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夕焼け (yuuyake)

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El artículo fue publicado el 29 de octubre de 2014. Guardado en Calidoscopio. Etiquetas: , , , .

A partir de un fotograma de La tumba de las luciérnagas (Hotaru no Haka, Isao Takahata, 1988).

 

Todos recurrimos al atardecer, es un lugar muy transitado, común, más por quienes intentan capturar la luz. Son hipnóticos, su luz embelesa porque es la imagen de la mayor fuente lumínica que conocemos muriendo, en rojo y naranja.

 

Recuerdo en mi niñez caminar por la calles de algún pueblo tropical, era la «hora mágica» y mi sombra sobre el camino se alargaba y me seguía. Mi imagen era gigante ¿una premonición de cómo seré? El hecho de ver mi figura como un ser alto ya era suficientemente satisfactorio. En esas caminatas siempre recuerdo estar acompañado de mi familia, todas las sombras caminaban juntas, me gustaba hacerme al frente y ver la mía ser la más alta. Compararme con los adultos, usarlos de modelo, hoy hago lo mismo, sólo que con una cámara.

El atardecer transforma las sombras en desfiguradas siluetas reconocibles, al deformarlas las falsea, las hace relevantes, diferentes. Como los fotogramas.

Hay otro atardecer en mi memoria, uno que recuerdo con más brusquedad, el de Hotaru no Haka (La Tumba de las Luciérnagas, Isao Takahata, 1988). En la escena los hermanos quedan solos y el atardecer hace del plano nada más que sombras y líneas. Es un dibujo, estoy viendo un dibujo, una pintura en movimiento que se siente tan real y verdadera como el recuerdo de mi sombra. Posiblemente esa imagen me afectó de ese modo porque ya la conocía anteriormente. Reinterpretada. Por la época en que medía mi sombra, el mismo género de la película de Takahata dominaba la TV infantil en Latinoamérica, lo último que veía antes de dormir era el anime de Hideaki Anno. En una escena, al atardecer, el protagonista y su padre visitan la tumba de la madre, las sombras de las lápidas japonesas se enlazaban y formaban cruces. De nuevo la escena era una familia y el ocaso. Llegué a Takahata mucho después y el resultado fue el mismo. Otro atardecer sobre una familia despedazada. El dolor adopta a la sombra.

Felipe Perea

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