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La invención de Hugo: El tiempo que (no) pasa

Información

Título original: Hugo
Director: Martin Scorsese
Año: 2011
Reparto: Asa Butterfield, Chloe Moretz, Ben Kingsley, Sacha Baron Cohen, Jude Law, Emily Mortimer, Michael Stuhlbarg, Ray Winstone, Christopher Lee, Richard Griffiths, Helen McCrory

Detalles

El artículo fue publicado el 11 de marzo de 2012. Guardado en Actualidad. Etiquetas: , , .

Tic tac, tic tac, tic tac, tic tac, tic tac, tic tac… ¿Qué es eso? Se está acercando, ¿qué será? ¡Viene hacia aquí! ¡Oh, no, nos va a arrollar! ¡Ahhhhhh! Oh, ah, jajaja, no era de verdad… Efectivamente, madames et monsieurs, esto es una película, la primera de millones que vendrán, aunque ahora no lo creamos así, la realidad al alcance de sus ojos. Bueno, a nosotros nos parece un invento sin mucho futuro, pero quién sabe…

Tic tac, tic tac, tic tac, tic tac, tic tac, tic tac… ¿Qué es eso? Parece París. Oye, esto está cogiendo velocidad, ¿no? ¿Seguro que es una de Scorsese? Buf, menudo travelling se está cascando el tío; ohhhh, para que digan que el 3D no impresiona, está viajando realmente en el tiempo y el espacio mientras cruza ese andén de la estación de Montparnasse en París, ¿dónde acabará? ¡Ah, mira, un reloj! Tic tac, tic tac, tic tac, tic… ¿Dónde meterá la cámara? ¿Ahí hay un niño? Claro, dónde iba a terminar ese regreso al inicio de todo sino en el inicio de todo: un ojo que observa el mundo.

Tic tac, tic tac,tic tac, tic tac, tic tac, tic tac… ¡Por fin se habla de cine en la película! Los niños se van a meter en el cine, ¿qué verán? ¡Harold Lloyd! ¡Qué grande! ¡Cómo alterna las imágenes del protagonista colgado del reloj con los rostros de los protagonistas en unas bestiales tres dimensiones que lo miran asombrados…! ¡Hihihihi! ¿De dónde viene esa risa? Está claro que de la película no. Dios mío, son esos niños de atrás, se lo están pasando bomba con ¡Harold Lloyd!

Sí, y entonces me emocioné, me emocioné muchísimo, porque había dos niños que no paraban de reír antes unas imágenes de 1923, pero también me emocioné porque el montaje alterno que relacionaba el film proyectado de Lloyd con la emoción iniciática de los dos protagonistas de La invención de Hugo (Hugo, Martin Scorsese, 2011) era tan sencillo y abrumador que se proyectaba más allá del cine para remover emociones centenarias que flotaban en la sala y que se materializaron en la risa de aquellos niños, los que estaban en la pantalla pero también los que la contemplaban ataviados con sus flamantes gafas 3D. Es decir, de repente me di cuenta que todo aquello que sucedió de forma espontánea durante la proyección en apenas unas milésimas de segundo; era algo tan complejo e intelectual como íntimo e irracional. Intelectual porque había un largo proceso que nos había permitido llegar a ese montaje. Por un lado, la fascinación de Scorsese por los mecanismos emocionales del cine y los mecanismos en general, que le había hecho abordar en un rodaje en 3D una pequeña y muy bonita historia de descubrimiento de los poderes y procesos de lo irreal en el séptimo arte, o la imaginación como forma de vida, personificados en Méliès. Por el otro, los necesarios 115 de existencia del cine, suficientes como para poder elaborar una ficción histórica que hace las veces de lección magistral práctica y reivindicación de orígenes y porvenires en este embrollo en el que se ha convertido el cine contemporáneo. Filmar a Méliès en 3D, vaya; para resumirlo. E íntimo porque en ese instante de La invención de Hugo, en esa múltiple convergencia de risas a ambos lados de la pantalla, creo que tuve el privilegio de sentir, y lo digo con mucha humildad, algo parecido a lo que afirmó sentir Víctor Erice al intuir en la mirada de Ana Torrent en El espíritu de la colmena (1973) el descubrimiento de algo que está más allá de las películas. ¿Un milagro? Quién sabe… Los niños de Scorsese y esos niños anónimos con los que compartí proyección rieron a la vez, se asombraron a un tiempo, ¿no había habido pues Historia del Cine, habíamos vuelto al principio de todo? ¿Es prematuro creer que, entonces, sentí que aún estábamos a tiempo de evitar los mayores horrores del siglo XX, pese a que ya hubieran ocurrido? Una risa en el terreno de lo real que se hermana con la más representada de las emociones, la que únicamente emana del montaje, para dar esperanza a toda una generación, la nuestra, que parece tan sepultada por una realidad que se comenzó a comerse los anhelos de la humanidad cuando Méliès dejó de hacer películas. Pero, ¿es eso cierto? ¿Dejó Méliès de hacer películas? ¡Unos lunáticos han encontrado su nueva creación!

En el momento, hacia el final de La invención de Hugo, en el que llegamos a la ansiada proyección privada de Viaje a la luna (Voyage dans la lune, Georges Méliès, 1902), se produce una imponente paradoja que da pleno sentido a una película como la de Scorsese en 2012, en tanto que consigue demostrar, con asombrosa coherencia, que el tiempo encierra en sí una obsesiva revisión del pasado trastocada dramáticamente por el intervalo que le ha sucedido hasta el momento del recuerdo. La paradoja es sencilla: los niños protagonistas, la mujer de Méliès y un importante y pionero historiador del cine se sientan en el salón de la casa del cineasta para disfrutar de algo que se creía perdido, una copia de Viaje a la luna. Cuando la película dentro de la película da comienzo, el milagro de lo evidente se revela: la están viendo en color. Como en el caso de la escena de los niños en el cine, en este caso el descubrimiento también es doble y se produce dentro y fuera de lo cinematográfico: las imágenes nos muestran a unos personajes viendo asombrados un film que se creía perdido, y nosotros contemplamos unos fotogramas coloreados que, hasta hace apenas un año, habían permanecido ocultos bajo el peso de los libros y las décadas. Los personajes de La invención de Hugo creían que Viaje a la luna estaba perdida, y se equivocaban, de ahí su asombro ante la proyección. Los espectadores creíamos hasta hace bien poco que el film de Méliès era en blanco y negro, pero nos equivocábamos y, lo más importante, creíamos que cualquiera que hubiera visto Viaje a la luna la tenía que haber visto como nosotros.

La situación parece decirnos que todo ha sido siempre muy sencillo y normal en el presente, si no fuera por el paso del tiempo… De hecho, esta fantasmagórica y bellísima escena culmina con un emocionado Méliès entrando en la estancia al final de la proyección y descubriendo su película cuando ya la creía desaparecida, conmoviéndose al comprobar que el tiempo no les había borrado del todo, que el cine le estaba comenzando a devolver lo que aquel hombre le había confiado: su imaginación; y que esta podía volver a ser el faro que iluminara muchas de las películas que estaban por venir (como por ejemplo La invención de Hugo). Los diversos tiempos —cinematográficos, históricos y puramente reales— convergen en ese espacio que se transforma asimismo en improvisada cámara del tiempo y que transporta a cada personaje (y también a cada espectador) a su más profunda intimidad, al mismo tiempo que a una ubicación histórica en la que le hace dialogar con una serie de vivencias (ficcionadas y reales) que se confunden en un marasmo de emociones de difícil catalogación. Así, llega un punto en el que no sabemos si lo que sentimos lo provoca un imposible retorno a la infancia y a una forma de ver el mundo que jamás hemos vivido (porque jamás hemos sido Hugo Cabret), o si bien es todo ello una pura construcción escénica que nos hace vibrar con los sentimientos de unos personajes unidos únicamente en la ficción, pues Méliès fue Méliès y no Ben Kingsley, y no conoció nunca a Hugo Cabret.

Otro de los misterios de esta cinta es la procedencia de las emociones que destila: ¿personales, dramáticas o intelectuales? Pero no nos obsesionemos y viajemos en el tiempo, pues es en definitiva este un filme sobre el descubrimiento, y por ello seguramente uno de los más necesarios en esta era de la información que cree saberlo todo. Afortunadamente, aún hay gente como Scorsese que se atreve a rodar una película sobre Méliès en 3D, con chavales con ganas de saber qué secretos esconde un autómata, de descubrir el pasado de ese señor tan amargo de la tienda de juguetes y, sobre todo, con niños que son capaces de mostrarle a uno, y sin tapujos, los poderes del cine con el primer visionado de  Harold Lloyd a punto de caerse de un aparato que hace tic tac, tic tac, tic tac, tic tac…

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