Título original: The Awakening
Director: Nick Murphy
Año: 2011
Reparto: Rebecca Hall, Dominic West, Imelda Staunton, Isaac Hampstead-Wright, John Shrapnel
El artículo fue publicado el 1 de Mayo de 2012. Guardado en Actualidad. Etiquetas: Crítica, Nacho Villalba, Nick Murphy.
Puede que algún espectador con memoria cinéfila evoque la figura del Fritz Lang de El ministerio del miedo (Ministry of Fear, 1944) o El doctor Mabuse (Dr. Mabuse, der Spieler, 1922) durante la escena de apertura de este triste y retorcido cuento de fantasmas: una sesión de espiritismo que juega a materializar los deseos del alma a través de un elaborado trampantojo. Desgraciadamente, sus referentes reales son otros menos distinguidos, que van de Peter Medak a J.A. Bayona, pasando por Amenábar o Guillermo del Toro. El filme, por tanto, entronca rápido con unos modelos narrativos que son moneda corriente en gran parte del cine de terror contemporáneo, basados en una narrativa impersonal pero hábil a la hora de llegar a un público masivo. No obstante, ya en esa sugerente introducción se ha logrado apuntar una de las ideas clave de la película: la tensión entre lo que uno quiere ver y lo que uno realmente ve. Nuestra protagonista, que responde al clásico arquetipo del investigador de lo sobrenatural afianzado en el descreimiento, utilizará su escepticismo a modo de armadura emocional. Siguiendo algunas de las convenciones del género, dicha armadura irá resquebrajándose conforme las circunstancias del relato vayan enfrentando a la joven a la causa y origen de sus propios miedos, conveniente aunque tramposamente veladas por parte del guionista y el director, que apuestan (quizás demasiado alto) por la contundencia de un final sorpresa no especialmente estimulante.
A estas alturas, ya resulta evidente que si La maldición de Rookford (anodino título castellano al mucho más apropiado y sugerente The awakening) consigue dar miedo, es básicamente por exigencias genéricas y comerciales, porque lo que realmente centra su interés es la forma en que lo fantástico puede conectarnos con cuestiones humanas de mayor calado: la soledad, la culpa, la gestión de la pérdida… Pero, a diferencia de lo que ocurría por ejemplo en El sexto sentido (título con el que comparte no sólo el ‘toque trilero’ de su resolución, sino también un sustrato emocional muy acusado), la película de Murphy resulta mucho menos honda y precisa a la hora de retratar el fondo torturado de sus personajes; su sentimentalismo algo superfluo y esa manera efectista con la que despeja las incógnitas planteadas, terminan banalizando un material de partida que era, como mínimo, digno y atractivo. Ni siquiera ese sentimiento de ambigüedad con el que se contemplan los fenómenos paranormales (que puede remitir al clásico de Clayton Suspense, especialmente en aquella escena en la que la protagonista llena inconscientemente de miedo la mente del niño que está a su cargo) contribuye a levantar una intriga psicológica turbadora o inquietante. Digamos que la interdependencia entre vivos y muertos (o las fuerzas invisibles que conectan los mundos de ambos) es el único tema poderoso que centra la trama, dejando en el tintero otros igualmente interesantes.
Deudora, como ya hemos dejado claro, del espíritu de El sexto sentido (y de piezas afines como El orfanato o Los otros, por citar sólo las más recientes), la película de Murphy prefiere reafirmar el discurso de Shyamalan (apariciones fantasmales que son llamadas de auxilio, muertos en vida…) en lugar de crear uno propio. No obstante, su falta de originalidad no le impide expresar algunas ideas bastante llamativas aunque no sean necesariamente nuevas, como esa pulsión de muerte que experimenta la protagonista, más unida afectivamente al mundo de los muertos que al de los vivos. Esta especie de conflicto interno tendrá resolución en un desenlace que es a un tiempo inquietante y triste, aunque el suspense que lo mantiene sea algo artificioso y haya un exceso de sentimientos, rozando lo lacrimógeno. Menos interesante (por manida) resulta la relación sentimental que establece la protagonista con el profesor veterano de guerra que interpreta Dominic West, si bien hay algo bello e incómodo en el hecho de que todos los personajes principales que aparecen en la película vivan, de un modo u otro, bajo la sombra de los que ya se fueron. “Es tiempo de fantasmas”, aparece escrito en la cita ficticia que abre la película, en referencia a ese periodo inmediatamente posterior a la Gran Guerra en el que transcurre la trama. Y Murphy, que lo sabe, maneja esta fascinación entre triste y morbosa por los que se han ido con un tono firme y seguro, valiéndose de una fotografía fría y cenicienta (firmada por el español Eduard Grau) para transmitir la presencia omnipresente de los muertos, a los que todos los personajes se aferran en un sentido u otro.
No es nueva, por otra parte, la fijación de Stephen Volk –guionista de la película– por la temática sobrenatural. Los más fieles seguidores del cine de fantasmas probablemente recuerden una TV movie titulada Ghostwatch, que la BBC (curiosamente, también productora de La maldición de Rookford) emitió a principios de los noventa, y que constituye una obra de referencia dentro del subgénero de casas encantadas, siendo clara precursora, en su hiperrealismo de falso documental, de películas como El proyecto de la bruja de Blair (The Blair Witch Project, Daniel Myrick, Eduardo Sánchez, 1999) o Paranormal Activity (íd., Oren Peli, 2007). Ya en ella, Volk planteaba una aproximación científica al fenómeno paranormal, enfrentando el escepticismo de sus personajes a una terapia de choque donde creer (en el más allá) era la clave. Han pasado veinte años de aquello pero la intención, salvando el cariz sentimental que ha tomado el asunto, es básicamente la misma: pensar que la fe en lo oculto, en lo intangible, es en realidad una vía para el autoconocimiento y la sanación espiritual. Sí, de nuevo muy Shyamalan (los muertos necesitados de los vivos y viceversa), pero es un discurso que funciona si se atempera bien emocionalmente. Murphy, como comentamos antes, se queda a medias, igual que la película a la hora de calibrar su tono, que no sabe si quiere ser un drama sobrenatural con toques de terror, o un nuevo cine gótico para multisalas, con sus automatismos y sus recurrentes golpes de efecto.

Al final acaba siendo un poco de todo: una obra pausada y sobria, de perfeccionista diseño de producción (nada sorprendente, viniendo abalada por la BBC), muy cuidada en todos sus apartados técnicos e interpretada majestuosamente por la emergente Rebecca Hall, pero desprovista de verdadera personalidad, riesgo o poesía, aun considerando la valentía implícita en su ambiguo y desconcertante epílogo. La cuestión es que la sensación de déjà vu acaba lastrando irremediablemente la cinta, a la que la escasa solidez de su tramposo desenlace deja definitivamente coja. No obstante, es una película que cojea con elegancia y que Nick Murphy saca adelante con razonable solvencia, pese a la poca imaginación con la que resuelve las situaciones más genuinamente terroríficas y pese a no saber paliar fallos de guión (el personaje del jardinero es absurdo e innecesario) que afean mucho el conjunto. En fin, una obra que no devolverá esplendor al género, pero que tampoco lo va a mancillar, ni siquiera recurriendo a homenajes tan fáciles y trillados como ese de la pelotita a Al final de la escalera (The Changeling, Peter Medak, 1980), ese clásico popular del terror ochentero que tanto admira Amenábar.
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