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J. Edgar: El rostro desfigurado del poder

Información

Título original: J. Edgar
Director: Clint Eastwood
Año: 2011
Reparto: Leonardo DiCaprio, Naomi Watts, Josh Lucas, Judi Dench, Armie Hammer, Ed Westwick, Dermot Mulroney, Lea Thompson, Jeffrey Donovan, Michael Gladis, Stephen Root

Detalles

El artículo fue publicado el 4 de Febrero de 2012. Guardado en Actualidad. Etiquetas: , , .

Gracias Papá, gracias Eastwood

Una vida entera no basta para agradecer a Eastwood todo lo que ha hecho por el cine. Por eso, y para ir recompensando lo que a lo mejor nunca será suficiente, llevo la mayor parte de la mía adorándolo, creyendo en él de una forma incondicional e intentando que su figura, su leyenda, sea algo más que una representación (pasada) de los mitos que nos avasallaron de jóvenes, del hombre como ejemplo absoluto de inspiración. He tenido la suerte, gracias a que mi familia tenia varios cines a su cargo, de poder ver en pantalla grande muchas películas que seguramente por edad no me correspondían. Los de mi generación no creo que tuvieran la posibilidad —ni lo mismo la intención— de acudir al cine con 8 o 10 años para ver la ultima película de Clint Eastwood, posiblemente sus padres no pensarían en coger a sus hijos de la mano para que se sentaran en una sala oscura a escuchar la trompeta de Charlie Parker, o a oír escupir serpientes por la boca al macho de Clint en esas pelis de acción recomendadas para adultos…, pero mi padre era bastante permisivo y nunca, nunca, me puso limitaciones, así que era fácil poder tomar contacto prematuro con esas leyendas que, luego, ya por cuenta propia, se fueron intensificando.

Por eso sé que no es habitual poder decir que en la infancia se fue espectador directo, y solitario (no más compañía que la de la bolsa de palomitas y la chocolatina), de todos los títulos que Eastwood fue estrenando desde finales de los ochenta hasta principios de los noventa. En esa franja entran su primer biopic, Bird (íd, 1988); algunas de sus cintas menos valoradas, El principiante (The Rookie, 1990), o El Cadillac rosa (The pink Cadillac, Buddy Van Horn, 1991); y tres de sus obras más populistas: El Sargento de Hierro (The heartbreak ridge, 1986) –si, lo sé, decían muchos tacos pero no por ello dejé de meter la cabeza en la sala–, Cazador blanco, corazón negro (Hunter White, Heart Black, 1990) –reconozco que esta en su momento, y creo que hasta cierto punto lo mas normal del mundo contando con apenas 11 años, me pareció regular y aburrida– , y (¡qué manera de flipar!) Sin perdón (Unforgiven, 1992). Todas (en orden cronológico) vistas en pantalla gigante, y con ello no me refiero a esas mini salas de multiplex a las que muy poquito después nos tuvimos que acostumbrar, sino a la de un teatro inmenso con aforo para 1100 personas, olor a ambientador de cine antiguo, palcos a los lados y con su simpático gallinero pegado a la cabina de proyección. Sí, estaba allí (encajado en la butaca), su consagración y respeto crítico ocurrió conmigo dentro del cine, fui más testigo que muchos de los que luego, cuando rompió las apariencias y estalló su arte, vieron al autor y no al vaquero; yo, sin embargo, lo vi con mis propios ojos, nadie tuvo que venir a contármelo. El dios Eastwood sale de la pantalla y pasea conmigo por el patio de butacas (igual que Tom Baxter (Jeff Daniels) traspasando la pantalla para ver a Cecilia (Mia Farrow) en La rosa púrpura del Cairo), con esas películas (en vez de empezar por el principio) y no con sus westerns o sus sucios Harrys, como hubiera sido lo mas lógico. Cada uno empieza por donde puede o por donde le dejan, mi padre me dejó ver cuantas películas se me antojaran, ¿caprichoso?, ¿mal criado?. ¡Qué va! Un puñetero afortunado.

En Eastwood está la verdad

Todavía cada nuevo filme de Eastwood me sigue pareciendo un acontecimiento. Intento verlas cuanto antes, mejor en su día de estreno y a poder ser en uno de sus primeros pases. J.Edgar (íd., Clint Eastwood, 2011) no ha sido la excepción, y el viernes a las cuatro de la tarde acudo a la cita con el maestro (suelo tener una por año): saco mi entrada, ocupo mi asiento y, rodeado de una docena de personas, espero impaciente. Se apagan las luces y sigo nervioso aguantando un par de trailers (infumables), hasta que por fin aparece el logo de la Warner (incoloro y pálido como le gusta últimamente al director), acompañado por esas tres o cuatro notas musicales que desde que compusiera su bello tema de Claudia se repiten en una y otra película a modo de leit motiv o sonido personal. Cuando las escucho, me relajo (sé que Eastwood ya está aquí), arrastro los problemas hacia un lado, acorto los focos que distraigan mi concentración y por fin atiendo, solamente atiendo.

Atender para darnos cuenta de que, en las historias de Eastwood, las apariencias pueden confundirnos si nos ceñimos a lo superficial de sus falsas apariencias. Tendríamos que estar muy ciegos si en El intercambio (The changelling, 2009), película con la que J. Edgar guarda cierta continuidad sociológica, nos hubiéramos quedado en el simple relato de una madre coraje que lucha contra todos para recuperar a su desaparecido hijo, y no entendiéramos que el propósito de Eastwood era a la postre sacar los colores a las instituciones políticas y, sobre todo, criticar duramente al departamento de policía de Los Ángeles. Ese mismo objetivo sirve ahora con las pieles mudables y estriadas de este arriesgadísimo biopic sobre el controvertido J. Edgar Hoover.

Ciertamente, el riesgo de Eastwood no está en la forma: para dirigir apenas se mueve, los planos se ajustan todo lo posible a la puesta en escena clásica, es demasiado sobrio y se sabe que sus rodajes duran lo justo, sin demoras innecesarias, que casi no ensaya con los actores y que espera que la espontaneidad de las primeras tomas le de la veracidad buscada para profundizar en lo que realmente le interesa. Sí, es un director clásico, incluso, si quieren, estático, a veces formalmente gélido, pero caliente en las disecciones humanas o institucionales; de hecho, y en J. Edgar quizá de una manera más atacante que disuasoria, Eastwood refleja la gran mentira de América y la gran mentira del hombre. El poder de un hombrecillo que sobrevivió a ocho presidentes y a tres guerras durante sus mas de 40 años al frente del F.B.I. es una potente metáfora sobre la ambición de un estado que se apoya en la mentira para ejercer su autoridad, sin importarle los métodos que tengan que utilizarse para alcanzar los objetivos. Hoover, en su cruzada particular contra el crimen, amenaza a los altos cargos de la nación (con ese archivo lleno de secretos inconfesables), porque no puede consentir ser una mera sombra (como los Estados Unidos) de su propia mentira. Una escena reveladora de ese doble fondo moral al que juega inteligentemente la película es aquella en la que Hoover recibe la llamada del asesinato de John Fitzgerald Kennedy mientras escuchaba (con cierto morbo fetichista) las grabaciones de unas cintas donde el propio presidente practicaba  relaciones sexuales con una de sus amiguitas, ¿Marilyn Monroe, quizás?. Sin duda, con esa escena se saca a flote la maldad de un sádico que disfrutaba poniendo contra las cuerdas a cuantos se oponían a sus normas.

Cuanto más falsa la historia, más dramático el final

Afortunadamente Eastwood no intenta humanizar al monstruo puesto que la monstruosidad también es humana, y acierta contando la vida de Hoover desde su propio punto de vista. Esa digresión narrativa da vigor y fuerza al guion escrito por Dustin Lance Black (Oscar por el Milk de Gus Van Sant) y permite odiar, comprendiendo que es su propia personalidad desvirtuada la que lo comprime, al personaje interpretado por un monumental Leonardo DiCaprio. El actor cuadra una intensa interpretación llena de matices y detalles que sobrepasa el grave inconveniente de verse enterrado durante la mayor parte del metraje por un ridículo maquillaje que le resta expresividad facial y hasta credibilidad en instantes que se suponen importantes: la parte final donde se dan los momentos más emotivos entre Hoover y Tolson (el maquillaje de Armie Hammer es aún peor), por ejemplo, es donde las desafortunadas caracterizaciones pesan algo más de la cuenta.

Ahí, en las relaciones con sus allegados, es donde Eastwood cierras las bocas de quienes pensaban que las tendencias sexuales de Hoover serían tratadas con ligereza pasando de puntillas. Sin embargo, el director de Mas allá de la vida (Hereafter, 2011) no solo no pasa de largo sino que prioriza la bella relación entre este y su mano derecha, Clyde Tolson, para apartar banales ambigüedades y ceder espacio al amor frustrado de dos personas enamoradas que viven tristemente distanciadas. Les desunen la represiva negación del propio Hoover y las opresivas faldas de una madre (acertada Judi Dench) conservadora y ultra católica que impide a su hijo la posibilidad de ser feliz. La explícita atracción que sienten ambos choca con lo implícito de sus encuentros (la pelea en el hotel), donde lo sexual o puramente físico nunca llega a mostrarse (el beso que Tolson, lleno de sangre, le da a Edgar es, sin duda, un momento sorprendentemente erótico y descorazonador), aunque Eastwood le da suficiente importancia como para subrayar  la complicidad (esa mano entrelazada en el coche bajo la mirada de la madre) y la electrizante química que existe entre los dos (la promesa de que pase lo que pase entre ellos siempre cenarán juntos). El desencanto de un Eastwood instintivo, que huele la sangre, viene a desfigurarse en los espejos rotos de esta, para nada complaciente, radiografía de su país. Una estudiada aproximación historiográfica del estado cuya sociedad no esta interesada ni dispuesta a aprender del pasado, estando condenada per se, al fracaso.

Red Garnett, el policía de Tejas encarnado por el propio Eastwood en Un mundo perfecto (A perfect world, 1993), decía al final de la película una frase esclarecedora sobre el cambio de los tiempos: “yo no sé nada”. Con ella desmitificaba la esencia de su propia autoridad, pues ocurría después de ver cómo uno de sus subordinados desobedecía sus órdenes y disparaba a Haynes (Kevin Costner) mientras Garnett intentaba pactar un final pacífico con el recluso. Las fronteras del sueño americano habían sido cerradas para siempre. Aquí, en J. Edgar, Eastwood ratifica las teorizaciones que dicen que la línea que separa el lejano oeste del progreso es mucho más fina de lo que parece. La idea queda ejemplarmente simbolizada en el caballo blanco que pasa ante las narices de Hoover unos instantes antes de que este lleve a cabo una de sus primeras detenciones. La civilización que creemos estar formando no es sino un espejismo de los héroes (con pies de barro) y villanos de antaño, pulsos de poder para demostrar quién es el caballero más fuerte.

Hoover sabía que la información era el único poder universal para alcanzar la gloria, pero se olvidó de que la historia acaba por ponernos a todos en nuestro sitio. El legado de un hombre se determina por cómo termina su historia, pero la de Clint Eastwood no solo está determinada por su gran cine, sino que hace ya tiempo que aspira a la inmortalidad de las leyendas.

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