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Cisne Negro: Darren Aronofsky

Información

Título original: Black Swan
Director: Darren Aronofsky
Año: 2010
Reparto: Natalie Portman, Mila Kunis, Vincent Cassel, Winona Ryder, Barbara Hershey, Christopher Gartin, Sebastian Stan

Detalles

El artículo fue publicado el 5 de Marzo de 2011. Guardado en Actualidad. Etiquetas: , , .


Darren Aronofsky es el cisne blanco. Un foco le ilumina mientras baila en un teatro vacío alrededor de amenazantes figuras oscuras, sombras del subconsciente habitando lo onírico. El ego vive del eco y tras el equilibrismo de La fuente de la vida (The Fountain, 2006), el terreno firme de El luchador (The wrestler, 2008)  le brindó flores y la etiqueta de madurez mediante su proyecto más desapasionado. Ahí arranca Cisne Negro, en la pulcritud del hiperralismo que acompaña a “The Ram”, en la vulgar inocencia de un relato más cercano a una Cenicienta moderna que a un Frankenstein. Un depurado estilo de cara a tribuna, unos condicionantes en forma de infinidad de tributos, las mejores galas para las presentaciones donde nosotros elegimos la imagen en el espejo.

Mejor, mejor, mejor. Soy la sombra de un fracaso ajeno, el anhelo hecho carne y hueso, la voluntad de otro. Soy la esencia del rechazo, la negación del ego, soy la pureza de la perfección, un alma anónima dibujando montañas.

Nina quiere ser Beth (como Robert Ford quería ser Jesse James[i]), esquivando miradas para asaltar su camerino y robar los objetos que componen su personaje (vista solo a través de los ojos de otros). El talento mirado como copia y comparación, asumiendo sus propias limitaciones como condena al fracaso, una suerte de domesticación de un Aronofsky con el piloto automático transitando cómodas fórmulas, cohibido por padrinos y miedos, limitado a las bondades del público. Esas matemáticas anulan la esencia creativa, agarrotan la ejecución y erosionan el mensaje, necesitado del onanismo para volver a sentirse vivo, trascendente, reubicado en su discurso.

La polaridad pasa por la muerte, y ante la solidez genérica de sus propuestas anteriores, Cisne Negro e/involuciona del drama al thriller, de The Wrestler a Pi, fe en el caos (Pi, 1998), jugando con la mórbida fisicidad de Réquiem por un sueño (Requiem for a Dream, 2000). Llega la medianoche y a la Cenicienta se le agota la coartada, pero decide quedarse en la fiesta, bailando libre, aún a riesgo de quedarse sin público. A la marioneta le crecen sus alas mientras la cordura coge la baja y la insana espiral ejerce de metrónomo. El triunfo de Nina pasa por redescubrirse a sí misma, por cortar lazos con los condicionantes, escapar de la asfixia y abrazar el azar, sin evaluaciones maternas ni artísticas. Su público ha de ser las proyecciones de sus fantasmas, y solo ella juez, jurado y verdugo.

Mi cárcel, mi mundo, mi burbuja. Caminos vallados y un extraño en mí. Soy “la doble vida de Verónica”, la que late vestida de tangible y la que algún otro vive por mí. Soy sabio en mi desconocimiento y familiar en tanto que alienado. Soy la bestia que aguarda escondida entre bambalinas, soy el rey de mi mundo, soy aquello que no estáis preparados para entender.

Un mundo sin barreras se antoja, de primeras, infinito, donde la bisexualidad tontea con las drogas, las sombras esconden sus intenciones y la figura de Dorian Gray resuena en cada portazo. Así se rompe el aparente maniqueísmo, donde los personajes periféricos pasan de representar valores a ser meros catalizadores que ejercen de embudo en la progresión de Nina. Y en esa cuerda floja se siente a gusto Aronofsky, liberado para retomar poco a poco su estudiado estilo, dotando al film de la visceralidad que acompañará a Nina, asumiendo errores y efectismos como parte de su gramática y siendo estilísticamente consecuente con el descenso a los infiernos, mutando el drama en terror al vertiginoso ritmo habitual en las rectas finales de sus films.

Bocetos, reglas y pizarras perecerán bajo el infinito dolor de mi grito, imperios caerán rendidos a mis pies cuando mi alma baile y mi cuerpo me pertenezca. Robaré de vuestra inquisitiva mirada todo aquello que no soy y brillaré libre. Hoy viviré, hoy hablaré, y mis palabras se teñirán de rojo.

La huida (o búsqueda) de lo que somos y el precio a pagar por ello se sellan con el aplauso del público entregado al cisne negro, perdonando el pequeño tropezón para premiarlo con vítores como puñales, justificando la muerte del cisne blanco. Vida y muerte eternas, Xibalba, resurrección, “fuerza para Sarah”, un taladro y, al final del camino, el imaginario de Aronosfsky al son de Tchaikovsky oficiando la muerte de lo que no somos. Se cierra el círculo. Catarsis. Darren Aronofsky es el cisne negro.

 


[i] The Assassination of Jesse James By The Coward Robert Ford, Andrew Dominik, 2007.
Ilustración: Kent Williams, The Fountain, Planeta DeAgostini, 2006.

 

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