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Spartacus: En defensa de la muerte

Llevo una semana trabajando en un parque de atracciones en Wildwood, New Jersey. Trabajo en la atracción más espectacular, un puenting pendular de 40 metros de altura, lanzando a la gente al vacío. Llegan tan asustados que muchos se echan a llorar. Son increíblemente pesados con los arneses, los cables: “Am I gonna die? Am I gonna die?”. Bastantes se arrepienten antes de caer o colapsan, y tenemos que calmar (mientras bajan) verdaderos ataques de pánico. La verdad es que la atracción no es para menos, yo tengo que testarla todas las mañanas y, cada vez que el cable me levanta despacio, me parece que es más alto que el día anterior. La sensación de la primera caída es una certeza absoluta de la muerte. Estás cayendo en picado hacia el suelo, el cable se destensa a tus espaldas y tu cabeza vuela por delante. Te vas a matar.

¿Por qué querría alguien pagar 25 dólares por la sensación de estarse muriendo? Y puedo asegurar que tenemos colas de dos horas cada noche, gente avanzando en la fila, con los ojos puestos en la altura y llevándose las manos a la boca cada vez que alguien salta. Así es como me imagino un pelotón de fusilamiento. La conciencia posterior al salto, cuando vuelves a tener los pies sobre el suelo, es de un tremendo poder. Pero no es eso lo que llegan buscando; llegan buscando el salto, ese gesto casi sagrado de la caída, porque la sensación de la muerte es algo inmenso, hermoso, algo así como definitivo. Están petrificados, mientras esperan, como estatuas, pero creo que por dentro están llenos de algo tremendo.

En la tradición, la forma más querida de espectáculo siempre ha sido la de la muerte. “No hay fiesta si no hay crueldad”, decía Nietzsche. En todas las culturas, el rito, la fiesta, surgen de la necesidad de la pérdida del Yo, de la identidad propia, de la vida. Nada más fuerte para demostrar el poder de los dioses o de los humanos que la capacidad de quitar la vida. El instante que marca la diferencia entre la vida y la muerte es algo que nos ha obsesionado siempre.

La belleza de un cuerpo agonizante, esa que Mishima concentra en el San Sebastián atravesado de flechas, tiene antecedentes por todas partes. La muerte en juventud que todavía, en nuestras sociedades ridículamente obsesas con la longevidad, nos atrae. La muerte y la belleza en un solo cuerpo, esto es, el poder de arrebatar la verdadera vida, la que se recrea en la sexualidad, en la fuerza, en la virilidad. Es la belleza de un hombre joven, de carne tierna y fuerte, deshecho por la violencia. Es el poder. El propio Mishima se entrenó durante años para poder representar esa imagen.

Sin embargo, la estructura social actual se basa en el desprecio por la muerte. No por la violencia en sus formas más refinadas, tampoco por la crueldad o la injusticia. Creemos que sí, pero no nos importa mientras la muerte no se haga explícita; inmersos en las imágenes, la muerte ahora tiene un efecto catártico: el de desplazar el foco de interés del proceso al hecho mismo, al acaecimiento, la imagen viva, fuera del alcance de nuestra culpa. Nos importan una puta mierda la justicia, la igualdad o la paz; una puta mierda. Te importa una puta mierda todo esto; todo esto, en tu cabeza, es la imagen de un hombre agonizando, una imagen que desprecias. Sólo desprecias la muerte en tanto que muerte, estoy seguro, temes sus presagios. Lo demás te da igual.

Pero es hermoso, ¿no? Un cuerpo muriéndose, dos cuerpos luchando a muerte, tensos, es lo más hermoso del mundo.

 

En su Historia del arte entre los Antiguos (1764, Geschichte der Kunst des Alterthums), Winckelmann dice:

Cuanto más serena es la actitud del cuerpo más adecuada es para expresar el verdadero carácter del alma: en todas las posiciones que se apartan en exceso del reposo, el alma no se encuentra en el estado que le es propio, sino en un estado de violencia y constreñimiento. Es en esos estados de violenta pasión cuando se reconoce más fácilmente, pero, por el contrario, es en el estado de reposo y de armonía cuando es grande y noble.

Este videoclip de Romain Gavras para Kanye West y Jay-Z terminó por convencerme de su trabajo después de meses de lucha interna. Dudaba de verdad de sus reflexiones sobre la violencia, pero ahora estoy convencido de que me gusta porque su discurso es tan simple como parece: es apología de la música como violencia, elemento ritual, verdadero movimiento donde el sentido de las palabras se pierde (música), el significado de las cosas desaparece (música), nuestra moral se desvanece (música) y somos lo que, ya todo el mundo lo sabe, más me gusta en este mundo: cuerpos. Cuerpos en su expresión más radical, la que separa la vida de la muerte. Bailando, saltando, deshaciéndose.

Si me gusta tanto es por la forma en que desacraliza la muerte, chocando con el límite de nuestra conciencia; nosotros, europeos, humanistas, demócratas, nos posicionamos en medio de un combate sin entender el porqué de la lucha. Lo que vemos es apenas el movimiento, el hecho en sí, las hostias. En el momento en que el cóctel Molotov que abre el filme toca el suelo y se convierte en música, todo se reduce a la fuerza de unos sobre otros. Y, sin embargo, es tremendamente emocionante porque representa de forma precisa cualquier salida de la desesperación contemporánea, pero lo hace evitando las imágenes de tono realista que caracterizan el cine de los últimos años, recurriendo a efectos de luz, movimiento, símbolos aparentes que no comprendemos. Devolviendo, en suma, a las imágenes, el poder que últimamente parecían estar regalando a eso que algunos llaman realidad. Éste no necesita ser tan insoportablemente bestia como su anterior trabajo para Born Free de M.I.A. –que de alguna forma me parece más importante-, para negar una posible solución a la violencia. Ni siquiera la violencia es solución de nada en sus imágenes; es un hecho, algo representable, vivo, todo lo que importa en este mundo.

Sé que hay cierto riesgo en lo que voy a decir. Si hay algo parecido a una Biblia para las imágenes del cine, sólo puede lo contrario a lo anterior: Shoah (Íd., Claude Lanzmann, 1985) o incluso La lista de Schindler (Schindler’s List, Steven Spielberg, 1993), verdadera moral concentrada en cada expresión de la violencia, películas que odian su propia existencia. Me dan mucho asco, también porque su discurso es tan simple como parece: la negación de la violencia, que también llamamos remordimiento, siempre juega en el otro bando, en la definición de un enemigo. Exactamente igual que en la guerra, pero queriendo crucificarla. Al fin y al cabo es normal, que procesos opuestos sigan procedimientos tan parecidos. Hay que ser muy poderoso, tanto que ni me lo imagino, para eliminar las trazas de la violencia; lo que cualquier imbécil puede hacer es sacralizarla, transformarla en miedo. Como los que se arrepienten en mi atracción, justo antes de saltar al vacío.

¿Pero qué pasaría si mezcláramos la aparente inmoralidad del videoclip de Romain Gavras con las reflexiones moralistas de un Spielberg? A primera vista, defender la violencia, recrearse en la muerte y, al mismo tiempo, defender los valores de la solidaridad y la libertad, parece imposible a no ser que estemos hablando de ese tipo de películas estúpidas como Braveheart (Íd., Mel Gibson, 1995), que creen estar defendiendo algo que ni siquiera se molestan en tratar de entender. Pero yo quiero hablar de imágenes poderosas, imágenes como las de Spartacus: Sangre y arena (Spartacus: Blood and Sand, Steven S. DeKnight, 2010), una verdadera Serie B de las que ya no quedan, bajo el mando de Sam Raimi y con una exquisita producción de músculos, efectismo barato y una inteligencia muy peculiar.

La historia del gladiador separado de su familia y luego alzado a la gloria del circo romano nos es familiar, pero no de la forma en que aquí se cuenta. Por un lado está la brutalidad de la representación, nada nuevo, chorros de sangre digital, miembros amputados y todo un catálogo de asesinatos explícitos. Pero por otro están los tags que recorren la serie de principio a fin: amor, honor, lealtad y, sobre todo, libertad.

Puede que libertad sea la palabra más repetida en los diálogos, la razón por la que todos los personajes combaten. Pero es una libertad antinatural, que los gladiadores deben pagar con el dinero de sus glorias. No tan distinta, al fin y al cabo, a la nuestra: una libertad sesgada ahora por los asuntos económicos, las imposiciones de las uniones monetarias y nuestra propia necesidad de consumo. Una libertad que hay que defender con restricciones, o que hay que ganarse como esclavo y sólo los más fuertes pueden alcanzar.

Es tremendo que una serie defienda los valores que creemos tener en una macedonia de sangre y brutalidad. Ningún personaje está exento de la crueldad. Incluso Spartacus, el personaje en que centramos nuestras esperanzas de salvación, se convierte en una máquina de matar hacia la mitad de la serie y pierde cualquier posible valor para alcanzar la gloria. Pero en ningún momento dejan de aparecer símbolos de la lealtad, extraños pactos para consumar venganzas, siempre en busca de la libertad. Si Spartacus: Sangre y arena me parece tan importante es, precisamente, porque representa a la perfección las contradicciones de una sociedad que defiende los valores de la paz, pero necesita de la violencia para mantenerlos. Es Europa reventando Libia para defender la democracia, la misma Europa que alimenta de armas a los gobiernos africanos y crucifica a Argentina por defender sus intereses. Ahora que han desaparecido las tensiones que nos decían que la democracia, en comparación con el comunismo o el fascismo, es buenísima, quedan pocos reductos para defenderla. Y descubrimos que nunca alcanzamos nada, que, para vivir como vivimos, seguimos necesitando oprimir a los otros y esto no es algo que se pueda solucionar. Nada ha cambiado ni va a cambiar nunca; o sí, para que siga igual. Y no soy pesimista cuando afirmo esto, todo lo contrario, la contradicción es irresoluble, pero el mundo siempre va a seguir en pie.

Porque puede que Spartacus: Sangre y arena sea una serie de una absoluta inmoralidad, pero es innegable el amor que tiene por sus personajes, por su extraña forma de mezclar la serie B más irresponsable con una suerte de lucha por los derechos democráticos. El espectador contemporáneo necesita hacer un esfuerzo para conciliar esos dos valores: el suyo propio y el que las imágenes defienden, el de la muerte. La muerte es un honor y una salida, a veces, es lo único que hay que evitar y, para ello, cualquier método es válido, incluso destruir a los demás. Al tiempo que corta cabezas, Spartacus ama y defiende a sus amigos, que no tienen raza ni pensamientos precisos. Las imágenes no saben conciliar estas ideas, pero es que nosotros mismos no sabemos hacerlo. La historia es incoherente y enfermiza, pero es que nosotros lo somos. Y, entonces, empieza una pelea. Los cuerpos reaccionan, luchan, matan. Se demuestran en el movimiento, las imágenes cobran sentido. Spartacus: Sangre y arena defiende la muerte porque defiende al hombre, más allá de cualquier valor. Es como el tipo que llega a mi atracción y se deja atar en los cables, acojonado, asciende despacio los 40 metros, espera unos segundos y luego tira de la cuerda que le lanza al vacío. Ve acercarse el suelo. Entonces no importa ninguna otra cosa; olvida todo; su propia imagen se completa ante la muerte.

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