Fins demà

La muerte de Luis XIV (La mort de Louis XIV, Albert Serra, 2016)

Hace ya más de dos años, tres meses después de que mi padre falleciera tras un cáncer fulminante, escribí este texto desde Cannes 2014, en el que hablaba de Jauja (Lisandro Alonso, 2014) y Aguas tranquilas (Futatsume no madoNaomi Kawase, 2014). Aún hoy no tengo muy claro si quiero volver a ver el film de la cineasta japonesa, puesto que no sé cómo reaccionaría ante la escena de la muerte de la madre de la protagonista, que tanto me conmocionó en su momento, por cómo consigue integrar en unos minutos y pocas imágenes las indescriptibles y numerosas emociones que se desatan ante la muerte de un ser querido enfermo. Sin embargo, y quizás también es porque ya ha pasado un cierto tiempo, tengo claro que volveré muchas veces a La muerte de Luis XIV (La mort de Louis XIVAlbert Serra, 2016), aunque es posible que por razones distintas a las que mucha gente ha recurrido para ensalzar la película.

Filmar la enfermedad, estoy seguro, sea real o ficcionada, tiene (y lo digo en el sentido inevitable pero también en el deseable) que ser algo muy problemático para cualquier cineasta: es un tema cuyas imágenes suelen pasear en la fina línea que separa la honestidad de la explotación. Ahora, por tanto, viene la parte del texto en la que no sé hasta qué punto está bien, sencillamente, que escriba lo que voy a escribir. Vi por última vez a mi padre en la mañana de un viernes, tras pasar unas horas en el hospital con él antes de ir a trabajar. Me despedí de él como era habitual (“fins demà”, supongo). La última imagen suya en vida que conservo fue gracias al típico giro de cabeza que uno hace al salir de una habitación en la que se queda algún conocido, amigo o pariente. Tenía claro que nos veríamos al día siguiente, no sentí nada especial o diferente a los adioses de otros días. Y fue la última vez. Esa noche, al salir de una sesión golfa en un multicines, vi un par de llamadas perdidas de mi madre a la una de la madrugada y, entonces sí, antes de devolver la llamada, ya supe lo que había pasado. Lo que pasó después fue una serie de acciones mecánicas mezcladas con la pena (coger un autobús, arreglarse, ir al tanatorio, etc.) que aún no me explico cómo pude realizar con tanta normalidad.

Resumidamente, esto es lo que (me) pasó el día que murió mi padre. Hasta La muerte de Luis XIV, ninguna película había ahondado en las sensaciones que tuve y recuerdo que tuve ese día, puesto que Aguas tranquilas va literalmente en sentido contrario, ya que las sublima (es decir, las eleva). Así, podría decir que la última película de Albert Serra, por extraño que parezca, es para mí algo así como la despedida que no pude dar a mi padre, o él a mí.

Siempre recordaré el momento exacto en el que conecté La muerte de Luis XIV con mi experiencia personal: ya tocando al final del metraje, pronta la muerte del Rey Sol, hay un impresionante plano fijo en el que Luis XIV mira fijamente a cámara durante unos minutos, mientras oímos la Gran misa en do menor de Mozart. Ese tipo de miradas a cámara siempre nos deben plantear cuestiones, pero el grado al que llegan Léaud y Serra al respecto es difícil de abarcar: por un lado, como bien han apuntado algunos textos, parece una réplica del mítico final de Los 400 golpes (Les quatre cents coupsFrançois Truffaut, 1959), de la que se derivan temas fundamentales como el paso del tiempo (diegético y extradiegético: la duración del plano pero también el rostro del actor) o la esencia del personaje-actor (Luis XIV, ya moribundo, como un Jean-Pierre Léaud a quien se le notan los achaques, parecen reivindicarse en esa imagen: aún están ahí, aún son presencia, aún son el Rey Sol y la leyenda viva del cine mundial). Para mí, sin embargo, y por supuesto sin dejar de lado tan interesantes y poderosas implicaciones, ese plano tuvo en mí un efecto de shock. De repente, tras haber disfrutado buena parte de la cinta desde criterios sobretodo intelectuales, vi a mi padre mirarme, fijamente. Tras Luis XIV, tras la peluca, el maquillaje, la interpretación de Jean-Pierre Léaud, ahí estaba mi padre, tirado en una cama, mirándome entre el reto y la incredulidad, con Mozart sonando. Mi padre, comunista y republicano, desdeñoso de la música clásica y fan de los Dire Straits, de alguna forma estaba en esos ojos llenos de misterio. Como si de La Gioconda se tratara, era imposible saber exactamente si en esa mirada había una pregunta (“hijo, ¿me estoy muriendo?”) o una afirmación (“hijo, me estoy muriendo”). Como cuando me hizo esa pregunta, los dos sabíamos que era al mismo tiempo ambas cosas, pregunta y afirmación, como lo sabe el monarca, relegado a un vulgar mortal, y que no obstante es capaz de aguantar la mirada a la extinción y desafiarla: “moriré, pero no del todo”, parece decirle.

A partir de ahí, La muerte de Luis XIV se transformó en algo completamente distinto a mis ojos: por encima de cualquier consideración cinematográfica, pude hacer de la película de Serra una visión íntima, inesperada por venir de ese cineasta en ese film tan alejado de todo lo que mi padre era. Eso redimensionó todo lo visto hasta esa imagen y lo que estaba por venir, y a partir de entonces, más que a cortesanos y médicos o charlatanes de la época, veía a mi familia, a los que se preocuparon más y a los que menos, a los buenos y los malos oncólogos, el hospital y los cuidados paliativos. Y sin embargo, ese relato se construía adyacente a las imágenes, justamente vaciadas de todo relato en cuanto éste tiene lugar esencialmente en el cuerpo del monarca.

El guión de La muerte de Luis XIV se escribe, y lleva escribiéndose desde hace 70 años, en el cuerpo de Jean-Pierre Léaud. Bajo y algo regordete, su figura estirada produce un poderoso contraste con los altos techos del palacio y la verticalidad de quienes le rodean junto a su cama. De la misma forma, el relato del rey parece transcurrir paralelo al de la Francia que ha gobernado a su antojo durante décadas: mientras las guerras siguen su curso y sus consejeros siguen buscando las directrices maestras del Rey Sol, éste ya está lejos del Estado, y las grandes cuestiones son acariciar a sus perros, ingerir unos pequeños dulces (qué imagen tan brutal para mí aquella en la que el rey no puede tragar más que unos trocitos) y, poco a poco, ir profundizando en su relato, el de su muerte, hasta hacerlo sólo suyo. Jean-Pierre Léaud habló durante la presentación de la película en la Filmoteca de Catalunya de la conquista final de Luis XIV fue ser amo de su silencio. Esto lleva a la imagen de la mirada fija, inescrutable en términos verbales, de la que hablaba anteriormente, y de cómo el rey va poco a poco diciendo menos y menos porque, como en Shakespeare, lo demás es silencio. El relato histórico sigue su curso, porque Francia siguió existiendo tras Luis XIV, igual que mi familia no desapareció tras la muerte de mi padre, pero a Serra le interesa, como a mí me interesó, ese otro relato, el del cuerpo en deterioro, el del silencio que el monarca le arrebata a la muerte y con el que antes de partir se comunica con las imágenes. El silencio transforma al Rey Sol en un hombre más, conquistando la intimidad que la Historia le negaría, y a partir de entonces se abren ante nosotros un sinfín de posibilidades: el rey, el actor, el personaje, el amigo, la autoridad, el padre.

En su tramo final, tras ese plano-cumbre que es la mirada a cámara de Louis-Léaud, La muerte de Luis XIV se vuelve una película inexplicable y aún más misteriosa, hasta el punto que, ya silente pero aún vivo el rey, uno puede preguntarse qué sentido tiene todo aquello, cuando es de hecho toda la parte final, en la que cortesanos y consejeros comienzan a actuar como si Luis XIV ya estuviera muerto, la que dota de un espesor polivalente a la película. El relato histórico, el protagonizado por los vivos, sigue paralelo al relato íntimo y personal del monarca, quien ya habla únicamente para sí mismo, respetando Serra ese misterio que es la experiencia de la muerte, observándola con curiosidad, concentración y un inesperado humanismo.

Tras La muerte de Luis XIV, el relato sigue, aparentemente de forma innecesaria, unas escenas más, en las que vemos el luto sincero de la corte y a los médicos practicando una sanguinolenta autopsia al cadáver del Rey Sol. Vísceras silentes, desmitificadoras. Resulta que Luis XIV, por dentro, era como cualquier otro hombre, y así lo refleja con sorna la última frase de la película, pronunciada por uno de los médicos que no pudieron salvarle la vida: “La próxima vez lo haremos mejor.”

Pero él, mirando fijamente su cuerpo inerte, sus vísceras, parece desafiar: “Moriré, pero no del todo”. Y así fue.

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