El artículo fue publicado el 22 de Enero de 2012. Guardado en Actualidad. Etiquetas: Artículo, Mónica Jordan, Top 2011.

Suelo trabajar los domingos, y en 2011 no fue diferente, pero recuerdo especialmente un día en el que, tras una noche con insomnio, el despertador pareció sonar con menos fuerza y amaneció a una hora que no era la adecuada para mis jefes. “Era domingo, ¿tus jefes también trabajaban?”, os estaréis preguntando. En realidad no, pero mi trabajo requería llegar a una cita que, si pasaba de la hora marcada, podía acarrearme problemas con ellos. Por esa razón salté en un taxi que, quizás al oírme pronunciar el destino de aquella carrera, mantuvo un frío silencio que más que frío era dominical y fúnebre, y así estuvimos durante todo el trayecto, sin pronunciar nada que rompiera la incomodidad y la tensión. La frase mágica fue: “Al tanatorio de XXXX, por favor”. Y el quid de la cuestión no fue el “por favor”, como me diría mi madre…, sino la idea que conlleva consigo el concepto de tanatorio.
Soy redactora de biografías de personas recién fallecidas. O mejor dicho, lo fui, pero alguien me dijo que si una verdad puede fastidiarte una ficción, es mejor acallarla, así que, y perdonadme la torpeza, lo intento de nuevo: soy redactora de biografías de personas recién fallecidas. En efecto, existe tal cosa, y por eso aquel domingo trabajaba, y por eso era importante que llegara al tanatorio con tiempo suficiente para entrevistar a una familia que, en las últimas veinticuatro horas, había perdido a un familiar cercano. Ya os podéis imaginar la situación: llegar a un tanatorio para ser rodeada por una familia de desconocidos que, entre lágrimas o, a veces, entre risas, te abre su corazón y la puerta de sus recuerdos para tratar de hacerte llegar con sus palabras el retrato de una persona que ni conociste ni conocerás pero a quien, irremediablemente, acabarás por sentir cercana. ¿No os parece hermoso? Conocer a alguien a quien no se puede conocer, pero solo a través de lo que otros (sus seres queridos) pueden explicarte de él. En realidad en muchas ocasiones era frustrante, pues realmente acababa con la sensación de haber llegado demasiado tarde a descubrir a alguien interesante (algo que quizás era lo que sintió Oliveira en aquella experiencia juvenil que tantos años después se convertiría en El extraño caso de Angélica (O estranho caso de Angélica, 2010); pero, de igual modo, aprendí algo básico para mi vida futura: el interés, como la belleza, está en el corazón de quien lo contempla -y que me perdone Saint-Exupéry por la apropiación-, por lo que creo que a partir de entonces empecé a mirar diferente a la gente de mi alrededor y a intentar, esta vez de verdad, conocer mejor a los que aún estaba a tiempo de conocer.
Esa cercanía con la muerte y ese no cesar de historias que, no por desconocidas eran anónimas, acabaron por moldear mi percepción del cine, de la literatura y del arte en general, de cómo lo usamos para dejar huella o para recuperar la de quienes ya no están. Quizás por eso en los últimos tiempos he buscado ese discurso, consciente o inconscientemente, en la mayoría de películas que veía, aunque en ocasiones me evadiera del tema principal del filme. Sin embargo, y quizás aquí vuelva a tirar del argumento de Sontag para permitirme sobreinterpretar, ese mal augurio que planea sobre el recién estrenado 2012 me lleva a pensar que realmente ha existido un curioso efecto en la producción fílmica de su predecesor 2011 y el Fin (del singular o del plural) ha sido gran protagonista de las preocupaciones de directores y guionistas. Ya dimos buena cuenta de ello en el resumen sobre el Festival de Sitges en estas mismas páginas, pero la lista de películas preocupadas por marcar con su presencia algo que quizás en breve no estará se ha engrosado con títulos de toda índole.
Uno: Recuerdos de… una vida, una mañana, o de la noche (que no acaba)
Podrían ser de una mañana y de un vecindario entero, o de toda una vida y de una sola persona; pero el caso es que los recuerdos han sido protagonistas y conductores de narraciones tan dispares (a la par que estimulantes) como las que, en este 2011, nos han entregado (no sin sus respectivas controversias) Terrence Malick y José Luis Guerin. Sin duda alguna, dos casos, dos ejemplos, dos películas y dos directores dispares a más no poder, pero que, en cambio, han coincidido en querer capturar el ya no está de un individuo, el pasado y su impacto a través de lo único que nos mantiene unidos a él: los recuerdos. El primero desde la evocación de imágenes que apelan a los sensorial, a golpes de emoción que generaron, en quien esto firma, un fuerte efecto emocional que a día de hoy aún pervive, y usando la introspección de un personaje para llamar a las puertas de la más sensible empatía del espectador; el segundo, en cambio, a través del formato documental que servirá para, mediante entrevistas a pie de calle o de edificio, trazar el retrato de un músico llamado Miquel, del que solo sabremos aquello que sus vecinos explican, aun siendo susceptible de ser tan poco veraz como subjetivos son los recuerdos del protagonista de El árbol de la vida (The tree of life, Terrence Malick, 2011).
En la contraposición de ambas surgen dos confrontaciones básicas. La primera, de cómo dos películas que, por decirlo de alguna manera, podrían dialogar, han tenido caminos inversamente proporcionales en su exhibición: El árbol de la vida fue premiada en Cannes, estrenada incluso en España en salas de toda índole y ha despertado debates acalorados entre toda clase de espectadores; Recuerdos de una mañana (José Luis Guerin, 2011), por su parte, ha sido acallada por un conflicto con la familia de su protagonista y condenada, por ahora, a limitar su visionado a círculos de la crítica. La segunda, de cómo Malick se acerca a la fantasmagoría en claves de ficción desde el posicionamiento relativo del sujeto como verdad total, es decir, sin la búsqueda de lo que es veraz sino de lo que lo es para un individuo concreto; en contra de cómo Guerin sigue el camino de lo aparentemente real (o de la no ficción) con testimonios que pertenecen a la realidad (aunque no a la verdad objetiva, sino subjetiva) para reconstruir lo desconocido y lo que, precisamente por no vivido, requiere de elementos externos para conseguir captarse. Mientras uno nos muestra lo más personal de un personaje para ayudarnos a sentir como él, el otro se acerca a su protagonista desde el exterior para intuir lo que era. Dos maneras, al final, de ¿conocer? a las personas, una vez su fisicidad ya no nos permite interactuar con ellas.
Diferente aunque parecido es el caso del extraño documental que Isaki Lacuesta propone alrededor de la figura de Ava Gardner, La noche que no acaba (2011). Partiendo de imágenes de la actriz, Lacuesta traza un recorrido que acecha a la persona tras la fantasmagoría del personaje público; un intento de llegar a la esencia, a la realidad de un cuerpo a través de las señales que de la persona se filtraban a través de la famosa actriz. Lacuesta coincide con Guerin en aproximarse a la figura de quien ya no está a través de la huella objetiva dejada en el exterior, en su entorno, pero en este caso haciendo uso de las imágenes de la actriz, de sus películas y de testimonios de personas que compartieron espacio y tiempo con ella aunque sin la necesidad de ser cercanos o de haber, siquiera, intercambiado palabra con ella (como ocurría, por otro lado, en el caso de algunos de los testimonios del filme de Guerin). Así pues, estamos de nuevo ante la preocupación de captar la estela de una persona tras su paso por la vida, aunque el ejercicio de Lacuesta sea mucho más ambicioso y no se contente con armar el puzle periodístico sino que proponga, mediante la observación del cuerpo que habita las imágenes, la historia de un personaje que opaca a una persona, de cómo quizás Ava nunca fue ella misma sino una sombra de Gardner y de cómo la imagen que hoy queda no forma parte de una biografía sino de una ficción biográfica.
Todos: Los últimos días, vividos con melancolía
En efecto, la cercanía de la nada, del aire que ocupa el vacío tras la desaparición de los cuerpos, ha estado presente en este 2011 en las películas que comentábamos, pero más si cabe en la creciente preocupación de una serie de directores que, desde un punto de vista a veces muy personal, tratan de afrontar la muerte como final definitivo de la Humanidad en su totalidad. Ahí están Lars Von Trier con la colisión del planeta Melancolía contra la Tierra, o la propuesta de un Abel Ferrara que muestra las entrañas ante el inminente The End. Sendas películas muestran el interés, el mensaje final, que ambos directores quieren dejar tras el supuesto final del mundo.
Von Trier apuesta por criticar el sometimiento a las reglas sociales al provocar estas la anulación del individuo, por eso Melancolía es hija de su padre y podría pasar por ser un testamento en vida de la Humanidad occidental entera. El danés decide usar el final del mundo para mostrarnos nuestros errores y para dar muerte a todo ser viviente, pero además decide hacerlo en una necesaria analogía con lo que conforma toda la película: si una hermana puede anular a la otra, ¿cómo no iba a ser un igual, un planeta, el que acabase con la Tierra? Para acabar con un statu quo non grato, Von Trier decide cortar el problema por lo sano y entrega, con el más sensorial de los finales de este 2011, la oportunidad de un borrón sin cuenta nueva. Ese pesimismo, ese convencido merecimiento, es lo que a Von Trier le sugiere el fin, y como no hay legado ni memoria que merezca ser salvada, lo único que recogemos tras el impacto de Melancolía es la belleza de un planeta que absorbe al nuestro con la monumentalidad de Wagner como única acompañante. No hay lugar para las reconstrucciones, ni siquiera para la tristeza o el drama, pues solo queda aceptar el destino al que nos hemos dirigido durante años y años: el fin de la sociedad, que conlleva el fin del planeta.
Ese mensaje final que llega ante la inmediatez del apocalipsis o de una muerte cercana, puede mostrar aquellas preocupaciones que giran en el universo de uno u otro director, o de una u otra persona. En el caso de Von Trier está cargado de una rabia que alcanza la paz con la destrucción del cáncer, pero existen otros casos en los que el trato de ese momento se hace desde la introspección y en un ámbito cercano, doméstico. Abel Ferrara es el ejemplo paradigmático de esa tendencia, pues en su 4:44 Last day on Earth (íd., 2011) muestra a su personaje (un Willem Dafoe que viene a ser el alter-ego del director) tratando de abrazar con la máxima calma posible el fin de la vida humana. Ante lo inevitable, decide explorar lo que le es realmente importante y se despide, uno a uno, de aquellos que fueron importantes en su vida: su hija, su ex mujer, sus amigos, las drogas y, finalmente, su pareja. Podría parecer que Ferrara se enfrenta a un posible final real y firma con esta película su réquiem personal (al fin y al cabo, tanto los escenarios como los personajes colindantes al protagonista e incluso la ropa que luce Dafoe son del propio Ferrara), algo así como una crónica de las que yo escribo pero hecha por el mismo difunto. Ante la posibilidad de que los mayas acertaran y en este 2012 el mundo llegue a su fin, Ferrara ha dejado los deberes hechos con sus más allegados, y ha logrado desembarazarse de la máscara social para dejar aflorar en su película aquello que más le importa. Su 4:44 Last day on Earth es lo más similar a un Apocalipsis real (por cercano y personal) que hemos visto en 2011, pues todos podemos imaginarnos en esta situación actuando como Dafoe, fijándonos de repente en ese chaval que nos trae la comida a domicilio incluso en el último día de la existencia y que también tiene familia de la que quiere despedirse, o queriendo ser sinceros con todos e hiriendo por el camino a nuestros seres queridos al ser honestos con nuestros propios sentimientos. Ferrara se despide de la vida con la tristeza de quien cree haberla disfrutado, pero con la calma de quien se marcha en paz con su alrededor. 4:44 Last day on Earth es, sin duda, lo más cercano a un testamento hecho en vida.
Ya lo hemos visto: ante el final, todos reflexionamos; por eso cada mes de diciembre elaboramos listas, artículos y debates con balances y cierres de lo que ha sido el año. Cuando ese fin atañe a nuestros seres queridos, no obstante, actuamos para mantener a flote su esencia, su legado, su recuerdo; organizamos todo lo que compartimos y vivimos juntos para mantenerlo a salvo en algún rincón de la memoria (personal y/o colectiva), porque tenemos la necesidad de pensar que el espacio que ocuparon, aunque hoy vacío, cambió el mundo. Y qué decir de cuando la fecha de caducidad está sellada en nuestra piel…, no nos queda otra que aprovechar los minutos en lo que realmente deseamos; de repente los problemas dejan de ser tales y encontramos el valor para hacer todo aquello que antes no fuimos capaces de afrontar: olvidarnos del orgullo y pedir perdón, mostrarnos vulnerables y sinceros, ordenar nuestros sentimientos…, todo provocado por un imperativo temporal. Por esa incapacidad de actuación (solo desmontable a través de un ultimátum externo) acaba una preguntándose si Von Trier tendrá razón y nos merecemos un final sin esperanza. Pero eso, queridos, lo hablamos a principios de 2013.

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