpenter o Nolan, mientras gente como Scorsese, Fincher o Weerasethakul son quienes cabalgan a lomos de los tiempos, optando por historias circulares y resaltando la importancia de una travesía que planta ante el mismo espejo dos identidades diferentes. Si bien la cinta del tailandés mira desde el optimismo al pasado, son Scorsese y Fincher quienes dirigen su mirada a un turbio futuro, remarcando la futilidad del esfuerzo por volver al origen y apuntando a que el cambio debe empezar en nosotros. Y ese es uno de los pilares de la filmografía de Peter Weir, situando a sus personajes en un terreno hostil (e inasible) en el que la supervivencia pasa por la redefinición del ego.
Camino a la libertad[viii], su nuevo film, sigue una línea continuista en su filmografía (todo autor rueda siempre la misma película), pero adscribiéndose a ese cine comprometido con su tiempo y alejado del aburguesamiento que la edad y el reconocimiento suelen conllevar. Sin apelar al drama ni a la aventura, Weir confecciona, a partir de la discutida autobiografía de Slavomir Rawicz, un coral relato de supervivencia a través de diferentes países, donde el optimismo del director australiano impregna de esperanza tanto la narrativa como su visión del presente, y su particular desvío lleva a sus protagonistas de Siberia a la India para acabar décadas después en el mismo punto de partida.
Camino a la libertad repite las constantes habituales del cine de Weir, enfrentado a sus personajes a la adversidad y a ellos mismos, dando a la naturaleza un papel importante y definiendo a sus personajes a través de sus actos, dejando en la sala de montaje todo el material que no sirva para justificar el desarrollo de los protagonistas. Con ello, abre y cierra el film con dos elipsis vertiginosas, dos imágenes semejantes, mostrando crimen y perdón en los dos lados del espejo, pero optando por dejar el rol de catalizador a un excelente Jim Sturgess en un papel libre de ira que acaba por limpiar la mirada de sus compañeros. Y es esa naif visión de la transformación de los fieros y ásperos prisioneros a grupo de reggae, a través de la exhaustiva descripción de los diferentes conflictos (tanto internos como externos), sin necesidad de justificar el ahora personal, la que les permite un reset existencial lleno del optimismo que falta dentro y fuera de las salas.
Weir deja apuntes a varios temas, como la religión o la política, sin abordarlos por completo, apelando al humanismo siempre presente en sus films. No en vano, a los prisioneros se les advierte que la verdadera cárcel se extiende tras los muros, en la estepa siberiana que representa una pequeña parte de su huida, ya que la ansiada libertad no llega hasta el reencuentro del protagonista con su esposa en una Polonia libre del dominio comunista, varias décadas después. Y es que esa sombra de trascendencia planea sobre el film sin concretarse por completo, como si los personajes fueran arquetipos nacionales, y los paisajes metáforas emocionales que, a modo de set pieces, hilan un frágil entramado narrativo completamente anticlimático. Y es que Camino a la libertad es tan sencilla en esencia como compleja en intenciones, dejando un inhóspito páramo al espectador con breves apuntes que se sustentan sobre un destacado apartado técnico.
Y si bien queda cierta sensación de apatía tras su visionado, basta otear alrededor para entender la labor de Weir al mostrarnos que toda travesía conlleva un cambio personal e intransferible, y que el reencuentro muchas veces implica un viaje de ida y vuelta a las antípodas de nosotros mismos, como las reencarnaciones del tío Boonmee[ix], como una auténtica copia certificada[x]. Y así, paso a paso, estamos un poco más cerca y un poco más lejos de una metafórica libertad que, hoy día, nos niega la sonrisa.
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