Cineuá - Tu revista de cine

Dejadnos en paz

Tenemos 20 años y no somos un experimento, no somos los herederos, no somos el futuro. Habéis descargado en nosotros el triunfo de vuestros valores, como si tuviéramos que darles cancha y agradecéroslo. Pues no. Lo habéis hecho fatal. Ahora que nos habéis criado entre algodones, ahora que nos habéis metido en la cabeza vuestras ideas de mierda sobre la libertad, la solidaridad, el triunfo y hasta el ecologismo, estamos hartos. No queremos trabajar, no queremos descubrir nuevas tecnologías, no queremos vivir 200 años, nos la suda vuestra ciencia, vuestra puta democracia y vuestro libre albedrío, no queremos defender ninguna patria, ningún mercado. ¿No lo entendéis? Nos dan igual vuestro progreso, vuestra política.  Lo único que queremos es saber querer y saber dejarnos querer, y a eso no nos habéis enseñado. Somos egoístas, depresivos, incoherentes y estamos perdidos. Somos el pornostéreo y la violencia en digital. Papá, mamá, espero que estéis orgullosos.

Hasta hace poco me daba la sensación que nadie se atrevía a hablar de esto. Recuerdo la decepción, pasados unos días, con Two Lovers (íd., James Gray, 2008), una película que me parece sensacional, pero donde el deseo tiene todavía un carácter moderno, burgués, incluso moral. Nada que ver con nosotros; es poco más que la versión mejorada de una película de Chabrol o -siendo menos bondadoso-, incluso de Woody Allen. Una versión de Match Point (íd., Woody Allen, 2005) que, aunque infinitamente superior a ésta por saber representar el salto entre deseo y hambre en paralelo al conflicto entre una forma representativa clásica y otra contemporánea, no deja de relatar un conflicto burgués que desemboca en un reto intelectual: el que Phoenix, mirando directamente a cámara, lanza al espectador: ¿qué habrías hecho tú en mi lugar, hijo de puta, tú que te sientas ahí a mirarme? Es un conflicto muy moderno, una cuestión sexual, esto es, de poder.

Aprendí pronto a despreciar a Woody Allen, el ídolo de todo esto, con sus cuestiones simbólicas, sus personajes bipolares que negaban cualquier posible heroísmo, pero sigo creyendo que el cine más parecido a nosotros sólo puede estar en los 70. Si no en él, en Cassavetes, en Eustache, en Polanski, en Herzog, en Argento, en Carpenter, en Waters, incluso en Zulueta. Entonces, como en nuestros días, todo era el reflejo bestial de una decepción, no tanto de una crisis como de una decepción. La de todas las promesas que sus padres les hicieron y que estaban condenadas. Y, buscando algún reflejo de los 70, descubrí a nuestra generación en el mumblecore.

El mumblecore es un reflejo bastante fiel de la forma en que todos los ámbitos del pensamiento político, orgánico, social o intelectual del tiempo de las ideologías han fracasado y, mientras todos hablan de la crisis, de lo mal que van las cosas, del futuro que nos espera, nosotros sólo queremos que nos dejen en paz. Lo voy a poner en mayúsculas, si no os importa: DEJADNOS EN PAZ. En este aspecto, el abanderado de la generación mumblecore, Aaron Katz, es bastante inocente.  A pesar de la melancolía de toda su obra están esos finales indulgentes y está, sobre todo, esa última película, Cold Weather (íd., Aaron Katz, 2010), en la que reconcilia  a su generación con la emoción recuperando… ¡el cine de género! Unos chavales hastiados, sin rumbo, encuentran un sentido para sus vidas insoportables cuando se ven inmersos en una trama de thriller. Lo que queda al final es la imagen de una posibilidad de escape, de una historia para nosotros. Aunque probablemente me equivoque y, en realidad, sea la película más pesimista posible porque sitúa nuestra escapatoria en un punto imposible. Somos conscientes de que esa trama de thriller es una falacia y, sin embargo, Katz juega a darle coherencia con su cámara, entra en el juego de su propia paranoia y nosotros también entramos. Por un rato nos hace felices, y eso es muy cruel.

Hace unas semanas descubrí la más clara y directa de nuestras películas, de las películas que ya deberíamos llamar sólo nuestras, como los hijos de los 90 pudieron hacer con Slacker (íd., Richard Linklater, 1991) y los hijos de los 70 con Una mujer bajo la influencia (A Woman Under the Influence, John Cassavetes, 1974). No la conocéis todavía, casi nadie la ha visto, se llama Luke & Brie Are on a First Date (íd., Chad Hartigan, 2008) y es poca cosa, casi nada, casi un mumblecore de los peores. Y también es una puta maravilla de contención y síntesis, donde dos personajes no pueden liarse porque saben que no podrán quererse, porque están demasiado perdidos y, entonces, hablan de lo poco o nada que tienen por hacer, de las pocas razones para estar en un sitio preciso, haciendo algo, buscando un futuro, creciendo. Como siempre en el mumblecore, hacen esas cosas sin mucho sentido: pedir un préstamo para un coche que no necesitan y que no podrán devolver, comprar una pizza gigante que no saben cómo comerse o contar anécdotas para ridiculizar a un amigo delante de desconocidos. En medio de todo esto, él, que es un clásico perdedor, quiere conquistar a la chica pero sin demasiado ímpetu, y ella se hace la dura. Pero ni él es tan perdedor ni ella es una femme fatale, ni ligarán jamás, ni siquiera entienden por qué esa cita, para qué sirve, qué espera el otro de ellos. Simplemente están solos y eso es todo. En medio de una fiesta aparece un escritor al que le va muy bien, objetivamente bien en ese mundo que ya no nos interesa. Por un rato vemos cómo para ella es una salida imposible: el hombre triunfador al que admira por encima del hombre perdido. Nos cae muy mal ese personaje pero es por simple efecto de reacción, no hay mitos, las imágenes no pueden adquirir unos valores. Es virtual.

Esta es la gran diferencia entre un mumblecore y una película como Two Lovers: la definición de imágenes míticas, más allá de su perversidad. El cine de Gray es importante por la forma en que redefine la mitología del siglo XX, primero la niega y luego se reencuentra con ella en imágenes de una emoción antigua, ritual: los hermanos que hemos visto odiarse diciendo amén al tiempo en La noche es nuestra (We Own the Night, James Gray, 2007), o el hombre que busca con desesperación a la mujer que desea en un piso superior de su edificio de apartamentos, y ella aparece ahí, inmensa en la altura, como una Vírgen con los pechos fuera. Una iconografía elemental que puede definir algo de lo que nos sustenta por el mero hecho de ser mito. Justo lo contrario del préstamo, la pizza o la anécdota de Luke & Brie Are on a First Date, que apenas sirven como elementos de dispersión del flujo de la historia, del deseo. No hay verdadera conciencia de salida o desenlace, pero a un nivel en que el mismo planteamiento de la película es un intercambio isocórico entre acciones, donde nada cambia ni tiene pinta de ir a cambiar. Destruidos los mitos, fin de la narración.

Pero queda algo más: el fin de la iconografía ritual es una farsa. El ateísmo es una farsa. La pérdida de la inocencia es una farsa. En su momento, la lucha de clases fue el nuevo catolicismo, luego la ideología fue la nueva lucha de clases, luego la globalización fue la nueva ideología, poco más que una forma refinada de catolicismo. No es que los mitos hayan desaparecido –seguimos siendo iguales que hace mil años, no nos engañemos-, es que los hemos transformado en pensamiento emocional. Emocional, digo, porque no hay nada más gracioso que esos filósofos que afirmaban en el siglo pasado que la ciencia era una suerte de nueva religión cuando la idea de Dios y la ciencia han ido de la mano desde el origen del pensamiento. Emocional, porque estamos de vuelta de unas cuantas décadas prodigiosas, de las que ahora no podemos más que reírnos. No, no, no, no, eso no son los iconos. Los iconos son todas esas cosas que –para quitarnos la culpa que cada uno de nosotros tenemos-, decimos que están en crisis señalando muy alto, igual que los estadounidenses, después de la II Guerra Mundial, empezaron a ver OVNIS en todas partes (un verdadero fenómeno de masas) porque necesitaban encontrar algo más poderoso, más grande que la culpa bestial del otro holocausto, el democrático, que ellos mismo emprendieron. En las películas que cito, como en la cabeza de los estadounidenses, mito, ciencia o realidad sólo se han superpuesto, generando una nueva iconografía. Lo que mejor se nos da a los humanos para creer que avanzamos.

Y al fin, este es el mundo que nos habéis regalado, queridos adultos. No os confundáis, no conseguisteis nada, apenas causas y efectos reproducidos en la misma figura. Apenas habéis sabido destruir nuestra capacidad de combatir. Por fin vivos en el mundo virtual, farsa y realidad son, para nosotros, una sola cosa, o la realidad es híperfalsa y la farsa es un hiperrealismo, algo por el estilo. Es la época del hype.

Definir el hype es importante. Hype: hipérbole, pero también demostración de poder, máscara. La distancia entre el hype y el poder antiguo es, precisamente, el mito. Por qué llamamos hype a Lana del Rey y no a cualquier monarca autoritario de hace unos siglos, es una simple cuestión de herencia. El mundo tardó mucho en definir sus símbolos, y poco en destruirlos. Todos nuestros problemas nacen del fin de aquello que, aunque estúpido o inmoral, era cierto. El flujo de las imágenes que nos marcan, que admiramos, se ha vuelto muy complejo. Obtenemos de la destrucción lo que no somos capaces de obtener de la certitud.

Amor y robo (Love & Theft, Andreas Hykade, 2010), es la reflexión más precisa que conozco sobre esta idea, quizás después de Film Socialisme (íd., Jean-Luc Godard, 2010). Pero la de Godard es una película demasiado turbia, demasiado compleja, que se arrasa a sí misma una y otra vez para representar su propia cualidad de icono imposible. El corto de Hykade es mucho más básico, también más demostrativo cuando parte de unos versos de In the summertime de Dylan que dicen:

Todavía llevo el regalo que me diste,

ahora es parte de mí, lo he apreciado y lo he guardado,

me acompañará a la tumba

y luego a la eternidad.

No hay mucho más que decir después de esto. En las idas y venidas de un solo personaje que muta, se destruye y cambia, dejándonos de vez en cuando un frame que conocemos perfectamente, que nos lleva a un símbolo perfectamente inserto en el cerebro, se celebra el final de la mitología conocida, la necesidad de poner en duda su integridad hasta que no podamos llegar más lejos. Eso es muy cruel, pero quizás haya que obtener una última imagen feliz. “Lo he apreciado y guardado”, canta Dylan. Quizás, cuando demos la próxima vuelta de tuerca, cuando constatemos otra vez el mundo a través de lo cierto, cuando, como venimos previendo, vuelvan a vencer el nacionalismo, la empresa, la configuración técnica, cuando la política vuelva a imponerse a la libertad y las imágenes adquieran nuevos valores de importancia, volvamos a ser felices. Probablemente sea eso lo que queramos, un mundo igual que el de antes, del que puedan sacarse conclusiones, que no siga la deriva de Luke & Brie Are on a First Date, que no cambie como los símbolos de Love & Theft. Que vuelvan las imágenes perfectas para que el mundo vuelva a ser perfecto.

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