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Más allá de la vida: un paseo por el amor y la muerte

Información

Título original: Hereafter
Director: Clint Eastwood
Año: 2010
Reparto: Matt Damon, Cécile de France, George McLaren, Frankie McLaren, Lyndsey Marshall, Bryce Dallas Howard, Jay Mohr, Thierry Neuvic, Richard Kind, Rebekah Staton

Detalles

El artículo fue publicado el 2 de Febrero de 2011. Guardado en Actualidad. Etiquetas: , , .

He matado mujeres y niños, he disparado sobre cualquier cosa que tuviera vida y se moviera,
y hoy, he venido a matarle a usted

William Manny, Sin Perdón

 

De entre los muertos

La muerte persigue a Eastwood, y no es fácil desprenderse de ella. Una maldición de muchas caras que bien podría manifestarse en la expresión hierática de aquel sin nombre de poncho deshilado, o en el gatillo de una magnum 44 dispuesta a alegrarle los días al sucio de Harry Callahan. Continuamente de carabina, la muerte duerme en las pesadillas de un director en contacto directo con el más allá, de víctima, o verdugo, allí, o acá,  la muerte está perfectamente representada en su cine.

Algunos pueden pensar que con Mas allá de la vida (a partir de ahora me referiré a ella con su título original, Hereafter, pues el español no solo me parece inapropiado, sino descaradamente simplón), Eastwood toca un palo nuevo en su carrera, el melodrama fantástico, pero si profundizamos en su trayectoria veremos que tal pensamiento es falso. En su primer western como realizador, Infierno de cobardes (High Plains Drifter, 1973), lo fantasmagórico, lo sobrenatural, asomaba en una trama misteriosa donde un forastero apodado El extranjero, llegaba a un pueblo fantasma para saldar cuentas con su pasado. Después, en la soberbia El jinete pálido (Pale Rider, 1985), esas mismas intenciones hacían acto de presencia en una versión de aquella —corregida y aumentada—  en donde “El predicador” (otra variación, tan frecuentada por Eastwood, del jinete sin rumbo), aparecía montado en su caballo como el espectro que volvía de las tinieblas para ayudar a unos mineros atemorizados por un tirano terrateniente.

Queda claro que lo místico ya merodeaba las inquietudes del Eastwood de entonces, hasta que incluso en 1985 su carrera se cruzaría con todo un experto en lo sobrehumano, Steven Spielberg, colaborando juntos en un episodio de la serie Amazing stories (Vanessa en el jardín), en el que un pintor hacia revivir, mediante sus pinturas, a su fallecida esposa. En aquel mini relato Eastwood iniciaría una estrecha relación profesional con Spielberg, a tanto que era inevitable que su cine, tarde o temprano, se fundiera con este, no solo en lo económico (ha sido y es productor ejecutivo de varias de sus cintas), sino también en lo artístico. Con Hereafter las preocupaciones de ambos maestros se tocan en un vértice común, que al fin y al cabo los reagrupa en su madurez como cineastas: LA FAMILIA y su vez, los grados de consanguinidad, los lazos de sangre, las carencias afectivas y la orfandad emocional de los seres humanos. Siendo Hereafter una película proverbialmente eastwoodiana, es, de todas cuantas ha dirigido, la más spielbergiana de ellas. Están en Hereafter algunos de los temas más comunes del Eastwood autor: la inocencia robada (Mystic River), los sueños rotos (Un mundo perfecto), la perdida de la fe (El intercambio, Gran Torino), la soledad y el dolor (Million dollar baby), la disposición de amar y ser amado (Los puentes de Madison), y casan milagrosamente, estos y otros, con la experiencia humanitaria que supone en su totalidad, una por una, las obras de Eastwood.

 

Los que aman

Hereafter, no es un filme religioso, no hay mensaje dogmático en sus palabras; es más, Eastwood no da soluciones al problema, al contrario, lanza preguntas sin respuesta ante lo que pueda existir después de la muerte. Su misiva es puramente espiritual, dramática y solemne. Nunca va por delante del espectador, atosigándolo con sermones morales, nunca intenta alzar la voz ya que conoce el poder del susurro. Deja respirar a sus actores (magníficos), a pulmón abierto para no restar naturalidad al encuadre y filma con una limpieza visual capaz de favorecer la comprensión con sus personajes. No hay notas estridentes en su narración, un mismo tono para un tempo delicado, sencillísimo, más europeo que norteamericano. Su historia empieza con un tsunami devastador (una de las mejores escenas de catástrofes vistas en años),  y acaba con la esperanza de los que se agarran a la vida. Porque en definitiva de lo que trata Eastwood en Hereafter es de los vivos, de los vínculos de amor que se establecen entre ellos y de aceptar la muerte como un inevitable paso más en el estado connatural de la existencia.

Siempre he considerado un contrapunto fundamental la forma en la que los trabajos de Eastwood se nutren de la impresionante labor de sus operadores de cámara: si Eastwood pone el corazón y el conocimiento de lo que desea retratar, sus iluminadores se encargan de describir el estado de ánimo que este quiere reflejar en sus películas. Mediante el color y la luz de sus composiciones los fotógrafos alcanzan la expresión pictórica del lienzo que en ese momento pretende dibujar el director. Para cada época o etapa Eastwood ha contado con texturas alternantes que lo concretan como cineasta. La fotografía de Bruce Surtees en sus comienzos, la de Jack N. Green en su periodo más rico y la de Tom Stern en el tramo final de su ciclo, el más adulto y monocromático. Es de suponer que la visión reflexiva del Eastwood octogenario poco debe de parecerse a la del hace cuatro décadas, por eso en Hereafter Stern resta color a las imágenes para divulgar ese matiz sombreado, de ópticas grises y azuladas que acentúa el grado pesimista del libreto, un aspecto afligido, borrascoso y entristecido. Tan triste como los expresivos ojos de Cécile de France —en donde perderse sería fascinante—,  las solitarias cenas de un Matt Damon lijado de cariño —posee un don que solo ve como maldición—, los silencios de un niño al que le han robado su otra mitad —esa cama vacía—, o el curso de cocina italiana en donde Bryce Dallas Howard mendiga amor y amistad.

En estos momentos, con más de treinta largometrajes a sus espaldas, Clint Eastwood es dueño y señor de su tablero. Perfectamente posicionado, y con los pies firmes en el suelo, se mueve en horizontal, perpendicular, o incluso haciendo eses, pues no tiene nada que demostrar, ninguna meta a la que llegar. Ahora mismo puede hacer lo que verdaderamente le apetece, sin pararse a pensar en lo que los demás esperan de él. De lejos, el tic tac del reloj anuncia la hora final del maestro, pero sus incondicionales sabemos que ese adiós será paulatino porque nos debe, al menos, un puñado de obras maestras más, como sus notas a guitarra, sencillas, pero profundamente sentimentales.

 

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