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La piel que habito: La emoción de la técnica

Información

Título original: La piel que habito
Director: Pedro Almodóvar
Año: 2011
Reparto: Elena Anaya, Antonio Banderas, Marisa Paredes

Detalles

El artículo fue publicado el 10 de Enero de 2012. Guardado en Calidoscopio. Etiquetas: , , .

Soy esclavo de obsesiones y recuerdos, de acechantes imágenes que ignoran el olvido y pasean su arrogancia por espacios que no les pertenecen: no tuve más remedio que amar La piel que habito (Pedro Almodóvar, 2011).

La música se interpreta, el alma cobra forma en la ejecución, y mientras la técnica de la emoción apela al estatismo, a globales y relecturas, son los stacattos, la fricción y el roce de las cuerdas con el mástil quienes crean el mensaje, la experiencia, la imagen y la obsesión. Recordamos ecos, habitamos estancias vacías porque la melodía que poseemos son solo ruinas de instantes muertos.

Robert, de pie, la observa, distraída, y ese primer travelling acompaña su mímesis. Robert se tumba en la misma postura que su obsesión, en dirección opuesta, y no es el movimiento de cámara la mera acentuación de un interés, sino que en el reencuadre se dibuja la creciente asfixia de unas emociones sometidas a la imagen, al más profundo anhelo. La frustración hace del mundo una estrecha celda.

Hay un discurso asumido en la técnica, un mecanicismo adoctrinado en entender, una trasnochada escisión entre cuerpo y alma. Transformar el encuadre no es el proceso entre dos contenidos, sino el significado en sí mismo y, en Almodóvar, los movimientos de cámara son gritos ahogados a los que la imagen responde, vertebrando una emoción y no una palabra. Las piezas languidecen ante las interpretaciones y, solo cuando alma y mecánica son amantes, olvidamos dedos, cuerdas, ópticas y nombres, contemplando esencias.

Robert se incorpora para sentarse erguido, y la cámara vuelve a sollozar. Pero la ansiedad se dispara y la reincidencia hace estallar las ascéticas costuras del amante reprimido, dando cuerpo al hambre infinita de quien sólo tiene recuerdos. Si el segundo travelling es eco del primero, el imposible zoom ejecutado dentro del encuadre dibuja la agónica espiral de un personaje prisionero. Los cuerpos se acercan, la profundidad se diluye y el espacio se torna en opresiva miopía. Y entonces ella le mira, porque ya no existe la distancia ni la razón, porque la gramática de Almodóvar funde el deseo con la percepción y olvidamos lógicas, ritmos y cámaras: ilusiones terminales engañándose.

El recuerdo (esencia del cine) convierte en eternidad cadáveres, movimiento en imagen, creando elipsis en lo inmanente, porque es el cambio, la pérdida, el motor de la obsesión. El viento aniquilaba el gobierno de su pelo en La Jetée (Chris Marker, 1962) y, ese instante, justificó una vida. Asesinamos a quién porta la luz para seguir viendo sombras. Solitaria Verdad de dos en diálogos con un mismo e Ethan ante una puerta que le niega la entrada. Somos cajas de resonancia que, tocadas por la obsesión, plañimos incesantes notas para incesantes lamentos y, cuánto mayor es nuestro grito, mayor es el mudo eco que nos devuelve, llenándolo todo.

 

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