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Repaso al 2011: Noches blancas zombis

Se le agotaron las calles a 2011, y nuevas brumas llegaron. Día y noche chocaron como los amantes de Drive (Nicolas Winding Refn, 2011) y desde entonces busco entre memorias del subsuelo los últimos hálitos de vida de Nastenka. Fértil y gris, ataviado con disfraces, ha sido año de los que te alejan del ruido para hablarte en privado, incitando a pasear reflexionando, a desentramar reformulaciones y revisitar esquinas pobladas de maternidades y funerarias. Quizás el fin del mundo se adelantó de tanto encomendarnos a Mother Medusa (y a Tarr, Ferrara y Von Trier), dejando la faz de la Tierra llena de almas muertas. Un 2011 mutante, de tránsito hacia la perfección de los pares, de cadáveres y crisálidas, de recuerdos marchitos y cuerpos huecos. Aniquilación constructiva. ¡Qué alegría más alta: vivir en los pronombres! Ya avisó Guerin al citar el Werther y a Balestrieri en Recuerdos de una mañana (2011): el héroe romántico de Goethe pidió pistolas a su enemigo para matar con ellas a su amada.

La verdad nietzscheana cojea de la pierna del pasado mientras Hong Sang-soo construye futuro desde las variaciones en The day he arrives (2011), y en ese deambular errático se hacen patentes transcinematográficas tensiones cromáticas que buscan con anhelo su melodía, habitando los espacios intermedios a la manera de Camille en Un amour de jeunesse (Mia Hansen-Løve, 2011). Bukowski mató a Whitman, enterramos a Curro el palmo, la montaña mágica cerró sus puertas con las campanadas y es hora de abandonar las pieles habitadas para afrontar el postapocalipsis, asumir el punto de inflexión proclamado desde Indiewire y dejar de pasear nostalgias en noches blancas, asesinando, de pasada, a The artist (Michel Hazanavicius, 2011). 2011 de letargo, de espejos y de un cine tan cómplice con el espectador que ha zombificado a protagonistas y anestesiado el melodrama, levantando un imperio de pulsiones primarias que validan el discurso de Snyder en Amanecer de los muertos (2004): tu amante marido será un zombi que, si no puede devorarte, devorará a cualquier otro.

En Shame (Steve McQueen, 2011) las miradas fueron moneda y no mensaje, mientras Soderbergh convertía en muerte uno de los últimos reductos de humanidad: el contacto, ese que tan poéticamente captó Refn cuando Atardecer e Invierno entrecruzaron sus manos para asir el destino unidos. El llanto de la belleza, sabiéndose efímera, custodiado en el abrazo de amantes que se apagan, el otoño emocional de Restless (Gus Van Sant, 2011) y las entrañas de Bellflower (Evan Glodell, 2011) esperando el fin de los días, mientras acabo por comprender a ese Louis Garrel que veía a Monica Bellucci irse para no volver. Grises de un pasado irresoluble que nos hace atemporales, víctimas del mínimo común denominador y Nostalgia de la luz (Patricio Guzmán, 2010) reivindicando a los vivos a través de los muertos. Hijos de Camus y Schönberg, hieráticos emocionales reducidos a la obsesión en una contemporaneidad donde el todo vale muta en todo se puede, donde el hambre de respuestas ha convertido el eco en puñales. Querer es una forma de destruir, y quererlo todo lo más cercano al Apocalipsis: Robert reformuló su odio en la secuela de su esposa muerta mientras Liam, por revivir el pasado, se vio obligado a yuxtaponerlo en su presente. Los zombis no tienen historia ni porvenir, solo un contingente deambular.

Transitamos aturdidos este 2011 marcado por tsunami y crisis, lamentando plantar semilla tropical en campo yermo de invierno. Usamos el cine para habitar pieles de esperanza y lo revisitamos fuera de los márgenes de las pantallas, asumiendo discursos que esa realidad que nos mata anula, solapando una ficción que nos conoce a un contexto que no entendemos. Si Life without principle (Johnnie To, 2011) fue el título que mejor hablaba de la crisis económica, Play (Ruben Östlund, 2011) fue el que mejor retrataba la sociedad de la comodidad y el estrabismo. Vivimos el optimismo y el pesimismo de Sono a través de personajes asfixiados en roles que no comprenden porque perdieron su significado, y creímos que aún había salvación, pero Von Trier y Tarr nos la negaron. Y entonces lo entendimos todo: Photographic memory (Ross McElwee, 2011) y El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011).

Un “está bien que duela” y el fuego que consume recuerdos cierran Bellflower, mientras al conductor de Drive le acompaña una agonizante luz en su huida. Ojos que no brillan y cuerpos que no sienten pero, como los protagonistas de Camino a la libertad (Peter Weir, 2011), avanzamos hacia un tiempo que, precisamente por indefinido, permite creer en promesas. Año zombi, año de no muertos, año de litio, de intersticios, de tiempo y viruela, y caminos creados desde el desengaño. Y vuelvo a recorrer en coche las calles vacías… pero sin ti… 2011. ¡Mañana, mañana todo habrá terminado!

 

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