Título original: Mission Impossible: Ghost Protocol
Director: Brad Bird
Año: 2011
Reparto: Tom Cruise, Jeremy Renner, Simon Pegg, Paula Patton, Josh Holloway, Michael Nyqvist, Ving Rhames, Tom Wilkinson, Léa Seydoux, Vladimir Mashkov, Anil Kapoor, Michelle Monaghan
El artículo fue publicado el 7 de Enero de 2012. Guardado en Actualidad. Etiquetas: Brad Bird, Crítica, Sergi Fabregat.
Los que me conocen saben (además es algo que continuamente verbalizo) que me encanta planear las cosas, saber qué voy a hacer cada día al levantarme, disfrutar de que los objetivos se cumplan. Odio la improvisación y, más aún, me angustia tener que decidir sobre la marcha, sin margen de maniobra. No obstante, el planear minuciosamente las cosas y que estas se tuerzan de sopetón es una de las esencias de la vida, y seguramente por eso me encantan las películas protagonizadas por tipos que urden planes milimétricos que al ejecutarse se van al garete y deben de ser reestructurados repentinamente. Simplemente, me recuerda a la vida misma.
Claro, uno dice que Misión Imposible: Protocolo Fantasma (Missión: Impossible – Ghost Protocol, Brad Bird, 2011) recuerda a la vida misma, y no es raro que más de uno y de dos se rían, pero en esencia es así. Es decir, a nivel de tono, no es muy diferente la sensación que embarga a Ethan Hunt y su equipo cuando en el hotel Burj Khalifa de Dubai (el rascacielos más alto del mundo) se topan con que no pueden piratear el servidor del edificio y deben acceder a él escalando por la fachada del hotel, a la que uno siente cuando, estando en la oficina y a dos minutos de salir a comer, llama el típico liante con un problema gordo que debes solucionar en el acto. Al espectador que no se dedique a salvar el mundo como sustento vital, que creo que somos la mayoría, le puede dejar boquiabierto, y así sucede, ver a Hunt subir, cual Spiderman, por la vertiginosa fachada del hotel sin agarres ni seguridad, pero no debería chocarnos que, bajando a toda velocidad por esa fachada en la que se juega el tipo, suelte un “¡nos ha jodido!” (como si el asunto fuera para tomárselo a broma) a uno de sus compañeros de equipo cuando le reporta la evidencia de que el cable es demasiado corto para llegar a su habitación.
¿Irreal? Para nada, pues al fin y al cabo el agente secreto encarnado por Tom Cruise está haciendo su trabajo, uno que lleva años desempeñando, así que, si yo hago coñas de cualquier tipo con los compañeros de oficina por tensa que sea la situación provocada por esa llamada inesperada, esa brecha en mis planes, ¿por qué no va a hacerlo Ethan Hunt? De hecho, esta jocosa camaradería que se respira en cada fotograma de Misión Imposible 4 no debería inquietar a nadie, dado que el responsable de la cuarta entrega de la saga no es otro que Brad Bird, director de dos películas que, precisamente, giran alredor de dos oficios (superhéroe y cocinero) que en sus manos se transforman en relatos sobre cómo el éxito profesional solo puede conseguirse en equipo, gracias a los granitos de arena de cada individuo involucrado en el proyecto. Dos oficios tan dados a la glorificación del individuo —como nos demuestran las figuras de Batman o Superman, Ferran Adriá o Paul Bocuse—, son presentados en Los increíbles (The Incredibles, 2004) y Ratatouille (id., 2007) como odas al trabajo en equipo, a la comunidad. Donde no llega uno llegará el otro. Por eso es tan bello el momento en el que, en la parte final de Misión Imposible 4, en la fiesta del playboy indio, vemos a Ethan Hunt apostado junto a una columna entre el glamuroso gentío, comunicándose con los miembros de su equipo. Por un lado, la agente Carter tiene la misión de seducir al playboy para robarle unos códigos, y, por el otro, los agentes Brandt y Benji están infiltrándose en su sistema de telecomunicaciones para introducir los códigos una vez los haya conseguido Carter. ¿Y qué hace Hunt? Nada, simplemente los tranquiliza, los anima, les recuerda lo buenos que son en su trabajo, y les recuerda que no deben dudar de que van a conseguirlo. Es decir, el trabajo en equipo elevado a la condición de motor narrativo y de la intriga en el clímax de un blockbuster, y la transformación del héroe todopoderoso en una figura únicamente verbal reducido a unas palabras de confianza y motivación; es decir, un trasvase de intereses del protagonista hacia los secundarios. Sí, que nadie se engañe, sigo hablando de Misión Imposible 4, aunque la última escena de la película parezca más de una de Hong Sang-soo que de un filme protagonizado por Tom Cruise.

Pero lo inesperado no solo se manifiesta en el terreno laboral de la película, en la correlación entre personajes, sino también en multitud de elementos formales que transforman la cinta en una experiencia tremendamente gozosa, repleta de hallazgos que, en sucesivos visionados, siguen siendo sorprendentes por lo imaginativo de su naturaleza y resolución. Quizá es porque no hace mucho quedé sorprendido por la irrealidad explosiva de Con la muerte en los talones (North by Northwest, Alfred Hitchcock, 1959), pero no pude dejar de pensar en ella mientras veía Misión Imposible 4. Que la fuga de una cárcel se produzca al ritmo y duración de una canción de Dean Martin me pareció algo tremendamente hitchcockiano por la salida de tono que refuerza el empaque del arranque, pero es cuando llegamos al Kremlin, Dubai y Bombay cuando la cosa se pone al rojo vivo.
En Rusia, Tom Cruise se pone un bigote postizo y un traje de general y se cuela en el Kremlin para robar unos archivos. Para avanzar por un pasillo (al final del cual vigila permanentemente un guardia) utiliza una pantalla que proyecta la imagen del pasillo vacío, mientras él se va desplazando tras el artilugio. Cuando otros hubieran utilizado la fuerza bruta para neutralizar al guardia, aquí se usa un prodigioso gadget que viene precedido por una infiltración mediante disfraces, lo que convierte esos pasos por el pasillo en una oda a la complejidad, a la complicación, al plan milimétrico ante el cual flipamos porque surte efecto, y el vértigo que nos provoca el asistir a su fracaso posterior. Luego, Hunt y su equipo se van a Dubai (no se sabe muy bien por qué) y Misión Imposible 4 nos depara una escena memorable donde, en un blockbuster de acción, se funden la camaradería, el cine negro, el puro suspense, la comedia, la espectacularidad y, por último, lo experimental, la modernidad. Una asesina a sueldo va a reunirse en un descomunal hotel con la mano derecha del villano para venderle los documentos que buscan los protagonistas. La misión de Hunt y los suyos es confundir a ambos y hacer creer a cada uno que se encuentra con la persona con la que debía reunirse cuando, en realidad, estarán ante alguien del equipo de Hunt. La secuencia es una película en sí misma, con una obertura sobrecogedora con Hunt colgando de la fachada del hotel, para después pasar al fascinante doble encuentro, minuciosamente construido en un brillante juego de falsas identidades, de suspense marca Hitch, con aquello de que el espectador sepa lo que los protagonistas desconocen. Finalmente, todo termina con una brutal tormenta de arena en la que Hunt termina metido persiguiendo al malo. Si Antonioni mete eclipses y nos quedamos con la boca abierta, ¿por qué no alucinar también ante una película que es capaz de condicionar su devenir a la azarosa irrupción de una tormenta de arena que, implacable e impersonal, desbarata el plan del héroe? ¿Por qué no hablar del brillante plano en el que la cámara persigue a Hunt por un callejón y que, a causa de la arena y la oscuridad, vuelve la imagen roja, infernal, más propia de un filme de terror, casi abstracta? Si podemos pedirles a las películas lo máximo, dejemos que estas nos den lo máximo.

Ya en la India, es un verlo para creerlo. Como pequeño incentivo, y sin que sirva de precedente, prefiero no desvelar la ubicación donde se desarrolla el clímax de Misión Imposible 4 porque imagino que si Hitchcock le hubiera soltado a alguien que el desenlace de una de sus películas consistía en tener a Cary Grant brincando por el Monte Rushmore se lo hubieran tomado a risa. ¡Un mito de Hollywood saltando sobre las cabezas de la Historia de Estados Unidos! En Misión Imposible 4, un mito de Hollywood salta sobre unos cuantos BMW y hasta aquí puedo leer. Los tiempos cambian, pero toparse con una película que transforma lo inesperado (rozando lo risible) en fascinante sigue siendo un gozoso privilegio que el cine no debería olvidar.
© 2011 Cineuá - Tu revista de cine | Todos los derechos reservados
Diseño d'AltArt