Título original: Mistérios de Lisboa
Director: Raúl Ruiz
Año: 2010
Reparto: Adriano Luz, Maria João Bastos, Ricardo Pereira, Clotilde Hesme, Afonso Pimentel, João Luís Arrais, Albano Jerónimo, João Baptista, Martin Loizillon, Julien Alluguette, Rui Morisson
El artículo fue publicado el 7 de Abril de 2011. Guardado en Actualidad. Etiquetas: Crítica, Raúl Ruiz, Sergi Fabregat.
Escribir sobre Misterios de Lisboa (Mistérios de Lisboa, Raúl Ruiz, 2010) es enfrentarse a cuatro horas y media seguidas de cajas chinas, de digresiones narrativas, de laberintos, de líos amorosos, de sueños, de vidas que quizá fueron, de ricos y pobres, de fantasmas, de fortuna y ruina, de linajes truncados, de… Ver la propia película es, lógicamente, enfrentarse a todo eso también, y probablemente tal abrumadora cantidad de estímulos fue la que provocó que, al salir de ver el film del cine Alexandra de Barcelona, me sintiera algo desorientado en nuestro siglo XXI, como flotando en una nebulosa, destilando poco a poco lo visto, permitiendo a cuerpo y mente una mínima asimilación que me concediera seguir con mi vida aún con la certeza de que la película de Raúl Ruiz correría y correrá por mis venas para siempre. Ya me estoy perdiendo; normal, si hablamos de Misterios de Lisboa. Tengo las de perder, cómo no, si empiezo así, por lo que señalaré un elemento de la imponente cinta y tiraremos del hilo, a ver a dónde llegamos.
Antes, no obstante, vayámonos a Cannes, hace dos años, donde tuve otra extática experiencia: el primer visionado de Malditos bastardos (Inglourious Basterds, Quentin Tarantino, 2009). Como a tantos, me sobrecogió, intrigó y fascinó el personaje de Hans Landa, ese coronel de las SS que todo parecía saberlo y urdirlo, auténtico demiurgo que se lo pasaba en grande transformando el final de la Segunda Guerra Mundial en su particular cuento de hadas y trampolín al privilegio y los libros de Historia. Inesperado, agazapado en la más recóndita esencia de la obra maestra de Tarantino, Landa se erigía en un personaje inolvidable por su ambivalente condición de actor y a la vez escritor de la película. Pues bien, también escondido en Misterios de Lisboa se halla un tipo tan o más memorable que el detectivesco SS y que, por desgracia y pese al feliz éxito de la cinta de Ruiz, no tendrá tanta repercusión: hablo del Padre Dinis, también llamado Sabino Cabra, también llamado Sebastião de Melo, un sacerdote que primero no parece más que un buen hombre pero que a medida que avanza el metraje va transformándose en un inesperado superhéroe, un Batman del siglo XIX presente a la vuelta de cada esquina narrativa, dispuesto a imponer el bien y la verdad (en esto se diferencia afortunadamente del murciélago) allí a donde va: él será el encargado de cuidar del niño João (quizá el protagonista de esta historia) cuando enferme, y también el que le contará sus orígenes, su pasado, siendo a la vez elemento protector y desvelador, guardián de la moral y el conocimiento. Su figura crece y crece a medida que discurre el relato (¿esto debería ir en plural, verdad?), como justamente hacía la de Landa, quien parecía tenerlo todo bajo control, hasta que… Hasta que Aldo Raine le daba la vuelta a la situación y lo bajaba a la tierra, lo nivelaba al resto de personajes y, zas, la película se volvía más grande que él, pues escapar de tu propio metraje es algo realmente difícil. Ruiz ejecuta una pirueta similar a la de Tarantino y, tras la pausa establecida entre ambas mitades de la obra, cuando en mi cabeza retumbaba la mirada, entre compasiva y altiva, del sacerdote, resulta que un fraile con el que se ha topado tras unos giros de guión tan bigger than life que acaban siendo life itself (una buena frase para definir la película) procede a explicar al Padre Dinis la historia de su pasado, que redimensiona y humaniza al personaje, poniéndolo ante nuestros ojos como un aventurero de raza, un Mortadelo de implacable y humanista moral. Lo de Mortadelo es algo que me comentó mi acompañante tras la escena de João entrando a escondidas en la habitación prohibida del Padre Dinis: el chaval se encuentra un uniforme de soldado, un traje de burgués y otro de gitano campestre, que chocan totalmente con el atuendo que el chico asocia a su mentor. Y es que ese hombre también tiene sus misterios, sus secretos, y esa habitación es la génesis de todo; allí, en la más profunda oscuridad, en el fondo del fondo de la película, está recluida la personalidad de nuestro superhéroe, tenebrosa pese a su bondad, tanto que hace del momento en el que João se queda encerrado en ella una verdadera secuencia de terror. El niño descubre que incluso el más héroe tiene tintes de negrura.

El Padre Dinis recuerda sus vidas pasadas
No es gratuito hablar de Apichatpong Weerasethakul en un texto sobre Misterios de Lisboa, como tampoco lo es hacerlo del citado Tarantino o de David Lynch y su también monumental Inland Empire (2006), incluso de Un cuento de Navidad (Un conte de Nöel, Arnaud Desplechin, 2008). Todas ellas son películas locas por explicar cosas, cuantas más mejor, que únicamente nos reclaman no tener miedo a perdernos por sus innumerables caminos a cambio de una experiencia memorable, personal e intransferible, trasuntos de otras realidades que se nos abren de par en par para abrazarnos e invitarnos a transitar por ellas a placer. ¡Placer! Con esa palabra comienza esta crítica, una palabra que a medio pase me pareció ideal para definir la cinta de Raúl Ruiz y que ahora aparece de nuevo de forma espontánea. Es precisamente de gozo de lo que estas películas tratan, del gozo de comprobar cómo alguien se atreve a captar pedazos de otras vidas, de otros mundos, para ponerlos delante de nuestros ojos sin dictarnos qué tenemos que pensar o sentir ante ellos, dejando que fluyan y que seamos nosotros los que decidamos cuáles de esos pedazos nos gustan más, qué emociones nos despiertan, sumergiéndonos en fabulaciones interminables que, de tan ricas que son, terminan por parecer realidades paralelas. El crítico Àngel Quintana decía que “el principal problema de Malditos bastardos [...] es que debería durar una hora más”[1], tal era el deseo de saber más acerca de esos personajes y de sus peripecias, de ese otro contexto creado gracias a la más libre ficción. Por otro lado, films como los de Lynch o Apichatpong son, difícil negarlo, la línea dura de este tipo de obras, en el sentido de que requieren de una mejor predisposición por parte del espectador para que éste penetre en ellas realmente. En cambio, Misterios de Lisboa, con su temática folletinesca, que inevitablemente es la génesis de tantas telenovelas de éxito actuales, y su maratoniana duración, se erige en un film verdaderamente popular, disfrutable a nivel argumental (esas historias, esos misterios lentamente desvelados, que al rozarse con otros nos empujan a querer saber más, siempre más), a nivel escénico-visual (los planos secuencia que son la base de la puesta en escena son una auténtica delicia, como si el tempo de Béla Tarr se hubiera fusionado con la apasionada y melancólica distancia de Max Ophüls y la electrizante energía del HD de Michael Mann), a nivel estructural (la forma de hacer confluir y resolver las historias es pura magia, literalmente según el caso) o, como yo recomendaría, a nivel total: disfrutar del placer de deambular por todos esos misterios, de confundir las cosas y que no importe, de soñar e imaginar, y reescribir y reimaginar lo visto, de sorprendernos ante una calavera, unos trajes, el rostro de una mujer, un niño febril, su retrato, el teatrillo, de ser niños también, de ser viejos que cuentan y niños que escuchan, o niños que cuentan y viejos que esperan, de enamorarnos y perderlo todo, de arrepentirnos demasiado tarde, de salvaguardar el bien, de prosperar, del azar, de la causalidad o la casualidad, qué más da, de que 4 horas y media sean todo el mundo, de que por todo tiempo y espacio tengamos al cine y eso nos baste, pues en el cine están todos los mundos.
Érase una vez un niño que “tenía yo 14 años y aún no tenía ni idea de quién era…”
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