Cineuá - Tu revista de cine

It’s the working, the working, just the working life… o cuando caímos derrotados


Recomiendo leer el texto con esta música de fondo.

Hay dos evidentes y cruciales características en las palabras que encabezan este texto, soltadas en forma de susurrante lamento por Bruce Springsteen en su lúgubre disco Darkness on the edge of town: la cadencia con la que son pronunciadas, monótona y apesadumbrada, y su carácter repetitivo que, sumado al tempo de la composición, da la sensación que la pena nunca va a terminar. Los que somos fans de Springsteen (nosotros le llamamos Bruce) bien sabemos que una de las mayores críticas que ha debido soportar el de Nueva Jersey a lo largo de su carrera es aquella que se refiere a su condición de estrella precoz que constantemente ha hablado de las clases trabajadoras. Muchos no soportan que el músico norteamericano se haya dedicado durante casi 40 años a musicar las vidas de los currantes que a duras penas llegan a final de mes cuando él nunca se ha dedicado a otra cosa que no sean sus canciones y que, más o menos, a los 25 años ya estaba más cerca de ser multimillonario que mileurista. Uno sólo puede considerarse obrero si sufre, en lo laboral y en lo económico, y sólo si lo vive en sus propias carnes tiene derecho a hablar de eso sin sonar impostado, lo que acerca la noción del trabajo a un varemo puramente capitalista y una esencia martirizante/cristiana. En definitiva, todas esas críticas tienen como raíz la antigua y populista separación, irreconciliable, según la cual la esfera de lo real y la de lo artístico no pueden ni deben comunicarse en modo alguno. E igual que a Springsteen se le acusa de hablar de la clase trabajadora cuando él nunca ha pertenecido técnicamente a ésta, una de los mayores ataques a la última película del húngaro Béla Tarr, El caballo de Turín (A Torinói ló, Béla Tarr, 2010), radica en el hecho de que pretende reflexionar sobre el paso del tiempo, la mortalidad y el lento perecer de los más humildes, mediante unas formas, pausadas y monumentales, épicas, completamente desconectadas de la realidad y los intereses de los retratados y supuestos destinatarios.

Lo que une a Springsteen y Tarr (porque cosas que les separen las hay muchas) es que ambos poseen y transmiten en sus obras una revolucionaria noción del trabajo basada en las preocupaciones de la clase obrera que, tamizadas por el realce de los temas tratados bajo el prisma artístico y esculpidas bajo formas imponentes, provenientes de un mayúsculo esfuerzo físico antes que nada, hacen del empleo, de la acción laboral, una verdadera forma de autoconocimiento vital e incluso filosófico. Bruce y Béla se definen por sus maratonianos conciertos y planos-secuencia, por sus extenuantes obras, por su resistencia a morir sepultados bajo el inexorable e invisible día a día que, en el primer mundo, es la principal causa de muerte. Una muerte en vida. Zombies. Los trabajadores de las fábricas sobre los que canta el estadounidense y los comedores de patatas que filma el húngaro comparten una cosa: están tan cerca de ser devorados por el imparable devenir de las horas que lo único que les queda por hacer es morir sin sentirlo pero sabiéndolo, agarrándose a la vida como sea para que la dignidad se mantenga en pie y los que vengamos después no caigamos sepultados bajo el mismo paso (¿peso?) del tiempo.

 

Los hombres cruzan esas puertas con la muerte en sus ojos

Hace un tiempo escribí en esta misma revista un artículo sobre el travelling en el cine de Béla Tarr que titulé Todo es tiempo. Una de las consecuencias más atroces, y silenciosas, resultantes de la vida laboral en las sociedades capitalistas es la de que, puesto que son pocos los individuos que trabajan de lo que aman, el tiempo del que la mayoría dispone fuera de su empleo es tremendamente reducido en comparación con el que dedica a su trabajo. El tiempo exclusivamente laboral, pues, tiene como finalidad última el conseguir dinero que, se administre como se administre, únicamente puede servir para obtener objetivos materiales, entre los que no se puede incluir, obviamente, el tiempo, que se nos escapa entre los dedos día tras día, camino de la muerte, ente también insobornable. Finalmente, uno se da cuenta que ha entrado en un círculo infernal en el que gasta su tiempo para comprar un dinero que le impedirá obtener aquello que el capitalismo siempre ha querido erradicar en las sociedades en las que se ha impuesto: la capacidad de pensar del individuo. Uno sale del trabajo y quiere relajarse, estar con la pareja o divertirse, lo que es tremendamente lícito y justo, y jamás desea complicarse la vida meditando cómo se pueden cambiar las cosas, cómo se puede mejorar el sistema, cómo se puede poner en duda que haya que invertir buena parte de la vida en engrasar el engranaje invisible que lo mantiene todo en pie. La mayor mentira de la Revolución Industrial fue hacernos creer que el progreso nos haría libres cuando únicamente nos ha llevado a una sofisticada matanza de la capacidad de reflexión, lo que termina en una incapacidad revolucionaria más allá de exiguos fogonazos. En resumen, al salir de la oficina no quiero pelearme con los antidisturbios, sino saber qué sucede en el siguiente episodio de Juego de tronos (Game of Thrones, David Benioff y D.B. Weiss, 2011). Y creo que es lícito y justo que así sea. Pero luego veo El caballo de Turín y me aterra contemplar cómo este camino no nos llevará a otro lugar que no sea la extinción.

La música, omnipresente e inamovible, de Mihâly Vig para la última película de Béla Tarr, me acompaña en estas líneas y me recuerda tanto a un amargo y perpetuo lamento como al neumático sonido de alguna gran maquinaria destinada a traernos el mejor y mayor de los progresos. Como las tuneladoras que perforan la tierra para que circulen los metros, Tarr escarba en el espacio-tiempo a la búsqueda de lo que seremos cuando estemos cerca de dejar de ser. A diferencia de todos aquellos que han valorado, a favor o en contra, El caballo de Turín como si el film fuera un objeto aislado de toda realidad, a mí me parece una película situada en los confines de la realidad, lo que la convierte en la más realista de las películas, la que más descarnadamente pone en forma sus temas y postulados. Nada hay de virtuoso o forzado en sus imágenes, que no son otra cosa que el día a día de dos seres humanos, ya apenas organismos, que al final de toda civilización no cesan en el desempeño de sus actividades diarias, nimias en su fenomenología y ritualizadas en su registro. Un padre y una hija comen patatas, un padre y una hija se cambian de ropa, un padre y una hija duermen, un padre y una hija miran por la ventana, y así día tras día, con la oscuridad como última parada. Ni el fin del mundo podría romper esa grotesca y enigmática rutina, que descrita con palabras puede parecer marciana, pero interiorizada y repetida como un mantra por los planos secuencia de Tarr termina por convertirse en nuestra rutina. Otra película al límite de todo, 4:44 Last Day on Earth (íd., Abel Ferrara, 2011) se convierte entonces en la antítesis del film de Tarr, pues donde el neoyorkino sublima de forma hermosísima la cotidianeidad testamentaria del último día del mundo mediante una insobornable sencillez, por la cual hechos normales como pedir comida china, hacer el amor o pasear por las calles se convierten en milagros, el cineasta húngaro propone una extinción sin alteraciones, según la cual asistiríamos a nuestro desenlace sin pestañear, ignorando el fin, acudiendo con decaída normalidad a la oficina y emocionándonos con el vibrante artificio de Juego de tronos antes de que todo se apagara.

El caballo de Turín es la más realista de las películas porque su temporalidad infinita, que no conoce un verdadero comienzo o desenlace, nos habla de unos cuerpos en estado catatónico que, en movimiento perpetuo, no piensan, sino que únicamente esperan la mejora, resistiendo silentes el cataclismo que en algún lugar está devastándolo todo, siendo el film un acto de resistencia y sobre resistencia acerca de la capacidad del ser humano para, desde su más profunda intimidad e inquebrantable dignidad, hacer frente el paso del tiempo y a los tiempos difíciles con la fuerza del más humilde de los titanes. Lo titánico y lo humilde siempre han sido conceptos con un peso muy específico en Tarr, pero nunca tanto como en su última cinta, pues ambos están presentes en cada plano secuencia del film, gracias a la transparencia en la filmación de las acciones mezclada con un blanco y negro y una lentitud inalterada en la realización de los quehaceres diarios. La verdadera resistencia nace entonces de una parquedad en el lenguaje convencional, del cine y del discurso, que se erige en un valiosísimo alegato en contra de las palabras que, como aventuró Nietzsche y se hace patente en películas como La cuestión humana (La question humaine, Nicolas Klotz, 2007), son algo tan particularmente humano que a la fuerza pueden acabar maleándose hasta el punto que conceptos como trabajo, esfuerzo, amor, familia, libertad, dignidad o felicidad se conviertan armas arrojadizas que podamos usar para masacrar a nuestros semejantes hasta la aniquilación. Por eso no debemos intentar comprender los únicos momentos en los que El caballo de Turín deja el protagonismo a la palabra en vez de a la imagen o la acción (a saber, el monólogo del visitante y la lectura del libro que el gitano le regala a la hija), pues las palabras, en este universo límite que Tarr escenifica, ya no sirven más que para confundirnos, sólo son ruido de fondo.

Quedémonos sordos de conocimiento y veamos, veamos finalmente unos travellings en cuyo imparable e imperceptible desarrollo se juega una partida atávica y futurista, esencial, en la que está en juego qué hacer con el tiempo que se nos ha concedido. Podemos comer patatas, sentarnos y esperar, o podemos coger nuestro equipaje y dirigirnos a la espesura de la niebla y aventurarnos en lo desconocido, donde quizá aguardan los dragones. Hagamos lo que hagamos, seremos humanos y seremos justos, porque nosotros no trajimos los tiempos oscuros.

Pero no dejemos que se apague la luz…

No dejemos que se apague la luz…

Dejemos que se apague la luz…

Que se apague la luz…

Se apague la luz…

Apague la luz…

La luz…

Luz…

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