El artículo fue publicado el 14 de Junio de 2012. Guardado en Actualidad. Etiquetas: Andrew Haigh, Artículo, Bruno Dumont, D'A, Déborah García, Mia Hansen-Løve, Nuri Bilge Ceylan, Terence Davies.
No he podido estar físicamente en el D’A, supongo que esto ha convertido mi experiencia en un acontecimiento íntimo, solitario e intermitente y tremendamente personal. No sé si es muy acertado comparar un festival de cine con una playlist a la que le vas agregando pistas pero, al final, las películas (como las canciones) parece que están atravesadas por un mismo sentimiento, por una misma sensación. Ahora mismo mientras escribo esto estoy escuchando una lista en spotify que se llama canciones de des-amor (fuck you), en concreto suena End of the world versión del grupo de San Francisco Girls. Puedo imaginarme a muchos de los protagonistas de este itinerario fílmico sintiendo esta letra desesperada. Why does the sun go on shining/ Why does the sea rush to shore/ Don’t they know it’s the end of the world/’Cause you don’t love me any more/ Si cada película del D’A que he visto fuera una canción probablemente estarían metidas en una lista que llevará el nombre reconstrucción (fuck you all).
Hester, la protagonista de The Deep Blue Sea (íd., Terence Davies, 2011), incapaz de superar el abandono de su amor y su indiferencia, inicia la película con un intento de suicidio. En un contexto de guerra donde todo es ruina, donde todo está por rehacerse, asistimos al derrumbe emocional de la protagonista desde lo más íntimo de igual manera que asistimos a los bombardeos de Londres desde el interior del metro. Camille, protagonista de Un amour de jeunesse, también intenta suicidarse cuando Sullivan la abandona para recorrer Sudamérica. Dos mujeres obligadas a salir de sí mismas, obligadas a vivir. Terence Davies inicia The Deep Blue Sea en una secuencia que va desde la calle hasta el interior de la habitación en la que se encuentra la protagonista frente a la ventana, justo antes de correr las cortinas y dejar la estancia en una oscuridad total. Al final de la película el movimiento es justo el contrario, abrir las ventanas para que entre la luz mientras la cámara abandona el interior de la habitación hacia la calle. Esa apertura es también un rasgo notable en la propuesta de Mia Hansen-Løve. En la segunda parte de Un amour de jeunesse, al igual que la protagonista, la película se abre definitivamente. Camille empieza a ser retratada en espacios abiertos, una apertura que tiene un perfecto paralelismo en el proyecto de arquitectura que está llevando a cabo. Ambas protagonistas, Hester y Camille, desechas, derrumbadas, portadoras de una herida, podrían formar parte del conjunto coral de mujeres que retrata Bertrand Bonello en su L’apollonide. Amor y muerte serpentean juntos, protagonistas condenados a experimentar la vida, la muerte y el dolor a pecho descubierto.

Pienso por ejemplo en Weekend (íd., Andrew Haigh, 2011), una película de amor homosexual, y cito a Manu Argüelles: “Weekend desenmascara lo políticamente correcto (la censura maquillada del siglo XXI), esa creencia de que ya está todo conseguido con las bodas gays. En el ámbito cinematográfico también tumba esa frecuencia en las ficciones donde se inserta al gay en el mosaico de diferentes personajes como maniquí decorativo y pintoresco …”. Weekend hace dos cosas importantes, la primera es que reclama para el individuo homosexual un rol como personaje que se aleja de toda la performatividad y teatralidad, algo hasta hace bien poco inalcanzable en el cine (más heteronormativo). En segundo lugar, propone que el espacio en el que se desarrolle este personaje sea el íntimo: las cuatro paredes de una casa, una conversación en el interior de la cama… en contraste con esa “salida del armario”. Esa obligada exteriorización de la identidad que parecía ser inherente al personaje gay, y que había sido retratado hasta hace bien poco en el cine. Cómo quieres vivir tu sexualidad, en público o en privado, es una pregunta que sólo el homosexual se plantea. En Weekend, se muestran a través de sus protagonistas ambas vertientes. Otra de las variantes tocadas por el D’A en el ámbito de la identidad es la propuesta belga del director Michael M. Roskam: en Bullhead (Rundskop, 2011), Jackie construye su identidad masculina justo a la inversa de los personajes homosexuales de la película de Andrew Haigh. Él exterioriza, perfoma, teatraliza y exagera sus atributos físicos como individuo masculino. Su hormonización extrema, su sufrimiento, su inseguridad provocada por haber perdido los testículos de niño, lo han convertido en un hombre que no se siente hombre, un hombre acomplejado, un animal que muere matando. Incluso Buenas Noches, España de Raya Martin esconde una reivindicación de las islas Filipinas frente a sus países colonizadores. Detrás, de esa Road Movie alucinada (o guiándola), detrás de ese vaciado de elementos cinematográficos, detrás de todo ese artilugio, hay una película en busca de identidad.
Bruno Dumont y Nuri Bilge Ceylan han abordado con sus propuestas la parte más existencial del D’A. Ambas películas se caracterizan por estar construidas alrededor de muy pocos elementos, y ambas recrean, pese a estar perfectamente localizadas geográficamente, espacios quiméricos y legendarios, lugares al margen. Once upon a time in Anatolia (Bir Zamanlar Anadolu’da, Nuri Bilge Ceylan, 2011) tiene ese carácter de fábula en el que Sergi Fabregat hace hincapié. Una suspensión de lo temporal que se acentúa cada vez que hay un alto en el camino y los protagonistas hacen una constante evocación de lo femenino, de los muertos, desde la palabra en el territorio de lo mítico. Once Upon a Time in Anatolia, al igual que Hors Satan (íd., Bruno Dumont, 2011), propone un diálogo constante entre planos largos bellísimos y planos muy cortos de rostros. La diferencia es que, mientras Dumont convierte las caras en vehículo de lo inexpresivo y lo indecible, Ceylan las convierte en el inicio de un viaje intenso al interior del alma de los protagonistas, en un cuento que comienza para no terminar nunca. ¿Alguien se ha parado a escuchar el viento en estas dos películas? ese personaje que no aparece en los créditos y que ha revestido cada escena de los dos films de un carácter atemporal, mítico y fantástico.

Creo que la mayoría de las películas que he visto giran en torno a la identidad y su construcción; esa batalla, tanto física como psíquica, que libran los protagonistas con ellos mismos para ganar una suerte de espacio donde poder volver-a-ser. Una identidad arrebatada como la de Hester en The Deep Blue Sea, y la de Camille en Un amour de Jeunesse; cuestionada en el caso del protagonista de Weekend; o perdida, como la de Jackie en Bullhead. Dice Sergi Fabregat que en el western ya no hay espacio para las emociones en bruto, el drama se ha erigido en este festival como el nuevo western. El drama ha sido ese desierto íntimo donde los personajes han luchado contra sí mismos para existir. Muy a pesar de ese movimiento que parece arrastrar todo hacia la muerte, algunos han conquistado la luz. Quizá pueda equiparse esta especie de “en construcción” con el propio D’A, un festival definido por su eclecticismo por su condición caleidoscópica. Un festival que parece rehuir los límites impuestos por los géneros, y las etiquetas, y que apuesta por ser un espacio generador de discursos.
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