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D’A 2012 (1): Un amour de jeunesse

Colapso

Una avalancha de información llegó bajo el nombre de Internet, y pronto fue una necesidad monetizada el ordenarla. Buscadores, mandos universales, gestores de redes sociales, iPads, smartphones, etc. y toda una serie de herramientas para facilitarnos la digestión de la modernidad nos han convertido en seres reactivos, unidos al mundo a través de genéricos, de anónimos. El precio de abarcarlo todo levanta torres de fina epidermis cuyo colapso implica el solapamiento de capas, en esa falta de identidad contemporánea, construida a base de acumulación y guirnaldas, con la mirada puesta en las raíces de lo que una vez fuimos. “La avalancha de las letras, la locura de la cantidad”, que decía Kundera, como saturación suicida del ego.

Las heridas abiertas en la protagonista de Un amour de jeunesse (Mia Hansen-Løve, 2011) buscan cicatriz en otro tiempo y espacio, pero a través de emociones inmanentes, a través de la ausencia de renuncia, solapando madurez y juventud. Somos el mando universal y, a la práctica intelectualidad de una acomodaticia relación con su profesor, se integra la visceral pasión por el amor del pasado, sin conflictos morales en esa derrota de la elección: somos un mero resumen de lo que fuimos. Y si amar aún significa algo, sus actores ya solo son meros ripios de la cena de otros, donde el “suficiente” perdió la batalla con la oferta, llenando la alcoba de vergüenzas caducas.

¿Y no es el D’A, acaso, ese resumen de los grandes momentos ofrecidos a lo largo del año en otro festivales? ¿Deja de ser loable su apuesta por bajar de “los cielos” un cine, a priori, accesible para unos pocos? ¿No es, sino, el enésimo buscador, resumen con nombre, que ha de orientar nuestros pasos? Es innegable la calidad de los títulos, como lo es permitir su visionado en sala a cualquier tipo de espectador, pero sin el riesgo ni la pasión de juventud, sino con la calculada practicidad de la madurez que vive de rentas, con la misma frialdad con la que se elige a ese anodino profesor para anestesiar el miedo en lo previsible. No podremos amar al D’A mientras no podamos serle fieles, y él a nosotros.

 

 

 

No sé exactamente de lo que hablas, aunque sospecho que la propia película que va a guiar este texto te responde con claridad. Un amour de jeunesse es una película extraña, cuya mayor dificultad es una apariencia clásica o, mejor dicho, una apariencia despegada de cualquier ripio formal que no sirva para encontrar esa finísima emoción que desprende. Su parte central, a mi entender especialmente acertada, cuenta la formación de la protagonista en una escuela de arquitectura que también es una formación sentimental. La manera en que un texto del arquitecto Toyo Ito puede dar pistas sobre el amor deja clara una cosa: vivimos en un tiempo donde nada es distinto de nada. Sólo un golpe de música, una elipsis sirven para dar sentido a cosas aparentemente irreconciliables. Como si la película estuviera llena de links, algo así.

Pero hay más, otra respuesta a lo que dices: es especialmente interesante la forma en que el cine de Mia Hansen-Løve ha evolucionado. Sus dos primeras películas estaban tremendamente influenciadas por la presencia demasiado fuerte de su maestro, Olivier Assayas. De él recogía la influencia cruzada del cine francés de la modernidad y de otro anterior, el de Renoir, el que obtenía de unos árboles agitándose un pulso que podía mover a los personajes. En Tout est pardonnè (2007) y Le père de mes enfants (2009) recogía esas elipsis demoledoras de Finales de agosto, principios de septiembre (Fin août, début septembre, Olivier Assayas, 1998) o Las horas del verano (L’Heure d’été, Olivier Assayas, 2008), donde la muerte de un personaje se narraba en off para dejar luego paso a la historia de los que habían quedado, como si estuviera contando la historia del propio cine.

Hansen-Løve necesitaba escapar, el peso de Assayas era demasiado fuerte. Y Un amour de jeunesse es su película más grande porque lo ha conseguido, ha sabido salir de su encierro de la forma más impredecible: encontrando una forma todavía más natural de narración, donde el movimiento se impone sin contemplaciones sobre los significados. Pasan cosas, las imágenes se niegan o se afirman, se retuercen sin un sentido claro y aceptan que su valor está en la conexión. No rechaza el ruido ni se recrea en la estridencia. Nos ponemos a llorar, pero no hay premoniciones del fin del mundo. Marca, en todo caso, una distancia entre estar en el mundo y dar sentido al mundo que casi habíamos olvidado. Una cuestión de honestidad; un cine extraño porque parece totalmente ajeno a esa idea del autor que a estas alturas ya es un género y no una idea, una especie de mainstream que por alguna razón seguimos respetando.

 

 

 

Habláis ambos de una película que no he visto, no por falta de interés sino de tiempo. Sin embargo, Hansen-Løve es una presencia que me está rondando desde hace tres años, siempre preparada para ponerla como ejemplo de mujer cineasta joven, de autora, de belleza con cabeza. Sí, quizá es esa expresión, belleza con cabeza, la que para mí define su manera de hacer cine. Los cuerpos que pueblan sus imágenes se sienten vívidos y hermosos porque pasan por unas experiencias emocionalmente al límite, pero la directora los observa con prudencia, con una inusual calma en una persona perteneciente a una actualidad, la nuestra, tremendamente emocional y expresiva. La belleza de los sentimientos y las vivencias imparables como un torrente en primavera mezclados con la madurez de quien sabe que todo pasa, los buenos y los malos momentos. Hard times come, hard times go…

Just to come again!

He recomendado por activa y por pasiva Le père de mes enfants a todo aquel con el que me he cruzado que me ha preguntado por una película de esas que a uno le aporten algo, le hagan sentir cosas. Vuestras palabras sobre Un amour de jeunesse me dan ganas de ver la película, algo preocupado porque no sé si la inocencia de la anterior Hansen-Løve se ha podido transformar en una evocación de una juventud ya dejada atrás, a pesar del título, a raíz del inevitable paso del tiempo. Como el D’A, un certamen que mezcla la belleza de las imágenes que pone ante nuestros ojos con la cabeza de quien proyecta unas películas que ya gozan de un determinado recorrido teórico y crítico, por lo que les pediría a ambos, festival y cineasta, que no se transformen en mis ‘habituales’, que sigan sorprendiéndome con su madurada espontaneidad.

 

 

 

Acabo de ver Un amour de jeunesse y me fascina lo insultantemente universal que es. Creo que uno de los aciertos de Mia Hansen-Løve es que ha abierto la película tanto, que podemos reconocerla y reconocernos en la historia. Es agradable sentir esa conexión pues, igual que decía Le Corbusier sobre las casas, a las que calificaba de máquinas para vivir, el cine se convierte gracias a esta interconexión en una máquina en la que podemos habitar.

No puedo negar que me he sentido nostálgica. También mi pared tiene huecos que revelan una presencia, un amor adolescente que resplandece y pervive en sus protagonistas a través de los años, a través del tiempo. No hay nada más sombrío, ni existe nada tan inmenso. Yo no creo, como comenta Nico, que seamos un resumen de lo que fuimos. Nunca fuimos nada de lo que somos. Vamos siendo. Lo demuestra ese fracaso final, ese último intento de rescatar el molde vaciado del amor que tuvieron y fueron. La primera vez que vemos el cuerpo desnudo de Camille, está iluminado por la luz que entra por una ventana y que inunda toda la habitación. Todo es armonioso. La segunda vez, que es la primera en que vuelve a estar con Sullivan después de mucho tiempo, los cuerpos están situados en una especie de oscuridad del presente y son rechazados, son expulsados por esos lugares de ahora que intentan transitar, pero a los que ya no pertenecen.

La escena final de Un amour de jeunesse, donde Camille es arrastrada por el río, es la perfecta representación de todos nosotros empujados al flujo de nuestra propia memoria, perdidos, expuestos y… ¿Qué? Quizá más libres. Quizá más dignos de nosotros mismos. Parece hacerse manifiesto que, con su tercera película, la directora ha encontrado por fin un cine que puede habitar por si misma. Un cine en el que puede liberarse de su pasado, un cine derrotado y, pese a ello, un cine donde sus personajes brillan y lo hacen a la manera de Mia Hansen-Løve.

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