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Ti West: Las formas del miedo

Prólogo

A veces, un simple plano define a la perfección el carácter de una película. En Cabin Fever 2: Spring Fever (Ti West, 2009), la escena precréditos termina con la imagen congelada de un joven moribundo atropellado brutalmente por un autobús. El efecto cómico, que el departamento de sonido se encarga de resaltar, es evidente. También lo es que el tal Ti West (de quien, por aquel entonces, no había oído hablar) había sabido captar a la perfección el tono general de una ¿saga? que el bueno de Eli Roth había comenzado bajo el signo del humor marciano y el gore cómico heredado de Sam Raimi y Peter Jackson. La cinta, irregular pero con estilo y con una rara elegancia dentro de su brutalidad, no permitía despejar las dudas sobre si estábamos ante un artesano capacitado para la mímesis autoral o ante un verdadero creador cinematográfico con su sello propio e intransferible. Pero sí ofrecía suficientes pistas de su talento como para incitarme a bucear en el resto de su escueta filmografía. Dicha curiosidad me llevaría a La casa del diablo (The House of the Devil, 2009) que, digámoslo ya, es (al menos hasta la fecha) la obra cumbre de su realizador. Pero, si me permitís, prefiero retornar a sus inicios, concretamente a dos títulos (The Roost, 2005; y Trigger Man, 2005) que, pese a su relativo interés, nos ayudarán a entender el proceso de maduración cinematográfica que ha convertido a West en una de las voces más interesantes del cine de terror contemporáneo.

 

Capítulo uno: los titubeos del debutante

No tiene por qué ser la cualidad más definitoria de su carácter, pero sí una de las más significativas, al menos a ojos de quien esto escribe: West demuestra una fidelidad inquebrantable al género en toda su maravillosa extensión, lo que significa un apetito omnívoro presto a saciarse a través de las numerosas variantes que el terror cinematográfico ha ido desarrollando a lo largo de su historia.  Por sus manos ya ha pasado el terror animal, el cine de zombis, la comedia gore, el survival horror, el cine satánico y las películas de casas encantadas. Su carrera, por tanto, ha ido saltando de unas temáticas a otras, y ha forjado su personalidad mediante la transición de registros y tonos. Ha creado, de algún modo, una especie de voz propia a través de una suma terrorífica que le ha permitido progresar, corregir y avanzar en la consecución de un estilo único, cada vez más definido.

La otra cualidad, compartible por otros muchos cineastas pero no especialmente frecuente, es la asunción de diversas tareas de responsabilidad, algo que distingue normalmente al autor del artesano. Ti West, ya en su ópera prima (la mencionada The Roost), se encargó de la escritura, montaje y dirección de la película, algo no del todo extraño en este tipo de producciones primerizas, facturadas con pocos medios en un marco de evidente independencia creativa. Esto también implica una cierta fidelización gremial, en la que nombres como el del productor Larry Fessenden o el del actor Tom Noonan se repetirán en obras posteriores del realizador. En cualquier caso, lo llamativo de estas primeras películas es la pretensión de West de cuajar una especie de cine de terror de autor alejado de la rutinaria ejecución con que muchos directores (noveles o no) despachan sus productos, impersonales, clónicos y complacientes en una gran mayoría de los casos.

The Roost queda muy lejos de ser una buena película, pero su voluntad de ofrecer algo relativamente original o diferente (aunque solo sea en su estética) la dignifica de algún modo. Básicamente, nos descubre a un director con una fuerte tendencia al formalismo, preocupado por plasmar con estilo un material dramático más bien trillado. En este sentido, resulta formidable su primera media hora, por su capacidad para introducirnos en un momento y un lugar (esa carretera secundaria lindante con el siniestro granero donde transcurrirá la acción) conservando un gran sentido del misterio. Hay magnetismo en su fotografía y en su uso de la luz, así como inteligencia en la forma en que resuelve visualmente secuencias complicadas de plasmar en pantalla debido al escaso presupuesto (el accidente automovilístico, por ejemplo, rodado casi en clave bressoniana). Su capacidad de observación, así como su inteligencia a la hora de disponer la cámara, constituye su principal virtud, lastrada lamentablemente por un guion que niega, a base de estulticia, la posibilidad de la empatía: difícilmente podremos identificarnos (y, por tanto, interesarnos) por unos personajes que actúan de un modo tan estúpido. La película, en fin, tiene un interés fundamentalmente estético, concretado en la habilidad de la planificación, pero no aguanta el absurdo desarrollo dramático que el West guionista (todavía verdísimo) ofrece al espectador.

En su siguiente película, Trigger Man, ocurre algo curioso: el West director, que en The Roost abogó por un aparente clasicismo levantado sobre una atmósfera opresiva y enrarecida, cede paso a un autor más visceral y espontáneo que deja atrás la oscuridad y la solidez estética de su debut para abrazar algo más luminoso y formalmente menos constreñido. Probablemente por inspirarse en un hecho real, la película nace con la etiqueta del hiperrealismo pegada en la frente. El enfoque naturalista queda perfectamente definido en esa cámara al hombro inquieta e intuitiva que acecha y acosa a los personajes, convirtiéndolos en posibles víctimas de un psicópata invisible. Porque el miedo, en el filme, procede de lo desconocido, y el punto de vista siempre permanecerá del lado de los protagonistas. En esta pequeña historia, prácticamente anecdótica, lo que interesa es la omnipresencia de la amenaza y la forma en que la violencia nos hace cambiar. Sin subtramas innecesarias, sin dar ningún tipo de explicaciones, West se alinea con los directores que también filmaron la destrucción física y mental del individuo en un contexto de salvajismo irracional, aunque más con el Walter Hill de La presa (Southern Comfort, 1981) que con el Boorman de Defensa (Deliverance, 1972); al tiempo que la dicotomía campo-ciudad vuelve a ser explotada para hablar de la barbarie latente incluso en el ser humano más civilizado.

Lo que no termina de funcionar es el compromiso estético de West, sustentado en un sentido de la observación que pide a gritos mayor tensión visual y capacidad de fascinación. Cuando se reduce el cuerpo argumental a su mínima expresión, lo fundamental es que todo lo demás (estética pulida y potente, narrativa atrapadora) funcione a pleno pulmón y con armonía. Trigger Man tiene elogiables golpes de genio e ideas de puesta en escena arriesgadas (la inspección de la fábrica abandonada, rodada en un único plano secuencia) que inyectan emoción a un conjunto a menudo flácido y disperso, pero no consigue captar nuestra atención durante gran parte de su metraje. Sin ser una película desdeñable, muestra a un West superado por las circunstancias e incapaz de salvar el propio reto que se había impuesto: rodar un survival horror puro y directo, casi abstracto en su sencillez, que transmita la intensidad de la experiencia que los personajes sufren en pantalla. Por desgracia, no contaba con que su trazo nervioso y la utilización del silencio (la película apenas contiene diálogos) fuesen herramientas insuficientes para vencer la amenaza del tedio.

Capítulo 2: el renacer de un cine que ya se fue

Inmediatamente antes de aceptar el encargo de la secuela de Cabin Fever, West dirigió la ya mencionada La casa del diablo, que es, entre otras cosas, su película más personal. Lo cual, por otra parte, resulta paradójico, pues es también la que más poderosamente remite a otras cintas clásicas del género enclavadas en los últimos años setenta y primeros ochenta. Esta estrategia conceptual, consistente en adoptar el lenguaje narrativo del cine de terror de aquellos años, lejos de quedarse en un simple guiño cinéfilo, confirma a West como un autor de talento capaz de aunar memoria cinéfila e inventiva cinematográfica. Y lo hace sin necesidad de justificar la actitud retro amparándose en la ironía. La cita a una forma ya casi olvidada de rodar no deviene homenaje estético sin alma, sino interiorización profunda de una determinada manera de entender el cine. Un servidor, que reconoce añorar de vez en cuando el temple y la compostura del cine de género de aquellos años, volvió a experimentar un placer como el de antes simplemente detectando ese tempo narrativo, esa pausa y esa firmeza, que poseían películas como La centinela (The Sentinel, 1977), del infravalorado Michael Winner, o Cuando llama un extraño (When a Stranger calls, Fred Walton, 1979) sin olvidar las cintas diabólicas de Polanski y Donner, o la realista austeridad de El ente (The Entity, Sidney J. Furie, 1982). Todas ellos son títulos cuajados a fuego lento, de estética prístina y depurada, pero recorridos por tensiones invisibles que obligaban a mantener una cierta actitud de alerta. Asimismo, en La casa del diablo, los títulos de crédito o la textura visual de la película (rodada en 16mm), contribuyen a potenciar la sensación de estar asistiendo a un regreso al pasado… desde el futuro. La fórmula, si es que podemos hablar de fórmula, funciona porque no hay nada acartonado o paródico en la operación, sino que todo se siente nuevo y original pese al deliberado juego de influencias del que, además, es cómplice el mismo contexto argumental de la cinta (primeros años ochenta).

En este retorno al pasado, se advierte la inteligencia de quien ha mamado no solo con fruición sino también con cabeza, del cine pretérito al cual pretende homenajear, pues ello le permite construir un artefacto nostálgico pero autónomo, algo parecido a lo que hizo Tarantino respecto al cine Z en Death Proof (2007). La pátina visual de la película, que es magnética (casi lynchiana en su enrarecida visión de la realidad), envuelve una narración minimalista y precisa que funciona como un reloj al abstraerse de aquellos elementos accesorios que no aportan nada y al centrarse en lo fundamental: esa casa en la que la protagonista debe permanecer hasta que caiga la medianoche. West, tras conducir el relato con mano firme y creciente interés hasta este recinto presumiblemente habitado por satanistas, dedicará el metraje siguiente a construir un clima de mórbida curiosidad valiéndose de un virtuoso uso del espacio fílmico. Y es ahí cuando la película se vuelve absorbente sin necesidad de que ocurra demasiado en pantalla. Esta vez, la economía narrativa y la claridad expositiva, objetivos en mente en la concepción de sus primeras películas, se aplican con rigor y efectividad a una historia sencilla pero poderosamente narrada, sin florituras ni digresiones injustificadas que distraigan nuestra atención. Solo en su clímax final, una vez desatado el horror, West decide ceder levemente al efectismo al emplear insertos del rostro del diablo para describir los efectos del Mal sobre nuestra heroína (una muy competente Jocelyn Donahue, por cierto). Pese a este disculpable desliz, La casa del diablo se erige como uno de los títulos de terror más brillantes y sugestivos de los últimos años, capaz de recordarnos no solo que antes se hacía un cine de terror adulto y fascinante, sino que aún hoy es posible recuperarlo sin dejarse la personalidad por el camino.

Capítulo 3: risas y escalofríos
Con La casa del diablo, éxito festivalero que significó el espaldarazo de West tras la pobre acogida crítica y comercial de sus primeras películas, un nuevo abanico de posibilidades pareció abrirse ante él. Esto también tuvo su lado negativo: habiéndose ganado la admiración de un grupo generoso de aficionados, ahora West debía luchar contra el peso de las expectativas generadas. La respuesta, exhibida en Sitges este año, fue The Innkeepers (2011), una deliciosa y terrorífica película de fantasmas recibida de forma desigual por el público. Nuevamente, vuelve a realizar una película de aroma clásico que nos retrotrae concretamente a ese cine de terror de tono cómico y liviano que, no obstante, no estaba nada dispuesto a dejar de lado la intención de dar miedo (un modelo que, últimamente, ha tenido continuidad en películas como Dead End (Jean–Baptiste Andrea, Fabrice Canepa, 2003) o Arrástrame al infierno (Drag me to hell, Sam Raimi, 2009)). Efectivamente, podemos afirmarlo sin problemas: The Innkeepers, especialmente en sus momentos más logrados (el sensacional clímax final en el sótano), es simplemente escalofriante, pues afronta las escenas de puro miedo con una frontalidad y serenidad que ya no se estila nada, y que (me repito, pero es que lo siento así) remite a aquellas apariciones espectrales tan apabullantemente físicas de La centinela, pequeño clásico a reivindicar.

Sostenida por una excelente y divertida Sara Paxton, la película explora el recurrente tema de las casas encantadas, y lo hace sin miedo a caer en tópicos y lugares comunes. En cierto modo, a West no le preocupa tanto el contar algo original como el hecho de contarlo bien. Y lo hace, adoptando una estructura en capítulos propia de un cuento (negro) o de uno de esos libritos de terror felizmente macabros que harían las delicias del oscuro Edward Gorey. Esta extraña combinación de factores (apariencia cándida, contenido prototípico, resolución contundente y sin concesiones) son los que hacen tan disfrutable y recomendable a la película, un gozoso divertimento de género con una Kelly McGillis reciclada en simpar médium que, aparte de ofrecer entretenimiento de primer orden, confirma la madurez autoral de su director, que (por si alguien aún lo dudaba) sigue rodando con un aplomo y una imaginación francamente estimulantes. El resultado es cine de siempre pero extrañamente nuevo, o que parece nuevo en comparación con ese cine de terror actual aquejado de excesos de posproducción, intenciones moralizantes, convencionalismos narrativos u otras taras similares fáciles de detectar en muchos de los títulos de los últimos años. En The Innkeepers, hasta los sustos se sienten legítimos, superada definitivamente la tendencia a esa forma de generación del miedo que trabaja casi por inercia, toda ella banalidad y reiteración de una fórmula agotada y agotadora.

 

Epílogo

“Y ahora, ¿qué?” Es una pregunta que vuelve a quedarse en el aire. Si bien no ha habido consenso respecto a la valía de West con el estreno de su último film, las sensaciones que a mí me quedan son innegablemente positivas: no solo ha pulido errores de bulto del pasado (ha mejorado en escritura cinematográfica, ha logrado desterrar el aburrimiento de sus ficciones, se ha hecho un director más sólido e imaginativo), sino que ha encontrado un filón en la nostalgia cinéfila para forjar esa personalidad suya que luchaba por salir (con éxito relativo) en películas como The Roost, Trigger Man o Cabin Fever 2. Teniendo al pasado de aliado, y siendo un tipo tan proclive a la diversificación (sub)genérica, no queda otra que esperar con expectación sus próximos movimientos. Mientras tanto, congratulémonos de poder disfrutar de un señor que todavía hace películas de terror dejándose el alma en el intento, sin abandonarse a las facilidades de ese cine de género impersonal y alimenticio -como hecho en cadena- al que ciertos directores se entregan perezosamente.

 

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