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Repaso al 2011: Influjos de un género en constante evolución

En 2011 presentaron sus nuevos trabajos gente como Malick, Almodóvar, Allen, von Trier, Spielberg, los Dardenne, Polanski, Cronenberg… Y dieron de qué hablar. Pero reconozco haber vivido todo esto un poco al margen, alejado de los foros de debate o de las encendidas polémicas que varios de ellos levantaron. Sin embargo, la corriente documental (todavía minoritaria, pero ya férreamente consolidada entre la cinefilia de a pie), me ha ido arrastrando sibilinamente hacia su seno sin que me percatara. Es ahora, cuando me fuerzo a mirar atrás y hacer recuento de cómo me ha nutrido cinematográficamente este año, cuando comprendo que es precisamente el género documental, con todos sus matices e hibridaciones narrativo-formales, el que más estímulos y desafíos me ha deparado, siempre generalizando. Y no es que el cine de ficción haya estado exento de riesgos (ahí está la franqueza autoral de Malick, manifestándose nuevamente con una libertad inasumible para muchos cineastas), sino que es en la no ficción (o derivados) donde más nítidamente he podido asistir a las muchas posibilidades que este medio nos ofrece.

En tiempos convulsos y difíciles como los que vivimos, necesaria y reveladora es la esgrima ideológica que Adam Curtis practica con soltura en All Watched Over by Machines of Loving Grace (2011), o cómo dejar constancia del fracaso de la tecnología, el cual es, lógicamente, el fracaso del propio ser humano. También pertinente resulta esa rabiosa disección de la crisis titulada Inside Job (Charles Ferguson, 2010), modelo de bustos parlantes que supera su ortodoxia medular simplemente desbrozando con claridad y precisión una realidad espeluznante. Una realidad que, recientemente, también ha espoleado la imaginación y el aliento revolucionario del siempre inquieto Chris Marker en la aquí inédita Semillas de diciembre (December Seeds, 2010). Todas ellas, de un modo u otro, reafirman la validez del género para explicar e ilustrar un sentimiento, un clima, un problema. Para constituirse en testimonios del presente, dispuestos a ayudarnos a definir un futuro.

También, liberadas de equipajes ideológicos o de unos objetivos que no sean los meramente poéticos, las cámaras de Frederick Wiseman y Wim Wenders han trabajado al servicio puro de la belleza en sus dos últimos documentales, La danza (La danse: Le ballet de l’Opéra de Paris, 2009) y Pina (2011). La idea era exaltarla a través de un arte ajeno al cine (en ambos casos, la danza) que encuentra comunión profunda y espiritual con el mismo, mediante la sentida observación de ambos cineastas, enamorados de los cuerpos en movimiento. Ejemplar, y radical en su voluntad de no enturbiar lo filmado mediante la palabra, es particularmente la cinta de Wiseman, que registra, obsesiva y calladamente, los interiores de la Ópera de París para capturar ese sentimiento de comunión, entrega e introspección que los bailarines que allí estudian y trabajan experimentan, revelando el latido misterioso de una actividad artística que, en manos del autor de Titicut Follies (1967), reajusta la facultad poética de un género entrenado en el arte del saber mirar. Wenders, por el contrario, trasciende el mero papel de observador para interactuar con las figuras filmadas, explorando de paso las posibilidades del 3D, como hiciera también este año Werner Herzog en Cave of forgotten dreams (2010). Otra forma, aún más tangible, de atrapar (y tocar) la belleza con la punta de los dedos.

Y hablando de belleza, pocos planos más hermosos y emocionantes que aquel que cierra Cómo morir en Oregón (How To Die in Oregon, 2011), estremecedora reflexión sobre la vida y la muerte firmada por Peter Richardson. Más centrado en el aspecto humano que en el político, —pese a que el conflicto planteado (la muerte asistida en casos de enfermedad terminal) invitaba más a lo segundo—, el documental penetra en el espectador a través de su íntimo acercamiento a la muerte, sin retóricas baratas ni concesiones, aunque con respeto. El batacazo emocional es ineludible. El género documental, en fin, sigue sabiéndonos dejar muy cerca de aquello que más nos asusta, enfrentándonos a nuestros miedos más profundos sin salir del recinto de la realidad.

Pero en un año en el que el cine documental sigue transitando caminos ya conocidos, como los de la crítica, el análisis, la contemplación poética o el estudio biográfico (ahí tenemos a Scorsese, despachando con cierta complacencia la figura de George Harrison en su mastodóntico George Harrison: Living in the material world), lo que más me sigue intrigando del mismo es su facilidad para mutar y crear trampantojos cinematográficos donde lo real y lo ficticio bailan confusa y armoniosamente. Sucedió en esa inteligente y dolorosa broma parida por Casey Affleck y Joaquin Phoenix, I’m still here (2010), donde la mentira conducía a una suerte de verdad emocional incómoda, con algo de catártica inmolación pública, y también en la italiana Le quattro volte (Michelangelo Frammartino, 2010), esforzado ejercicio formalista que reflexionaba sobre los ciclos de la vida y la circulación de la materia acudiendo a los modos del cine documental…, desde la más genuina ficción. Aunque la pieza más sugestiva, por extraña, quizás sea Poussières d’Amérique (2011), a medio camino entre el diario sentimental, el documento antropológico y el ensayo poético, donde Arnaud des Pallières combinaba diferentes imágenes de archivo para crear una cadena narrativa disfuncional e imprevisible, similar en su cadencia al flujo de conciencia de un enfermo debatiéndose entre la vida y la muerte, entre el sueño y la lucidez.

Son formas, emociones e ideas que el género digiere y plasma con variado arsenal creativo, ampliando los márgenes de su inventiva y enriqueciendo la experiencia del espectador. No ha habido ningún título definitivo, pero sí la sensación de que todos los que estaban se complementaban de un modo u otro, además de reverdecer lo que en la ficción podía tender a marchitarse. Suficiente para darme cuenta de que, cuando el cine convencional se queda corto o se apodera de él la pereza, este otro campo aún puede funcionar como poliédrica tabla de salvación, conectándote con los problemas de tu tiempo, abriéndote nuevas ventanas a la percepción cinematográfica o, simplemente, descolocándote a base de ingenio e imaginación.

Por lo demás, y saliendo de este cine “de lo real” que ha centrado el texto, no me quedaría a gusto sin mostrar mi entusiasmo ante la evolución de cineastas como Almodóvar, Miike y von Trier (tres autores abonados al riesgo, cada uno a su manera) o sin aplaudir la recuperación de la Thérèse (1986) de Alain Cavalier, para quien esto escribe, la verdadera mejor película del año.

 

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