El artículo fue publicado el 20 de Enero de 2012. Guardado en Actualidad. Etiquetas: Artículo, David Tejero, Top 2011.
Cualquier tiempo pasado fue mejor
Si te chifla esto del cine, es inexcusable —porque apetece (bueno, a algunos, a otros, los anti top ten, no tanto) o por rutina (seguramente la razón más numerosa)— hacer cuentas, agrupar gustos o preferencias y empezar a pronunciarse por los títulos más significativos de cada año. Lógicamente las listas están ahí, son un termómetro práctico para ordenar las filias de cada uno, pero no miden las emociones; no, no hablan de los sentimientos, de lo que podemos llegar a sentir viendo una película, lo que un plano, una escena o una imagen puede definirnos. El cinéfilo se alimenta masticando cine como el vampiro al chupar la sangre (no sé quién sería capaz de succionar con más ansia, si el mismísimo Nosferatu o un desquiciado adicto al celuloide), pero las películas son más que un hobby o una forma de entretenimiento, son, en su esencia, el registro (ese lugar que ocupamos junto a ellas) de nuestros recuerdos.
En 2011 son muchos los directores que han preferido mirar hacia atrás en el tiempo y rememorar épocas que no son las suyas, haciendo honor al topicazo (yo creo que es, y según en qué momento, una gran verdad) de que cualquier tiempo pasado fue mejor; por eso la nostalgia parece haberse apoderado de algunas de las mejores películas de este año. Hemos visto y oído bellos cantos de amor a los orígenes del cine (el fenómeno The Artist (íd., Michel Hazanivicius, 2011), reformulaciones de
géneros (mucho más que un mero ejercicio revisionista es Drive (íd., Nicolas Winding Refn, 2011)), o el retorno de la aventura (engañosamente disfrazada de modernidad tecnológica en Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio (The Adventures of Tintin: Secret of the Unicorn, Steven Spielberg, 2011). Pero, sobre todo, y cuánta ilusión y pasión hay en ello, nos hemos dado el capricho de poder volver sobre nuestros pasos, de ser otra vez niños pequeños y felices por poder jugar con los juguetes perdidos de nuestra infancia (ese barco pirata de los Playmobil que nunca tuve), de retozar entre algodones de azúcar, revivir recuerdos imborrables, regresar al futuro metidos en un DeLorean y, sin prisas, aparcar el presente para dejar que ese niño, el tuyo, el mío, puedan soñar (con la misma intensidad del primer beso) otra vez despiertos.
Cuando no éramos más que niños
Decía Jean-Jacques Rousseau que “la infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir; nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras”. Esa frase es, como podría serlo cualquier otro tipo de evocación, la prosa adecuada para que hacedores de sueños como Spielberg o J.J.Abrams puedan anexionar sus discursos a las vivencias personales de cada uno de nosotros, sin tener que ser sus ojos o sin vernos reflejados en los cristales de sus gafas. A lo largo de una vida podemos llegar a recurrir cientos de miles de veces a instantes concretos de nuestra niñez (y, cuanto más viejos nos hacemos, más solemos pensar en ellos), porque queremos recordar esos años de manera atemporal, inmunes a las tóxicas experiencias que ya de adultos nos han restado la feliz inocencia de vivir siempre con la boca abierta, curioseando y escarbando todo lo que se nos ponía por delante. Y es que entonces, cuando no éramos más que niños, disfrutábamos solamente del valor de las cosas pequeñas.
En esto, en la entrañable melancolía de los recuerdos, Abrams nos indica con Super 8 (íd., 2011) (regalo a mis niños de treinta años) el camino más rápido hacia esas cosas pequeñas que siempre, independientemente de su valor, nos han importado. Antes lo teníamos todo sin casi nada, y ahora obviamos los factores humanos que nos hacen ser lo que somos. La infancia vive en una eterna sorpresa, y el propio cine también, sorprendiéndonos con su humana interconexión entre las experiencias emocionales de los espectadores. Abrams muestra pleitesía en Super 8 y rinde honores a la espiritualidad paterna del cine de Spielberg o a la memorabilia de esos souvenirs (yo me los compraría todos) que venden en la factoría Amblin, un guiño al escuadrón de personitas que crecimos con E.T. (E.T.: The extra-terrestrial, Steven Spielberg, 1982), y Los Goonies (The Goonies, Richard Donner, 1985), pues es, a fin de cuentas, el billete de vuelta a casa. Super 8 es, por encima de lo demás, una experiencia riquísima en sensaciones, y es el corazón el que me impide verla como a una más entre tantas otras. Así pues, no quiero medirla desde el injusto y frío punto de vista de un crítico (seguramente le encontraría peros) porque me niego a privar de frescura y libertad a una obra de cinefilia tan entrañable como esta. Buscarle las cosquillas al film de Abrams es como pedirle lógica a un niño por creer en los Reyes Magos y en el ratoncito Pérez, o ahuyentar antes de tiempo esos miedos naturales que todos hemos sentido al escuchar ruidos en el armario o temer por esos monstruos que han dormido debajo de nuestras camas. Sin esa imaginación disparatada, sin magos ni magia, Super 8 no sería tan hermosa de contemplar. Por ello, me da lo mismo entrar en desviaciones o teorías sobre si Abrams es un autor o no, si con su cine solo reformula los modelos y estilos de cineastas que lo hicieron mucho mejor que él, o si quizás a estas alturas se le debería pedir un paso más en su filmografía que la de ser el relevo consecuente de los Spielberg, Zemeckis o Lucas de los ochenta. Si hago oídos sordos a esas tonterías y me quedo con lo que siento, Abrams es, hasta hoy, un genio del escapismo, un gurú para los entretenimientos de masas, alguien que sabe perfectamente por dónde se mueve y anda.

Puede que pocos se acuerden, pero Abrams escribió el guion (algo empalagoso, la verdad, pero al que le guardo un cariño especial) del drama romántico Eternamente Joven (Forever Young, Steve Miner, 1992), donde Mel Gibson se ofrecía voluntario para un experimento secreto en el que su cuerpo quedaría encerrado dentro de una capsula durante más de cincuenta años; al despertarse, cinco décadas después, Gibson volvería a empezar en un mundo que nada se parecería al suyo. Abrams invierte esa posibilidad y cierra los ojos en el ahora para volverlos a abrir en 1979, y retroceder así treinta y tantos años atrás en el tiempo. A él sí que le resulta familiar todo lo que ve, pues el creador de Perdidos (Lost, 2004) se teletransporta no con máquinas del tiempo ni a través de agujeros negros sino mediante el pasillo del cine (dulce nido de sábanas blancas), que es capaz de devolverle ese trozo del pasado que tanto añora(mos). Montemos en bicicleta, pedaleemos con fuerza hasta volar y dibujemos sombras chinescas en una luna de porcelana; tomemos el mejor palo como espada y saquemos al bicho del sótano; canturreemos los grandes éxitos de John Williams o, si queremos, los de Michael Giacchino (¡qué musicaza la compuesta para Super 8), y ayudemos a J.J.Abrams a saltar en el tiempo con nuestros (sus) recuerdos del ayer.
© 2011 Cineuá - Tu revista de cine | Todos los derechos reservados
Diseño d'AltArt