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12 años de esclavitud y Gravity: Los negros

Información

Título original: Gravity
Director: Alfonso Cuarón
Año: 2013
Reparto: Sandra Bullock, George Clooney, Phaldut Sharma

Título original: 12 years a slave
Director: Steve McQueen
Año: 2013
Reparto: Chiwetel Ejiofor, Michael Fassbender, Lupita Nyong’o, Benedict Cumberbatch, Paul Dano, Paul Giamatti, Sarah Paulson

Detalles

El artículo fue publicado el 9 de abril de 2014. Guardado en Actualidad. Etiquetas: , , , .

Casi al término de una de las mejores escenas de Django desencadenado (Django Unchained, Quentin Tarantino, 2012), el retorcido Calvin J. Candie muestra al Dr. King Schultz y a Django la espalda llena de marcas de latigazos de su esclava negra Broomhilda Von Shaft, a la postre esposa de Django, aunque eso Candie aún no lo sabe. Tarantino corta a un planto detalle de la espalda de Broomhilda y, en un momento dado, siguiendo con el dedo las cicatrices, Candie espeta: “¡Mire eso doctor! ¡Es como una pintura!”. Esa imagen me remite inevitablemente a la obra de Jackson Pollock, a esas líneas que quizá son ante todo la respuesta automática del cuerpo y la materia a una alteración brusca de la continuidad espacio-tiempo, no en un sentido psicológico sino histórico, como si Pollock, su pintura y su lienzo fueran lo que hay al final de Candie, su látigo y su lienzo. Al fin y al cabo, ambas obras, Broomhilda y No. 5, 1948, son la visualización de la ira de su creador, de sus impulsos, la consecuencia del movimiento de sus manos y aquello que empuñan, espacios de interpretación de batallas de almas. Visionar una película es ante todo interpretar uno de estos espacios y, por lógica, dirigirla ha de ser actuar en él; un director que no actúa sobre su espacio, que no ejerce presión sobre el mismo, está atado a un simple paseo superficial, jamás se adentrará en la oscuridad, jamás realizará una película de terror.

Dos de las películas que más han dado que hablar recientemente, 12 años de esclavitud (12 Years a Slave, Steve McQueen, 2013) y Gravity (íd., Alfonso Cuarón, 2013), poseen esa capacidad de polemizar justamente porque son films de terror, que actúan en espacios oscuros y lúgubres, limítrofes. La diferencia entre reaccionar ante esos espacios y simplemente retratarlos es lo que marca la línea entre las últimas obras de ambos cineastas y su trayectoria previa, exquisita pero demasiado deudora de una predeterminación, formal en el caso del escocés y religiosa en el del mexicano, que los convertía en paseantes de la frontera entre lo dramático y lo terrorífico, terreno este último en el que se han adentrado de pleno. No obstante, el terror que McQueen y Cuarón practican no es tanto el de la oposición (a un psicópata, a un fantasma, a un demonio, a un virus, etc.) como el de la privación, y concretamente el de la privación de algo conocido y absolutamente experimentado por todos aquellos que nos encontramos fuera del espacio de acción del film y, aún más importante, algo conocido y absolutamente experimentado por sendos protagonistas de ambas obras, habituados a vivir fuera del mencionado espacio hasta que dan comienzo las películas. En 12 años de esclavitud, un hombre negro estadounidense nacido libre es raptado, separado de su familia y retenido como esclavo durante más de una década; en Gravity, una astronauta se encuentra a la deriva en el espacio tras un catastrófico accidente debiendo regresar a la Tierra. Lo aterrador de ambas premisas es ser testigos de como algo tan esencial como la libertad y la gravedad puede ser arretabado en un santiamén, cómo dos personas deben verse sometidas a actuar sin algo que hasta ese momento les había sido indispensable, algo que había crecido con ellos y en ellos. La libertad y la gravedad, eliminadas de un plumazo, son los dos conceptos suprimidos de la ecuación que conformó en un tiempo arrasado un espacio de acción diferente, irreconciliable con el sistema que ambas películas proponen. En cierto modo, pese a la distancia que las separa, las dos comienzan de modo similar: un agradable y armónico paseo espacial en Gravity y la promesa de un futuro próspero y rico en 12 años de esclavitud. Con la privación de los conceptos clave, las películas emprenden recorridos diferentes siempre con una idea en sus imágenes: ir hasta el fondo de esa ausencia, que la falta de libertad y gravedad sea palpable y progresiva, tanto que lo insoportable de habitar esos espacios lo sea tanto para los protagonistas como para el espectador. Es decir, Cuarón y McQueen asumen un grado de compromiso tan alto en la penetración de sus respectivas zonas de acción que finalmente ese compromiso es trasladado también al espacio de interpretación: vivir en esas películas es algo tan extremo como visionarlas.

El compromiso no es tanto de índole ética o estética sino cromática, ya que ambos cineastas bucean en sus espacios a la búsqueda de un color que romper, el negro, para poder llegar a la esencia de la materia opaca, imposible de abordar desde la mera observación. Mientras Cuarón se acerca a dicha brecha mediante lo extático, el asombro ante la infinitud de la negrura, el miedo y el respeto, situando a su astronauta tan al límite de la desaparición que su presencia, su cosificación ante la nada, es rotunda y circular, órbita y elíptica, McQueen lo hace a cuchillo, fascinado por la oscuridad dermatológica e infernal de dos mundos, el de los esclavos y los amos, tan distantes como la Tierra de lo que la rodea, detallando sus procesos, su lógica medieval, su justificación atávica, su explicación económica. Gravity posee el fanatismo por ir más allá de Dios revestido de desafío tecnológico-artístico que atisbamos en la enloquecida mirada de un Calvin J. Candie, mientras que 12 años de esclavitud tiene mucho del automatismo ritual, el dejarse ir teniendo muy claras las leyes más antiguas que el mundo, que podemos rastrear en las pinturas de Pollock. Es sencillo detectar el funcionamiento de ambos acercamientos al negro, sin duda el color más definitivo, ya que Cuarón concibe la oscuridad arreferencial, ya desde el momento que usa el 3D, como un espacio envolvente e irrompible, transitable a la búsqueda de un sentido ante el terror al que es sometido la protagonista que no encontrará respuesta en el color circundante sino en las entrañas y los lejanos ecos que desde el resto de colores, la Tierra, la llaman a casa. No hay nada en la negrura, nada más allá del cuerpo de la protagonista que rompe su continuidad cromática, que Cuarón muestra con una majestuosidad reverencial, afirmando la presencia del punto blanco en la oscuridad, su corporeidad, su esencia, resaltando la importancia de la existencia y el aliento por mucho que el sentido de éstos sea únicamente el contradecir a la nada absurda y radical que nos rodea por todas partes. McQueen no opone a su esclavo a la nada, sino que le infecta con ella, le da el color, su color, el negro, que lo marca como prescindible, que lo erige en material (in)digno de ser vejado, propicio a ser desangrado, acuchillado, flagelado, violado, ahorcado y comerciado, material de derribo, una mancha en los bellos y blanquecinos paisajes de algodón de Louisiana, y se dedica a recrearse, como si de un slasher se tratara, en cada una de esas acciones, esos movimientos destinados a borrar el color negro del mundo no sin antes desangrarlo como es debido, como al más detestable y fuerte de los cerdos. Si en Gravity es Cuarón quien observa a Ryan vagar por el espacio, en 12 años de esclavitud es Solomon Northup el que asiste, con sigilosísima paciencia y clandestina dignidad, a la ira de McQueen, un alarido ahogado por litros de sangre, un grito en el vacío estelar, unas órbitas reventadas, una venganza autoinfligida, un encadenamiento de 12 años por esa voz que nadie oyó. Porque Solomon Northup dijo “soy un hombre libre”, y el cuervo le espetó: “Nunca más.”

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