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Paul: cuatro pasos hacia el despotismo reptiliano

Información

Título original: Paul
Director: Greg Mottola
Año: 2011
Reparto: Simon Pegg, Nick Frost, Jane Lynch, Kristen Wiig, Jason Bateman, Sigourney Weaver, Bill Hader, Jeffrey Tambor, Blythe Danner

Detalles

El artículo fue publicado el 25 de Julio de 2011. Guardado en Actualidad. Etiquetas: , , .


Caída del despotismo autoral

Desde la revolución crítico-cinematográfica impulsada por los Cahiers, dentro de la escritura cinematográfica existe la tendencia de acercarse a las películas mirando a la figura del director en busca de una autoría a la que colgar méritos y desméritos, en ocasiones sin tener en cuenta los condicionantes (sobre todo por falta de acceso a esa información) bajo los cuales una película es o deja de ser de una u otra manera.  Así pues, en la escritura cinematográfica vivimos bajo el despotismo autoral ante esa necesidad de señalar al otro, de humanizar los entes (las películas) y hacer más fácil el acercamiento analítico o la reflexión crítica de un objeto que muta y se evade cuando trata de ser asido. Curiosamente, no ocurre lo mismo con la música, que tiene un subgénero cajón-desastre para tratar, precisamente, a las figuras autorales y que, por lo general, hallan en sus intérpretes a los cabezas de turco ideales. Sin embargo, a nadie se le ocurriría poner en duda que el autor de la 5ª sinfonía, la llamada Sinfonía del Destino, es Beethoven en su papel de  compositor y no Karajan o Harnoncourt o Kleiber o Furtwängler…, por mucho que sean sus decisiones en la dirección las que nos hacen llegar la música del genio. Por eso, aunque de casado Paul (Greg Mottola, 2011) lleve el apellido Mottola, durante su infancia, adolescencia y juventud, durante todo el tiempo que duró su gestación y su formación, formaba parte de los Pegg (¿y los Frost?).

Alzamiento del friki

Paul no es un homenaje a E.T. El extraterrestre (E.T.: the Extra-Terrestrial, Steven Spielberg, 1982) ni a las películas de ciencia ficción familiar, aunque sí sigue la estela de sus hermanos mayores —Zombies Party (Shaun of the dead¸Edgar Wright, 2004) y Arma Fatal (Hot Fuzz, Edgar Wright, 2007)— y regurgita toda una tradición cinematográfica de culto versada en la sci-fi para lanzar guiños a diestro y siniestro. Paul es, pues, un sincero homenaje a los fans de ese mundo, pero no por las referencias que se marca, sino porque surge de sus mismas entrañas: Pegg y Frost son unos frikis, como lo son Kevin Smith, Jared Hess, James Wan o Seth Rogen (por eso este último le pone voz a Paul en su versión original). El público de Paul son los seguidores del Comic Con, de la E3, de los salones del Manga y del Cómic, otakus, trekkies (que no trekkers), cosplayers varios, los fans del Magic y del Munchkin, usuarios del WoW o del RO, lectores de Juego de tronos, adictos a Big bang theory y IT Crowd, y (algunos) votantes de Pedro. De esta forma, y aunque no se expulse del Paraíso a los no-afines a todo ese mundo, Paul es una película que habla a toda esa gente (perpetuos adolescentes) de que la maduración de las personas es posible llevarla a cabo paralelamente a la de sus sueños; que existe la posibilidad de crecer manteniendo parte de lo que se fue y logrando, por el camino, alcanzar algunos de los objetivos que nos movieron. Porque la existencia de Paul (el alien) implica que el sueño de Graeme y Clive (los protagonistas) es factible de alcanzar y, por lo tanto, dependerá de ellos, de su capacidad de crecer y madurar junto a ese sueño (aceptar todo aquello que no es como pensaron, por ejemplo, aunque también el saber lidiar con los cambios personales que el sueño alcanzado implica), el asirlo de una vez por todas para vivir en él.

Enfrentamientos humanos

Y todo esto —la admiración por la cultura friki, el homenaje y los guiños hilados con un discurso de crecimiento de los personajes, y las bromas irreverentes y gamberras— nace de dos mentes fully English, no de las arcas de Universal Pictures (¿volverán a confiar en ellos para una siguiente película?) ni de Greg Mottola, que pilota el barco con decencia y se deja llevar por la emoción de traer consigo a un extraterrestre que le permite emular algunas de las escenas más míticas de Encuentros en la tercera fase (Close Encounters of the Third Kind, Steven Spielberg, 1977) y E.T. el extraterrestre. Dos seres extraños que bien podrían unirse a la cola de ingleses non gratos que este año está encabezada por Ricky Gervais; extranjeros llegando a Estados Unidos para cagarse, desde su confeso ateísmo, en la radicalidad religiosa de quien niega el evolucionismo darwiniano y con un arma harto poderosa: el humor. Mottola cede amablemente el liderazgo a Pegg y Frost, o quizás sean estos dos viejos amigos quienes se estén ocupando de dejar claras sus verdaderas intenciones, empezando por eliminar el despotismo autoral para instaurar un nuevo régimen. Porque cuando se niega la existencia de la creación divina solo queda apostar por el nihilismo o por la ciencia, otro dogma de fe, a menos que… …se tenga información privilegiada.

Si no puedes con el enemigo, únete a él

En un momento de la película, Paul explica que ha participado en los procesos de creación de las obras de ciencia ficción durante los sesenta años que lleva en la Tierra, hasta el punto de confesarse el creador de Mulder y de ser consejero de Spielberg para su obra en el género sci-fi. Ante tal planteamiento (¿un extraterrestre modelando nuestro imaginario de los fenómenos paranormales?), una no puede evitar preguntarse hasta qué punto nos están advirtiendo Pegg y Frost de la veracidad de la teoría de David Icke. En tal caso, si a la lista de famosos reptilianos (entre los que, recordemos, está Juan Carlos I) fuera necesario sumar a Simon Pegg y Nick Frost, quien esto firma empezaría a considerar la opción de comer ratas vivas al más puro estilo de la Diana de V (Kenneth Johnson, 1983), pues cuando la actualidad humana pone en portada atentados, crisis, pobreza y guerra…, el tal Paul apela a lo que antaño llamábamos sentimientos humanos y ahora quizás deberíamos conocer como despotismo reptiliano. Y es que, al fin y al cabo, Paul habla de congeniar varios aspectos vitales (la pareja, la amistad, los sueños) para avanzar hacia la madurez de manera sana, sin abandonar a nadie ni nada por el camino. Clive teme que Graeme le deje de lado al haberse enamorado, pero también es incapaz de reaccionar ante aquello que tanto ha deseado a lo largo de su vida: saber que existe vida extraterrestre. Paul ayuda a ambos en ese proceso y les aporta todo aquello que necesitaban para, por fin, potenciar su frikismo y hacer de él un modo de vida. Paul nos propone un juego de equilibrios entre lo que somos en la intimidad y lo que necesitamos para vivir en sociedad, y el único precio a pagar es hacer de nuestros puntos fuertes nuestro medio de vida. Porque como diría Fernando Arrabal, señores: El reptilianismo ha llegado…

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