Sitges 2017: El exorcista (William Friedkin)

El exorcista (The exorcistWilliam Friedkin, 1973)

William Friedkin, a sus 82 años, camina con una cierta dificultad, pero lo compensa con una agilidad de lo más curiosa: es capaz de levantar una rodilla y apoyar el pie a una altura considerable, como si se tratara de la mismísima Regan. Tampoco se corta un pelo al expresar sus ideas, lo que quedó plenamente demostrado en el Q&A posterior a la proyección de su legendaria El exorcista (The exorcist, William Friedkin, 1973). De entre todo lo que dijo Friedkin, destacaron dos momentos: su reflexión sobre la religiosidad de la película (ya tratada en la entrevista que aparece en el periódico del festival) y el relato de cómo contrató a Linda Blair para interpretar a Regan. Ambas cosas van muy unidas, algo que fue remarcado por el propio director. Tras muchas audiciones, Friedkin comenzaba a estar seguro que tendría que contratar a una chica de más edad para hacer el papel de la niña de 12 años, puesto que a causa de la naturaleza del mismo era algo peliagudo recurrir a una intérprete tan joven, más en 1973. Un día, en el número 666 de la 5a Avenida de Nueva York, donde estaba la oficina del cineasta, se presentó una chica de 12 años con su madre y su hermano. Pese a no tener cita, preguntaron si podían ver a Friedkin, a lo que éste accedió. El director, en presencia de la madre y el hermano de la niña, le dio a leer una de las páginas del guión donde Regan soltaba algunas de las más célebres blasfemias de El exorcista. Viendo que Linda no mostraba el más mínimo asombro ante lo que tenía que leer, Friedkin le preguntó: “¿Sabes qué significa masturbarse?”. “Claro, meneársela”, soltó Linda. “¿Tú lo haces?”, respondió un alucinado Friedkin. “¿Usted no?”, espetó la niña.
El director comentó el motivo que le hizo tener claro que esa chica tan joven podría interpretar a la perfección a Regan: tuvo la seguridad que, debido a su inteligencia y madurez, la brutal experiencia no le destrozaría la vida, algo que sí hubiera sucedido con todas las otras candidatas de su edad. Esta historia contrasta mucho con otras relaciones director-actriz en las que el cineasta no ha tenido reparos en utilizar cualquier medio para lograr el bien superior que es su película, y liga mucho con otra pregunta que se le hizo a Friedkin: “¿Cree que a Jesucristo le gustaría su película?”. En primer lugar, el director vio imposible responder a la pregunta, pero cuando, tras un rato, contó la historia de Linda, reflexionó que quizá sí que a Jesús le gustaba el film dado que la aparición del ángel-actriz Linda Blair fue como caída del cielo.

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Para su director, El exorcista no es un film de terror sino una película religiosa sobre el misterio de la fe. Ateniendo a sus imágenes, es difícil no estar de acuerdo con la afirmación. Los salvajes momentos de terror son en casi todos los casos una especie de punto y seguido en el metraje, que sirven como momentos de iluminación y visualización de todas las cuestiones que subyacen en las imágenes. Quizá, en lo estructural, el mejor ejemplo de ello es la escena en la que el detective acude a casa de Regan para hablar con su madre sobre la muerte del director de la película en la que actúa ésta, quien al parecer cayó desde la ventana de la habitación de la niña. Ambos mantienen una larga conversación (unos 7 minutos) sobre los sucesos de aquella noche y sobre la enfermedad de Regan. Tras la conversación, se emplazan a volver a verse cuando la niña esté mejor. En cuanto el policía sale de la casa, la madre de Regan escucha ruidos que provienen de su habitación, y cuando entra en ella tiene lugar el famoso momento en el que Regan gira su cabeza 360 grados, que apenas dura unos segundos. Friedkin entrelaza de forma brillante y sintética lo que en tantas otras películas es puro proceso rutinario: mientras que en éstas hay un rechazo a la ciencia o la razón, que no pueden solucionar la situación, para abrazar la religión, en El exorcista son ciencia y razón las que sugieren la religión como posible solución: si la mente de Regan se siente poseída, quizá sólo un exorcismo pueda curarla. No hay, como en casi todo el cine del género, una adhesión incondicional a los rituales que tienen lugar, sino una observación entre curiosa e insistente: no se tiene, por ejemplo, la sensación que todo el proceso médico sea un mero trámite camino del exorcismo, sino que Friedkin filma con el mismo cuidado por el proceso la punción a Regan que el exorcismo. Quizá lo más desasosegante del film sea justamente que la incisiva mirada, a ratos salvaje, no viene acompañada de ningún tipo de explicación: ni de la relación entre Merrin y el diablo, ni del porqué de la posesión de Regan, ni de la soledad de su madre, ni del sufrimiento extremo de Karras. Todo esto se muestra en la figura del policía, quien no por casualidad es el personaje más perdido de la cinta. Habitualmente, el recorrido de una película de posesiones es resolver todas las dudas planteadas arriba, pero pese a que Friedkin pausa el ritmo hasta lo indecible, dedica el tiempo a filmar un sufrimiento de corte existencialista, nunca trata de razonarlo causalmente.

Quizá esa valentía por mostrar el horror que subyace en nuestras vidas (esa niña en descomposición total en una casa idílica) es lo que provoca que muchos escondan a El exorcista bajo la alfombra de lo efectista. Como antes he comentado respecto a la escena de la visita del detective, los momentos de terror como tal son bastante residuales en una película que se mueve de forma mucho más clara en la temática del desasosiego existencial. Sin embargo, durante la proyección del film dio la sensación que muchos habían acudido a la misma para jalear y ulular esas imágenes entre consecuenciales y residuales (donde la película termina y se pudre), obviando todas las que llevaban hasta ellas, como si fueran un mero trámite y no el verdadero cuerpo del film, y como si El exorcista se pudiera reducir a un greatest hits del efectismo: los insultos, la masturbación con el crucifijo, la bajada por las escaleras, etc.

Los gritos de estas personas parecían replicar los quejidos y rugidos de Regan, esa esencial ausencia de palabra. Al final, la verdadera lucha de El exorcista parece la del rotundo silencio que impone el terror existencial (esas imágenes totalitarias que rompen escenas y vidas vertebradas por una tensión insoportable, como la visita del policía, con el horror latente a un par de puertas) con la palabra que intenta hilvanar una voz que lo combate con fuerza. El bien y el mal son conceptos demasiado vulgares para Friedkin, quien construye el exorcismo final en base a la oposición entre los berridos e imágenes violentas de Regan y la imponente quietud de la palabra de dos curas que, pese a ocupar todo el espacio de una habitación diminuta, parecen minúsculos contra la atávica violencia que tratan de aplacar. Durante la proyección de El exorcista, desde la platea también se vivió esa lucha entre palabra y silencio, lenguaje y alarido.