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49ª FICXixón (1): Sombras de un unicornio marchito

 

Las palabras, como las personas, se cansan. Los significados se agotan en envejecidos continentes, en acomodadas repeticiones hijas de la costumbre o el miedo. En la era virtual, la era de la información, las certezas fueron las primeras víctimas, y con ellas se llevaron los significados, los cuerpos, las almas, las memorias, las calles, las sonrisas, los sueños y la coquetería que se esconden tras las palabras. Solo quedaron los grises.

En un instante de Un amour de jeunesse (Mia Hansen-Løve, 2011) un joven brinda a su pareja un “te amo”, respondiendo ella con un codicioso “¿y ya está?”. Confesar un amor, repetir esas palabras eternas y caducas, se torna mero vehículo, excusa insuficiente para una joven esencialmente corporal que busca significados en los actos, en encuadres inabarcables para la palabra. Quizás lo autobiográfico del film supla la, al parecer, excesiva timidez de Mia Hansen-Løve, aplanando a su protagonista femenina en un personajes que habita el encuadre para meramente interactuar con otros, desdibujándola para cincelar desde el movimiento, verbalizando a través de la metonimia.

Hace poco leía sobre el cuestionamiento al que la mutante ideología de Fernando Savater era sometida por unos cuantos que no consideran el cambio como parte de su gramática. Ross McElwee, en cambio, se lanza a comprender la brecha abierta entre él y su hijo a través de esa pérdida escondida en la memoria. Todo se agota, hasta las palabras, pero McElwee deposita su fe en la imagen, blasón del estatismo, para demostrar que, como Savater, somos nosotros los que cambiamos. La inmanencia es propiedad exclusiva del recuerdo.

Porque si una disciplina ha devaluado la palabra más que el resto, esta es, sin duda, la política, y sirva El estudiante (Santiago Mitre, 2011) como ejemplo. Jóvenes que visten ropajes de cambio, que montan su esperanza en palabras y fusilan con ellas a sus iguales, voces anhelantes de un eco en conciencias que niegan el poder de la voluntad, mientras poco a poco ellos mismos son víctimas de las dobleces del lenguaje. Encantadores de serpientes, servidores de pasado en copa nueva[1] y ganado inocente a través del cual perpetuarse: la funesta y reduccionista visión de la política cuando esta se deja completamente en off, cuando al punto de vista le aprieta el nudo de la corbata.

Y pese a que los significados cambian, se devalúan, mutan o viajan a otra parte en las infinitas y crueles variaciones a las que las somete el paso del tiempo, siguen existiendo reductos que no aceptan un gris por respuesta. Si bien ciertas corrientes cinematográficas han optado por la asepsia como mensaje, hay temáticas que no dan cabida a ello. Se articula un discurso sobre el mero retrato esperando que la ética inherente al espectador dé cuerpo a la nada, para acabar bailando solos con una música que no hemos elegido, al compás de un séquito de almas muertas. Ese es el gran crimen de Michael (Markus Schleinzer, 2011), convertir en un ejercicio de estilo (o cinematografía a rebufo) una propuesta que acaba siendo meramente procedural para un espectador ya posicionado.

Punks con trompeta y acordeón, bebés falsos, transacciones bancarias como tiroteos, negros albinos, etc. son significados mutantes, muerte y renacer, visitas al cementerio. Y si Gijón ya cambió a sus infantes por enfants terribles, esta edición apuesta por géneros mutantes, quizás consciente de esas masacres reconvertidas en maternidades, optando por las diferentes lecturas que del hoy hace la protagonista de Totem (Jessica Krummacher, 2011). Todo es cuestión de dirección y perspectiva, de los signos de puntuación de cualquier frase, de la falta de absolutos.

Vimos a Caouette muy desmejorado tras poblar Tarnation (2004) con su imagen. El contraste en Walk away Renee (2011) no solo es patente en lo estético, sino también en el pesado discurso de sus pasos, en el cansancio vital de una fórmula que se nos presenta como continuista pero que en Caouette no conoce alternativa. Esa es su vida, y aquí solo Lacuesta suspende el tiempo. Y mientras me sorprendo repasando notas antiguas de mi libreta, me pregunto si, como Caouette, queda en mi algo de aquel blogger que arrancaba su andandura de la crítica cinematográfica hace escasamente cuatro años. Llenamos de sombras los álbumes fotográficos.

Las palabras languidecen tristemente erosionadas por las matemáticas, aisladas en contextos renovados, alejándolas de la experiencia. Quizás medida y virtualización se llevaron por delante el melodrama y llenaron cercenados significados con un rencor hijo de aquellos que, al volver a casa, no reconocen su hogar. Las palabras no viven del pasado ni del futuro… ni siquiera, en ocasiones, del presente. Y si bien la existencia de un lenguaje cinematográfico sigue siendo una incógnita, posiblemente este se articule más allá de nuestro entendimiento, en las brechas creadas por los equívocos, en las fosas de las palabras huérfanas, aquellas que nadie quiere escuchar. Y suena la hammerklavier y la comprensión se queda corta ante la inmediatez de emociones convertidas en sonido, figuras de una significación tan inmanente como interpretable.

Una palabra es un encuadre, una cámara, un continente inútil. Luis, el marinero protagonista de Vikingland (Xurxo Chirro, 2011) decide registrar la vida en alta mar con su nuevo juguete. Su mirada a cámara da la razón a Marker, y es el paso del tiempo quien muta el rol de ese agente externo, quien lo redefine, para asistir a la puesta en escena del marinero y sus miradas, ahora, de soslayo. Luis descubre al espectador y olvida la cámara, aprehende que su tiempo y espacio son otros, inmortales. El mensaje abandona el celuloide para desdoblarse en esos dos momentos separados por dieciocho años, llenando el lapso entre captura y visionado el polvo que deja el olvido a su paso.

Y si el sinsentido habita los significados, resulta absurdo transcribir la experiencia en un mensaje inteligible. Quizás por eso este texto no es una crónica y, a su vez, lo es. Quizás porque carezco de discurso o porque realmente no sé qué quiero decir. Quizás porque antaño tuve claro un mensaje marchito que perdí en cruces de caminos. Quizás porque brindo por los puntos finales que están en nuestra mano ser escritos, o porque estas líneas se escapan de la necesidad. En tormentas de incertidumbre el “no lo sé” es un salvavidas, y este texto una llamada de auxilio. O quizás nunca existió mi unicornio, y aún le sigo cantando…

Porque los significados existen por ego y eco, en los espacios que nos unen o nos separan.


[1]La Maza, Silvio Rodríguez, Unicornio, 1982.

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