Título original: Des hommes et des dieux
Director: Xavier Beauvois
Año: 2010
Reparto: Lambert Wilson, Michael Lonsdale, Olivier Rabourdin, Philippe Laudenbach, Jacques Herlin, Loïc Pichon, Xavier Maly, Jean-Marie Frin
El artículo fue publicado el 18 de Enero de 2011. Guardado en Actualidad. Etiquetas: Crítica, Sergi Fabregat, Xavier Beauvois.
“Siempre hay otra historia, hay más de lo que el ojo puede captar“. Con esta inquietante cita del poeta británico Wystan Hugh Auden termina Bellamy (2009), la última cinta de Claude Chabrol. Esas palabras, tan aplicables a un arte como el cine, reverberan a lo largo de todo el metraje de De dioses y hombres (Des hommes et des dieux, Xavier Bauvois, 2010), una película que cuenta el asesinato de siete monjes cistercienses del monasterio argelino de Tibhirine a manos de un grupo integrista islámico en 1996, durante la guerra civil de dicho país, aunque su autoría ha sido puesta en cuestión siempre, siendo también sospechoso el ejército del país norteafricano. Esta sería la Historia, la fácil de contar narrativamente, la que no le interesa a Beauvois. El objetivo del director francés es sacar a la luz la “otra historia” de la que hablaba Auden: en este caso, la decisión estrictamente propia que llevó a los religiosos a no abandonar el monasterio para refugiarse en Francia y correr el riesgo de quedarse allí, sabiendo el peligro que ello suponía para sus vidas, como finalmente acabó demostrándose. Nos encontramos, es preciso decirlo ya, ante una obra admirable por su coherencia y responsabilidad, pues a una decisión ante la cámara le corresponde una detrás de ella: Beauvois dedica dos horas íntegras a comprender y hacer comprender, desde la moral y desde la razón, por qué esos monjes decidieron quedarse, y ese es el tema central de film, tratado con una radicalidad y esencialidad demoledoras. Una serie de elecciones (del director) se imponen entonces: la cámara transitará siempre el mismo espacio en el que habitan sus protagonistas, el monasterio, y, como ellos, saldrá muy poco de allí. Como ellos, mirará con sencillez y compasión al mundo. Como ellos, que repiten acciones y liturgias, la cámara repetirá planos y encuadres; el rigor compositivo del cineasta francés es total: a mayor importancia y rigidez de la acción realizada (la misa, en el caso de los religiosos), mayor precisión de la cámara, mayor serenidad fotográfica, mayor elevación tonal. Salirse de lo programado equivale a un desequilibrio en la puesta en escena: la primera llegada de los integristas al monasterio es ejemplar en este sentido. No obstante, no estamos ante una película bicéfala, pues Beauvois sabe que todas esas decisiones (la iluminación, el montaje, el ritmo, etc.) están supeditadas a una toma de partido superior, la de ponerse del lado de los monjes, siendo ellos los que hacen discurrir la cinta, los que le dan su tono tranquilo y trascendental, los que la equilibran pacíficamente. La sensación es que, a modo de Rossellini, De dioses y hombres es una película indudable e intocable, ontológicamente pura.
¿Cómo contar esa “otra” historia, la de la decisión de los religiosos? El director podría haber optado por un enfoque psicologista, que diseccionara los pros y los contras, que intentara analizar dialécticamente cuál es la razón de sus protagonistas para permanecer allí. También estaba la opción de la emotividad, la de componer una hagiografía de estos hombres y mostrar su bondad suprema como causa primordial de su elección. Sin embargo, Beauvois opta por la observación paciente, cercana y concisa de los acontecimientos, dejando que cada plano sea una pincelada (término no azaroso, pues la película tiene algo de pictórica) del alma de cada uno de los monjes; que cada mirada, gesto, acción o palabra destile algo de su ser, de su relación entre ellos y también con el entorno, como la primera parte del film, antes de la llegada de los integristas, demuestra perfectamente. De hecho, un aspecto primordial de la película es el tratamiento visual de la relación entre el individuo y la colectividad, que llega a su máximo esplendor en dos escenas: la del helicóptero y la de la cena. En la primera, los monjes, que están celebrando misa en el monasterio, oyen el sonido amenazante de un helicóptero del ejército que patrulla por la zona. Al posarse sobre el edificio, los religiosos deciden abrazarse y cantar al unísono, en un plano conmovedor que además nos habla de la fuerza y la integridad físicamente colectiva de esos hombres. La siguiente imagen es un plano general del monasterio con el helicóptero sobrevolándolo a pocos metros, y el cántico de los personajes intentando aplacar el ensordecedor ruido: da la sensación que es el edificio quien canta, una moral la que canta, toda una tradición la que levanta la voz, con una solidez más allá del individuo. Ese raccord marcará el estatus de los monjes para lo que queda de película: han decidido quedarse, por integridad, responsabilidad y resistencia. La escena de la cena, la mejor de toda la cinta, justamente invierte el proceso, pues pasamos, progresivamente, de un bello plano general de los monjes a punto de cenar a primerísimos primeros planos de sus ojos, en los que asoma alguna lágrima: la decisión que han tomado conjuntamente en la escena del helicóptero no es de este mundo, pero siguen siendo humanos, frágiles individuos. Toda la obra está encaminada a hacernos ver, ese es el verbo, la relación inextricable y complejísima entre la firme y libremente tomada elección colectiva y la insondable profundidad de cada individuo. En los ojos del prior Christian se transparentan ambas verdades: la seguridad de que han tomado la decisión correcta y el miedo ante lo que está por llegar.
Si la decisión de quedarse o partir que deben tomar los personajes es algo con tantísimo peso e interés, no es por el destino que sus vidas correrán, que ya conocemos de antemano, sino por los motivos y consecuencias morales, intelectuales y políticas que dicha elección conlleva. De dioses y hombres dedica una parte ínfima de su metraje a mostrarnos las deliberaciones de los monjes entre ellos (de hecho, esto se produce en dos escenas calcadas, la primera llena de dudas, incluso confusa espacialmente, y la segunda mucho más firme, con cada individuo encuadrado en solitario solemnizando la decisión de quedarse), sino que la mayoría de planos muestran a los protagonistas trabajando, orando, paseando, o visitando a los habitantes del pueblo. Este retrato, entre bucólico y ascético, de la realidad sencilla e inmediata de los religiosos, que conforma casi todo el grueso de la primera parte de la película, no se quiebra a pesar de la tensión que genera en la comunidad el hecho de tener que tomar una elección. Por ello, a todas las características, colectivas e individuales, que vemos en los personajes durante la primera parte del film (trabajo, oración, bondad, ecumenismo), se añaden después otras como las dudas o el miedo a lo que está por venir, e incluso acerca de la propia convicción religiosa. Así, con el tempo adecuado (volviendo a Rossellini: no podía ser otro) el complejo retrato de los monjes acaba de conformarse y, en el momento de tomar finalmente la decisión, todos ellos se muestran en su verdad, humana y divina. De dioses a hombres. Y viceversa.
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