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Mails desde Rotterdam (3): Los putos héroes

 

Querida Mónica:

Tengo apuntada en mi libreta una línea maravillosa de alguna de las películas que vi en los primeros días de IFFR, pero luego he visto tantísimas que no logro situarla. Me atrevo a suponer que es de Traité de bave et d’éternité (Isidore Isou, 1951) o de Los pasos dobles (Isaki Lacuesta, 2011), pero no lo tengo nada claro: “Habría que escribir la historia de un tipo como Colón, que se llamara así, Colón, y que no descubriera América”. Me pregunto por qué podría desear alguien esto, que los logros de un personaje dejen, sencillamente, de serlo. Hay mucho amor por el mundo o mucha rabia en esa frase, un deseo enorme de que los héroes desaparezcan.

Pero vamos a empezar por otra parte: en su Mercado de futuros (2011), Mercedes Álvarez recoge otra hermosa reflexión que dice que cuando los dioses quieren ayudar a los mortales, meten sueños en sus cabezas, y cuando quieren castigarles hacen que sus sueños se cumplan. La última parte de Mercado de futuros la llena un personaje fantástico, un señor de Barcelona que vende todo tipo de cosas en un puesto en la calle. Cuando alguien le pregunta por algo que quiere comprar, nunca lo tiene, o lo tiene en un almacén que le da pereza abrir. No vende nada, pero lo sorprendente es que parece que no quiere vender nada. Si lo vendiera todo, dice, entonces qué iba a vender. Abre su tienda todos los días y se queda ahí, sentado, hablando con la gente mientras a su alrededor el mundo se llena de macroestructuras y gime con eso que algunos llaman la crisis. Es un verdadero héroe: ha escapado del sueño de los dioses.

A todos los demás, los dioses nos han castigado. En este aparente declive que vivimos, mucho más moral que económico u organizativo, estamos pagando el precio de haber soñado demasiado lejos y haber dejado demasiadas cosas en tierra de nadie. Las sociedades que fundamos estaban pensadas para los héroes, solo hace falta ver el cine. Todavía hoy seguimos soñando con el momento en que nosotros, individuos vulgares, alcanzamos el poder. Ser superhéroes, salvar el mundo, o ser reconocidos, admirados, considerados por encima de los demás; el sueño occidental es profundamente egoísta porque busca la elevación del individuo, no del grupo. Cuando decimos que alguien ha triunfado, estamos diciendo que ha marcado otra vez la diferencia entre ricos y pobres, poderosos y débiles. Eso es un superhéroe, ¿no? La sublimación de la fuerza particular por encima de los otros. Y claro, alcanzada esa fuerza, es fácil vivir. Tiene gracia: un tipo con superpoderes es lo más antidemocrático que puede haber.

Arrasados los valores del triunfo, nos hemos vuelto muy incoherentes. El sitio del héroe en la cinefilia contemporánea es extraño. Ahora nos gusta que se enamore y que no logre salvar a la chica, que pierda y sufra, nos gusta pensar que es humano y que está marcado por muchas cicatrices. En pocas palabras, nos gusta pensar que para ser un héroe hay que pagar un precio demasiado alto. Quién iba a querer ser el último James Bond. El antiguo sí, el de Pierce Brosnan; pero el nuevo ni de coña. De alguna forma es un consuelo, pensar que si no somos héroes no es porque no podamos, sino porque no merece la pena.

Un claro ejemplo de esto es The invader (Nicolas Provost, 2011), una película más extraña de lo que pueda parecer a simple vista porque el combate de su protagonista es escapar de la miseria y alcanzar el poder, el poder económico. Más allá de cuestiones morales, es la historia de un inmigrante que quiere tener dinero. En un panorama del IFFR lleno de melancólicas reivindicaciones de las culturas no capitalistas, que Provost defienda la lucha de un tipo por abrazar nuestro sistema puede parecer contradictorio. Pero lo que hace hermosa esta historia de tinte más o menos social es que rápidamente se convierte una película clásica de héroes: hay una venganza y hay una chica por la que luchar. Bien es cierto que la venganza no va a cambiar nada, es una pura explosión de rabia, y la chica no quiere al héroe. En un espectacular último tramo, Provost llega hasta el punto de representar el triunfo del héroe en un espacio aparte, que no es el de la trama, a la manera en que Malick representaba el Paraíso en El árbol de la vida: deja claro que el triunfo no se va a consumar, que no existe triunfo, que nos lo enseña porque sabe que lo estábamos necesitando y que, al cumplir nuestro deseo de esa forma antinatural, nos hace daño. La confrontación de esa imagen final con la que abre la película, en que la cámara se recrea en la belleza de una mujer occidental desnuda en un largo travelling que luego se abre para enseñarnos el desembarco de los inmigrantes, muestra a la perfección la distancia entre el sueño y la consumación del sueño, entre imagen y carne.

Algo similar ocurre en Una vida mejor (Une vie meilleure, Cédric Kahn, 2011), que todavía es más expresiva porque empieza haciendo realidad el sueño y, a partir de ahí, lo demás es destrucción. Una pareja sin dinero decide montar un restaurante en un lugar idílico y, una vez comprado, una serie de problemas económicos desatará un dramón que el director trata con la crueldad de un Arnaud Desplechin. Cuando algo puede ser peor, lo es, y, en medio de la tempestad, el protagonista trata por todos los medios de escapar de su realidad. Por eso se niega a vender el restaurante una y otra vez, porque ese elemento representa la posibilidad de escapar de su situación, aunque todavía no haya llegado. En una escena de una fuerza brutal se venga del tipo que, finalmente, le ha robado para siempre el sueño. Pero no es exactamente una venganza: lo hace por dinero. Eso es tremendo. Imagínate un héroe que termina luchando solo por dinero, después de darse cuenta de que otro camino, el que representa el ideal, el sueño, su restaurante, es imposible. Los héroes de Provost y Kahn son terribles.

Ese fantástico vendedor catalán que cerraba Mercado de futuros encuentra un curioso hermano en Two years at sea (Ben Rivers, 2011), el hermosísimo relato de un tipo que vive en medio del bosque, apartado de todo. Le vemos hacer cosas, construir las cosas de su pequeño mundo, una balsa para tumbarse sobre el lago, escuchar música, cortar leña, ducharse. De repente, la naturaleza responde a estos pequeños ritos, y la caravana donde vive empieza a levantarse como un árbol más del bosque. Es precioso. No se trata de un sueño, esta vez, sino de la profunda necesidad de alcanzar un estado mínimo del poder sobre las cosas. No hay nada de místico en todo esto, porque Rivers lima cualquier aproximación espiritual. Es una película tremendamente física, la representación del descanso del héroe en un mundo ya vacío de sueños, de palabras, donde se puede simplemente estar. Como en este fragmento de El otoño en Pekín de Boris Vian:

-¿Pero qué es lo que hay que hacer?

-Estar en el suelo –dice Anne-. Estar en el suelo, sobre esta arena, en medio de la brisa y con la cabeza vacía; o andar y verlo todo, o hacer cosas, hacer casas de piedra para la gente, darles coches, luz, todo lo que todo el mundo pueda tener, para que ellos puedan no hacer nada también y permanecer en la arena, al sol, y tener la cabeza vacía, y hacer el amor a las mujeres.

Estas líneas representan perfectamente a un tipo de héroe contemporáneo que es el de la Trilogía de la muerte de Gus Van Sant, sobre todo el que representa el Blake de Last days (íd., 2005). Es un personaje que se convierte, por decisión propia, en una imagen fantasmal, siempre a punto de desaparecer. En la pervivencia está todo su poder. Puede que pienses que esto no es un héroe, pero yo creo que sí: no deja de representar, al fin y al cabo, la persecución de un imposible. La cualidad básica del héroe es el errar. En el errar se encuentra la aventura y se consuma para alcanzar el sueño. Lo que pasa es que estamos muy tristes últimamente, y nuestros putos héroes ya no quieren salvar el mundo, sino escapar de él.

 

 

 

 

Querido Vicente,

La idea de héroe que proyectas en tu carta, junto al hecho de que hayas escogido ese tema para esta nuestra misiva, me genera muchos conflictos, principalmente porque tengo la sensación de que ligas el concepto al individualismo y a los imposibles como dos conceptos positivos. Curiosamente, a mí el héroe me remite a la publicidad y a la falsedad, pues en mi acepción de la palabra los héroes son, en su concepción social, mentiras para aborregarnos (como el Brody de Homeland o los jóvenes soldados de Banderas de nuestros padres o como la instrumentalización llevada a cabo con la imagen de Ernesto Guevara) o, en su visión personal, para lidiar con la falta de autoestima (como el Hoover que presenta Eastwood en J. Edgar o el Billy Beane que interpreta Brad Pitt en Moneyball, personajes frustrados y subyugados al éxito para armar la querencia hacia uno mismo). Todos esos personajes, héroes construidos para sí o para la galería, me resultan auténticos perdedores, como le canta precisamente la hija de Beane al final de la película a su padre: “You’re such a loser, dad… Just enjoy the show”, en una clara evidenciación de cómo esos héroes se concentran en conseguir un objetivo de reconocimiento sin saber disfrutar de lo que hacen en el camino (el fracaso del sueño americano, vaya). Y es que, si me preguntas, te diré que buscar actos gloriosos nos hace no disfrutar del paisaje, Vicente; y necesitar de héroes sociales nos hace débiles, tanto como requerir de un enemigo para definirse: “Se vivía mejor contra Franco”, llegué a escuchar en casa en alguna ocasión…

Fíjate que puestos a hablar de héroes creo que Dios es el héroe por antonomasia y yo ni siquiera creo en ello (desde mi ateismo no puedo hablar de un él), ¿cómo iba, pues, a creer en cualquier otra clase de héroe? Me crié en una familia de arraigo comunista (ergo, de eternos buscadores de la utopía),¿entiendes, entonces, que crea que detrás del héroe, de ese individuo al que se alza por encima de la masa (y como cantaba Freddie Mercury) hay siempre un crimen (inconsciente)? No, querido Vicente; ser individualista no me parece de héroes; tampoco ir tras imposibles me parece de héroes; nada, me parece de héroes, porque creo en la relatividad de ese concepto, en que héroe debería ser un adjetivo al que colocar cuantitativos y al que poder acogernos todos en alguna situación. No se es héroe, se es más o menos dependiendo de la situación. Todos podemos serlos, todos lo hemos sido, todos tenemos la cualidad, que no el sustantivo, para serlo. La heroicidad es la cualidad de una acción, nunca de un individuo.

Tanto el fragmento de Boris Vian como el personaje de Ben Rivers, de los que hablas en tu carta, quedan atrapados en el ideal Romántico de vida en harmonía con la naturaleza, aunque nieguen o les falte la conexión espiritual que les una a Dios. Fíjate que los héroes clásicos, para erigirse, deben negar la existencia de Dios o creerse sus demiurgos (como Juana de Arco, por ejemplo). Cuando esa ligazón espiritual, como en los casos que expones en tu carta, no existe, nos encontramos ante personajes que adaptan los ideales Románticos a los inicios del siglo XXI. Precisamente porque estamos tristes, nos volvemos melancólicos; y porque nos volvemos melancólicos, buscamos pertenecer a algo que no nos mate la personalidad (¿la naturaleza?). Por todo eso, ni Blake ni el vendedor de Mercado de futuros me parecen héroes sino soñadores, románticos empedernidos que encuentran en el eterno circular el estado de gloria; o, lo que es lo mismo, encuentran la paz en la indefinición. Sin duda, estamos ante el quid de la identidad contemporánea: nos cuesta definirnos, nos sentimos incómodos con las etiquetas y rehuimos de todo lo que nos huela a grupo. Estamos tan inseguros de quiénes somos que necesitamos (re)marcar que somos UNO, aunque no sepamos de qué pasta está hecho ese UNO. Y así, luego nos cuesta ser DOS o llegar a ser TRES o CUATRO. Es decir, ¿qué mejor manera para negarme como parte de la sociedad capitalista que poner una parada de venta y no querer vender nada? En ello no detecto heroísmo, detecto miedo.

Los héroes, como el romanticismo de la suspensión temporal, son cobardes porque necesitan subrayar su identidad a través de su condición de individuos diferentes, taciturnos, solitarios. Lo valiente, lo que es realmente de héroes, no es perseguir un imposible y quedar errando de por vida, sino usar ese imposible para conseguir realismos. En este aspecto suelo pensar en aquella frase de Francisco de Quevedo que rezaba: “Lo mucho se vuelve poco con desear otro poco más”. Los actos heroicos surgen de una buena solución a un problema, por lo que evadir ese problema apartándose de él no me parece heroico, antes lo contrario.

De tu carta, además, infiero que confundes (o quizás me lo parece) la supervivencia con el heroísmo. Ese personaje de The Invader del que me hablas, ¿es un héroe o es un superviviente? ¿Busca cumplir su sueño porque el sueño lo es todo, o porque ese sueño le permite vivir? En definitiva, ¿pueden o deben los sueños ser pragmáticos? Quizás aquí sea yo quien peque de romántica, pero jamás permitiría (creo) que uno de mis sueños fuese reducido a un acto de pragmática pura. En el héroe que ves en la película de Provost, yo veo un hombre que lucha por sobrevivir; ergo, un superviviente. Posiblemente la gran diferencia entre un acto de supervivencia y un acto heroico radique en aquello que se pone en juego a la hora de arriesgarse. Cuando uno tiene “poco” que perder (las comillas las pongo porque “la vida” no me parece, ni mucho menos, algo digno de ser llamado “poco”), se actúa por supervivencia; el gesto heroico, en cambio, llega cuando el riesgo de la pérdida no es proporcional a aquello que se puede lograr como recompensa.

De todas maneras, siento que estoy divagando en exceso y lo siento, pero espero que de todo esto haya quedado algo claro: los héroes, como seres, solo valen la pena cuando llevan el prefijo super- delante. Para el resto de situaciones, limitémonos a pensar que existen las acciones heroicas y que, por lo tanto, todos podemos ser dignos de ellas. Solo así, podremos ser conscientes de nuestro auténtico potencial. Que le den a la (puta) religión. He dicho.

Un besazo enorme,

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