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Atlántida Film Fest 2014: Los detectives salvajes

El mes pasado aparecía el último tema de Yandel con Daddy Yankee, Moviendo caderas. Es una especie de 8 ½ del reggaetón, una poética tardía del género: la violencia del sexo y de la fiesta pero también la música como medio agente de la felicidad. Entonces entendí por qué me ha gustado tantísimo el reggaetón desde la adolescencia (desde que el mismo Yandel, con Wisin y Aventura lanzara en 2005 Noche de sexo, sin duda la canción más importante de mi vida).

YandelEl reggaetón es una música fundamentalmente anacrónica. Ha accedido a ese estado trabajando ritmos de nuestro tiempo para relatar tópicos de un tiempo pasado o suspendido, amores medievales y gestas de honor. En última instancia todas las canciones de reggaetón hablan de la redención. Redención de un cuerpo generalmente triste en una discoteca donde los milagros de la música y el deseo lo devuelven a la vida. Nuestro Orfeo y Euridice.

He pensado en esto sobre el Atlántida Film Fest. He pensado en cómo, al tiempo que presume de ser un festival pionero en las formas de distribución de Internet, presenta un cartel que sigue vinculado al sistema de producción del puro cine de autor moderno, a los 90 minutos de la sala, a las fórmulas de lo indie o el low cost. Es un anacronismo en la línea del tratamiento que se está dando a películas sorprendentemente conservadoras que están marcando la teoría de nuestro tiempo como Frances Ha, La vida de Adèle o El desconocido del lago. Un conflicto profundo entre la herencia y la novedad que me parece por ahora lo más emocionante del Atlántida.

 

 

 

Queridos compañeros y draconiano Vicente,

Escribo estas líneas desde el aire, haciendo una de las cosas que más odio: volar. La incomodidad y el desasosiego son mis compañeros siempre que estoy en un avión, supongo que por aquello de mantener los pies en la tierra. Bien lo saben los que me conocen, que no me gusta vivir arriesgadamente, y seguramente por eso disfruto tanto viendo a tipos que se juegan la vida a cada pisada; pilotos de Fórmula 1, pintores y cineastas especialmente. Persiguiendo lo inalcanzable (la calma en la velocidad, la imagen en el tiempo, el tiempo en la imagen…), los que realmente son grandes en lo suyo tienen la valentía de encontrar algo permanente en lo inasible. ¿No crees que algo de todo ello hay en tus medievales caballeros reguetoneros? Mientras que tú amas el salvajismo de esa música latina que evoca unas conquistas de otro tiempo, emprendidas contra viento y marea sin importar el éxito, yo prefiero la precisión de quien sabe que un error lo puede arrastrar al abismo, la sensatez de quien es temeroso de Dios. Probablemente tú no temes a la muerte que a mí me aterra, ¿te gusta volar?

Percibo en el Atlántida Film Festival esas tensiones internas que muestran una querencia por el riesgo y el atrevimiento poco habituales en otros certámenes mezclada con la política del ‘jugar en casa’ que aporta el hecho de ser un festival online. Filmin tiene el valor de meterse en las casas de muchos internautas y proponerles enfrentarse a cuatro horas de Frederick Wiseman, 120 minutos de Donald Rumsfeld a mentira por segundo o los saltos sin red de los chicos de Canódromo Abandonado. Por desgracia, ese carácter hogareño, de gente del Born o Chamberí reunidos con sus palomitas y manta a golpe de selfie, puede provocar que el esfuerzo y el riesgo programáticos queden en agua de borrajas a causa de la seguridad que da el ser rarito en casa propia. Quizá al Atlántida le sobra sabiduría y le falta hostiarse en la calle.

Termino, cobarde como soy, como Vicente, hablando de lo nuevo de Alain Guiraurdie. El desconocido del lago es justamente esa película que, como apertura de un festival como este, puede ser una brújula sobre hacia dónde debe dirigirse lo online. El protagonista, un joven homosexual que pasa el verano yendo a un lago donde los gays se reúnen para mirar, follar o simplemente pasar el día, goza de la estival seguridad de la luz del sol reflejada en el agua y humedeciendo su mirada. Pese a lo bizarro de la situación, a fuerza de costumbre todo se normaliza, hasta que entra en escena Michel. Ese rudo machote, que inquieta por todas partes al protagonista, lo lleva a jugar fuera de su terreno. Y entonces aparece la vida, y la muerte, y la oscuridad que también se refleja en el agua, y XXX, aterrado, descubre que por fin ha alzado el vuelo.

 

 

 

¿Pero qué le pedimos al Atlántida Film Festival?

[comienzo así, in media res, ya que de momento no encuentro manera alguna de hilar con mi intervención que ando enchufado al Death speaks de David Lang, salvo quizá por el pánico a la muerte que citaba Sergi y que yo comparto punto por punto dependiendo del día]

¿Pero qué le pedimos exactamente al Atlántida Film Festival? Voy a trazar una línea en otra dirección, la del terruño y la desesperación de los que por zona geográfica, edad, tiempo o pasta vivimos atrapados en bucles existenciarios que no nos permiten desplazarnos a otros festivales, a salas de arte y ensayo, a filmotecas que tengan huevos de no programar películas que les gusten únicamente a las señoras mayores que apestan a pachulí, perlas, calle Génova y van a la sala a pudrirse suspirando necrófilamente por la sonrisa perdida de Paul Newman.

¿Pero qué le pido exactamente al Atlántida Film Festival? La posibilidad de la imagen, la posibilidad del paréntesis, de pasar una tarde encerrado mirando la pantalla con los ojos desencajados y sentir que la relación entre un cierto cine [moderno, pero no únicamente, no seamos tampoco injustos] y un cierto pensamiento [el mío] puede seguir trenzando hilos.

En general, intento pasar por alto todo lo que huele a cine moderno en el Atlántida –hay un aspecto de customización de la experiencia, de poder paladear casi sin prisas algunas cintas-, y centrarme en las películas extrañas y extrañadas, peligrosas, las que están en las lindes mismas del Atlántida. El hecho de chutarse La tumba de Bruce Lee –como el año pasado me ocurrió con Mi loco Erasmus– me permite seguir a este lado de la experiencia cinematográfica, esto es, al lado de la imagen superviviente.

La tumba de Bruce Lee

No nos engañemos: la gente tiene que comer y la futura maripepi-pudridero de filmoteca también tiene derecho a disfrutar de una prenecrofilia en streaming. Pero el hecho de que podamos salir de nuestra experiencia –que probablemente no es, digamos, la programada por la propia lógica exhibidora del Festival- con enorme satisfacción ya está diciendo algo bueno.

 

 

 

 

 

 

Atlántida Film Fest, no se diferencia mucho de los festivales con una sede física: todos son una especie de contenedor donde se exhibe parte del inmenso magma cinematográfico que se vende en los festivales “fuera de categoría”. Viendo la ingente cantidad de películas que pueblan cada una de las secciones de todos los festivales, me pregunto sino sería mejor dejar de exhibirlas en su totalidad, para mostrar solamente algún fragmento representativo de lo que podrían llegar a ser, bien sea de manera aleatoria o siguiendo un criterio concreto de corte. Sin duda que disponemos de poco tiempo para ver y pensar la descomunal cantidad de imágenes que acogen. Y creo que solamente podremos formarnos una opinión valida sobre las películas tomando una distancia con los festivales, saliendo de las modas que propone. Porque al final, un festival no es más que un espacio donde se confiere un valor añadido a películas, por lo general, bastante “normales”. En este Atlántida Film Fest tenemos bastantes ejemplos en todas sus secciones. De lo que llevo visto señalaría Noche (Leonardo Brzezicki, 2013) y The kings of the summer (Jordan Voigt-Roberts, 2013). Es decir, cine clásico de autor en su acepción más canónica.

Todo esto suena bastante idealista: sin duda nunca llegará a pasar. Así que en este Atlántida Film Fest voy a comenzar a utilizar una estrategia que aplicaré a todos los que acuda. Está claro que existen películas que vienen señaladas de antemano para ser vistas íntegramente: Dolan, Wiseman, Canódromo Abandonado… El resto, sino me interesan, dejaré de verlas a los 10 minutos exactamente. Entonces, hablaré de lo que sucede en ese minuto concreto de metraje. Ni más ni menos tiempo. Pero la intención no es describir lo visto, lo visual; más bien imaginar lo que pasará a partir de esas imágenes. El objetivo no es otro que confrontar lo imaginado con lo visto, para intentar sopesar la fuerza que encerraban. Porque después de todo, una película no es otra cosa que lo que excede al que la mira.

 

 

 

 

Dos “documentales” vienen a mi mente leyendo todo lo que comentáis: por un lado Baratometrajes 2.0, que gira en torno a ese cine de bajo presupuesto que, pese a todo, mantiene su intentona de ser industrial; y por otro lado uno sobre la guerra del cruasán, de peor calidad que el tradicional pero mucho más barato. Está claro que la diversificación acaba por atraer más público, así como precios más baratos, y si hablamos de asegurar la jugada con títulos ya contrastados, redondeamos la propuesta.

Entiendo que o bien se trata de una democratización, o del fiel reflejo del derrumbe de las etiquetas como una etiqueta en si mismo. Cuesta ya pensar en festivales que no dieran cabida a films rodados con una cámara casera, y si bien eso lleva a una criba más radical como indica Ricardo, abre puertas y ventanas tanto a creadores como a espectadores de toda índole. Sundance 2.0, y ese aire alternativo, esa seña que lo haga viral que destilan propuestas como The secret society of fine arts o L’étrange couleur des larmes de ton corps, con claras diferencias entre ambas pero plenamente necesitadas de las redes social para su supervivencia y, pese a todo, films que quedarán relegados a un segundo plano frente a otros de corte más clásico, como Tom à la ferme.

Ahora bien, ¿cuándo dejaremos de quejarnos de la oferta para proponer un menú? ¿Cómo es ese cine que se haya más allá de la tibieza? ¿O debemos volver a las etiquetas? Quizás todo pase por ese imaginar que propone Ricardo, customizar las propuestas, reformularlas y devolverlas, porque si nos lo paramos a pensar, apertura y cierre de este Atlántida Film Fest no son films tan alejados, sino que probablemente lo sean sus públicos potenciales.

Supraidentidades, o cómo constantemente se nos recomienda a quién seguir, qué ver, y qué bares y restaurantes SE ADAPTAN a nuestras preferencias. Imaginar antes que elegir, si aún es posible.

 

 

 

“UNA TIRADA DE DADOS JAMÁS, AÚN ECHADA EN CIRCUNSTANCIAS ETERNAS DESDE EL FONDO DE UN NAUFRAGIO, ABOLIRÁ EL AZAR”. Pienso en esto respecto del lenguaje preciso que propones, Sergi, y de la invención de un final para nuestras historias que propones tú, Ricardo; pienso en esto respecto de la excepción que propones, Aarón, a la sistematización de los festivales que defines tú, Nico. Pienso, en suma, en la experiencia por encima de la teoría, en aquello más fuerte que el cine y que caracteriza a un festival frente a otras formas de visionado. La experiencia del encuentro, del descubrimiento, del lenguaje incapaz de dar abasto, de la falta de tiempo, esa distancia con las películas “en sí mismas” que en castellano refleja la hermosísima singularidad lingüística que es la diferencia entre “ser” y “estar”.

MallarméLa Historia reciente del cine es la historia de una búsqueda de la experiencia en mutación de la cinefilia. Y voy a usar experiencia aunque es un término demonizado. Toda la teoría del pensamiento del siglo XX se puede leer en los términos de un afán por decidir que la experiencia del ser humano ha sido sustituida por una ficción. Pero esta aniquilación que inició Walter Benjamin y terminó Giorgio Agamben no fue más que una puesta en escena del final de la acción burguesa, la experiencia somática de las Grandes Ideas. El final de la política.

Lo que el Atlántida propone para todos nosotros, por lo que puedo leeros, es una reubicación de la experiencia, que Internet afirma como nunca se había hecho antes, incluso sub límite (sublime), en lo mecanismos de expresión del “individuo en la Historia”. Como decía Sergi, “un festival a golpe de selfie”, porque puede ocurrir de formas que ni nos imaginamos, en salones de casas cuyas historias tendremos (ahora sí, Ricardo) que inventar en cualquier caso, si queremos hablar de la experiencia que está teniendo lugar detrás de las películas. Intentando definir lo que es el Atlántida, hemos descubierto nuestra forma de estar en él. Entre los 5 hemos empezado, casi sin quererlo, unas “instrucciones de uso para un festival online” no aritméticas. No canónicas. “Instrucciones cuánticas”. Porque como también dice Mallarmé, con el que empezaba: “TODO PENSAMIENTO ES UNA TIRADA DE DADOS”

 

 

 

UNA NARRACIÓN. Y NADA MÁS.

Fundamento teórico. Elegir un minuto cualquiera del metraje de las películas que veré. Serán por lo menos 20. Escogeré el minuto 10, por ejemplo. Ante lo inasible de una película, ante la imposibilidad de reconstruirlas, reconocer mi imposibilidad y dejar al lado la tentación de deconstruirlas en imágenes para exponer e ilustrar la mentira autoconsciente de mi fracaso. Por el contrario, debo imaginar algo a partir de ellas, construir mi propia historia, aunque sea igualmente falsa. Tengo que dejar disponible la experiencia de lo vivido ante las imágenes y no su descripción, sin que se note, además, que se trata de una experiencia de lo vivido ante ellas.

En You and the Night, de Yann González, un travesti abre la puerta con su mano izquierda. Detrás aparece una rubia sosteniendo un cigarro con una postura un tanto demodé. Entra a la casa donde una pareja espera a que aparezcan los invitados con los que pretenden celebrar una orgía.

En Noche de Leonardo Brzezicki, entramos in media res de un largo travelling que pasa por encima de un walkie-talkie y nos conduce hasta la mano extendida de un chico que está tumbado en el suelo. El movimiento se detiene, la mano desaparece del cuadro y vuelve a entrar con el walkie-talkie que no cesa de emitir las conversaciones mantenidas entre cada uno de los 6 miembros que se han reunidos en ese espacio, en esa casa. Todos están allí para recordar y reflexionar sobre las relaciones que mantuvieron con Miguel, un chico que ha muerto y que les ha dejado como legado su voz grabada.

El mismo minuto de dos películas muy diferentes en los que aparecen los dos grandes síntomas de este mastodontico festival online: Casas y manos. Manos y casas. Manos que se buscan, chocan y tratan de encontrarse dentro de casas de muy distinta condición. Manos como las de Tom en Tom à la ferme (Xavier Dolan), celebrando, justo en el comienzo del metraje, que una parte de sí mismo haya muerto y no pueda llorar por ello. Esa misma mano, posteriormente se encontrará con la mano de la madre de su amante fallecido, dentro de la iglesia donde se celebra su funeral. Ella no sabe que fue homosexual. Tom se quedará en la granja donde habita para contárselo pese a los esfuerzos que hace el hermano que nunca aceptó su condición sexual. En la estancia en la granja en medio de ninguna parte, siempre tortuosa, las manos no cesaran de buscarse; se juntarán por momentos para bailar, otras veces calmarán el dolor de los golpes en los que termina cada discusión. Al final, la mano de Tom sabrá que hacer dentro de un coche después de tanto buscar: sobre el volante conducirá su vida alejada ya de esa casa.

En La batalla de Solférino (Justine Triet) todo gira alrededor de una casa que es un caos: la de una periodista con dos hijas, separada, que debe acudir a cubrir el día en que François Hollande se convirtió en presidente de la República Francesa. Cuando está a punto de salir hacia el centro de la noticia, su ex marido se presenta en la casa con la intención de ver a sus hijas. A partir de este momento emerge del conflicto que bailará entre dos espacios muy concretos. La casa, espacio de lo íntimo. La calle, el espacio de la política. En el primero, las manos de la expareja acabarán chocando al final del metraje. En el segundo, las manos ondearán las pancartas de cada uno de los candidatos que aspiran a la victoria.Y hago hincapié en la palabra casa, porque no puede llegar a convertiste en un hogar. Dentro de ella resulta imposible establecer un orden. El síntoma más evidente son los pocos juguetes que aparecen esparcidos por el suelo. Aunque escaso, nadie, ni siquiera el canguro que cuidará de las niñas, podrá ordenarlos. Entonces, si llegar a realizar lo más sencillo parece imposible, ¿cómo hacer callar a las niñas, como poder gestionar la casa sin que parezca un gallinero?

Las casas son, en todas las películas que hemos señalado, ingobernables. El espacio que queda dentro de sus paredes es una especie de océano inabarcable. Por lo tanto, ¿por qué intentar participar en la vida política, en la organización de un país, si el gesto está condenado al fracaso de antemano?Sin duda, la política es una ficción a la que se acude para escapar de la realidad de casa/hogar, verdadero campo de problemas de la vida cotidiana. O de la vida y nada más. Porque la vida no es otra cosa que simplemente vida. Sin adjetivos.

Entonces, ¿por qué están tan inquietas las manos? Porque quieren aprender a ver. Las manos palpan, tocan, rozan cuerpos, objetos y superficies porque han tomado conciencia de que son el nuevo órgano con el que entender el mundo. En el ocaso del universo las imágenes, en un mundo donde todos hemos aprendido a ver, resulta necesario un nuevo tipo de visión de acuerdo a la condición táctil de las pantallas que acompañan en nuestra vida. Gracias a ellas, podemos entrar en contacto con las imágenes. El cine, por tanto, estaría buscando una nueva infancia: la infancia del tacto. Y como se sabe, la casa es y será siempre el lugar de la infancia. Volver a ser niños en nuestras casas. Volver a ver a través del tacto. Es decir, volver a ver imaginando. En un tiempo donde todas las imágenes son testigo y documento de las evidencias que olvidamos cada día, se hace imprescindible un nuevo tipo de imaginación creadora, que no narre lo que es, sino la experiencia del encuentro.

El protagonista de La Paz (Santiago Loza), Liso, sabe algo de esto. Vuelve a casa desde un centro de internamiento hospitalario. Le pasa algo grave: tiene unos 30 años y en la vida solo desea tener un hijo. Ni trabajo, ni amistad, ni siquiera una mujer con el que tenerlo. Sin duda, un gesto tremendamente revolucionario dentro de un tiempo que solo parece capaz de mirar al ombligo de su propia miseria. En el fondo, únicamente desea algo similar a lo que es él: un niño. Los adultos lo ven de esta manera porque no entienden lo que hay realmente detrás de su deseo: aprender como un niño, usando sus manos, tocando la piel, el pelo o incluso un arma. Por eso no parece casual que el momento mas importante del film se organice alrededor de un juego de manos. Liso sostiene un arma con su mano. Dispara un par de tiros dentro del salón de su casa. Aparece su padre, le dice que le mate. No se atreve. La sirvienta entra en plano y le pega un tortazo en la cara. Después, con la misma mano le consuela con una suave caricia.

Piensa… Tu imaginación te permite alejarte de espacios violentos. Creo que las cosas que estás diciendo carecen de imaginación. Te has dejado devorar por los modelos. Entonces, ¿Sería conveniente hablar en este momento de la película de Valérie Donzelli, Main dans la main? ¿Lo sería aún teniendo presente lo que tiene de evidente aquello a lo que evoca su título?

 

 

 

 

SEGUNDA NARRACIÓN (Y NADA MENOS)

El Fundamento teórico es la experiencia del espectador ante lo real, tomada en sí misma. Si se reivindica la experiencia es, precisamente, en oposición a lo real, incluso cuando el fragmento tomado al azar entendido en su extrañeza es el fragmento de una experiencia simbólica. Hubiera podido constituirse en una experiencia simbólica total –y creo que sólo he visto, en el Atlántida, hasta el momento, una cinta que pueda cerrar con tanta precisión ese círculo, De Occulta Philosophia (Daniel Villamediana)-, pero si no reivindicamos nosotros la experiencia de la unidad sampleada del texto completo, ¿quién lo hará?

Propuesta de una filosofía del sampler cuyo único carácter y su única lógica es la creación de una comunidad 2.0 del gusto (Kant featuring Baudrillard) desde el momento en el que Nicolás Ruiz acierta cuando escribe: “[imágenes] necesitadas de las redes sociales para su supervivencia”. A lo que yo me atrevería a añadir: espectadores, alters ego virtuales (más yo que-yo-mismo) necesitados de las redes sociales para su supervivencia. Y así, podremos tomar el Atlántida como experiencia al límite y preguntar, con la mano en el corazón: ¿quién moldea con más precisión la comunidad cinéfila española: el Atlántida o Cannes?

Entiendo por moldear no sólo infundir una forma, sino también establecer una clarísima diferencia político-cultural: nosotros, los parias de los grandes festivales, los que trabajamos en las cadenas de montaje de la cultura –o en otros menesteres con menos solera para nuestros avatares virtuales- nos constituimos en comunidad a través del Atlántida y accedemos a imágenes que, de otra manera, nos hubieran sido vedadas.

La comunidad 2.0 del gusto (Kant featuring Marx) es el gesto político de la elección del sampler y la máscara que comparto contra mis propios límites económicos e intelectuales. Es el berrinche del niño lumpen que somos, y en esa dirección, cuando recuperamos sus imágenes nos situamos como el arqueólogo curioso que, para sí, reivindica un temblor que hace veinte años estaba destinado a un círculo de privilegiados de la altísima cultura burguesa.

Luego, en el compartir, se genera la comunidad y nos demuestra, como pago, que en 140 caracteres (nos) significamos sin límites. No hay más emancipación que la del fragmento que protagoniza nuestro tuit o nuestra crítica: el gesto concreto. Los festivales, por cierto, tampoco escapan de la lógica marxista del tiempo repetido: primero como tragedia, después como farsa. Afortunadamente, queda para nosotros el tiempo de la celebración, la mascarada bufa y la falta de asideros. Si hablásemos desde un pedestal, todo sonaría mucho más impostado.

 

 

 

 

 

 

Como muy bien identifica Rodrigo, lo que esta en juego en este festival, así como en otro cualquier festival, es el uso que hacemos de “nuestra experiencia”. Cabe recordar algo que habíamos olvidado: el cine, al igual que casi todas las imágenes a partir de la década de los 60, fue demonizado por haber separado a cada hombre de su experiencia. Ya sabéis de lo que hablo; Debord, La sociedad del espectáculo, etc. etc. La paradoja se cumple sobre el hecho de que las películas que sirvieron para descubrir y destapar este conflicto, son ahora el referente con sobre el que trabaja el cine de nuestro tiempo. Este cine que venimos definiendo como “cine clásico de autor”, ya no tiene una tarea crítica. Se le ha encomendado la tarea de convencernos de que esa experiencia continúa separada de nosotros. Ahora que ya lo habíamos descubierto y podíamos tejer una nueva relación con la distancia a la experiencia… “En fin”… El cine que vemos no hace otra cosa que vender melancolía de la experiencia separada. ¿De que quiere hablar sino La batalla de Solférino (Justine Triet), construyendo su “acción” entre dos lugares perfectamente diferenciados (casa/calles), en los que sus protagonistas siempre aparecen descolocados en relación al verdadero lugar donde están ocurriendo las cosas, y donde tendrían que estar edificando su experiencia? En realidad, este juego de busca, captura o reinvención de la experiencia, no planificado por nada ni por nadie, no es otra cosa que un divertimento con el que nos cansamos y desgastamos para no ver que ahora no somos otra cosa que pura experiencia.

Elemento número 2: la gran cultura. Un festival de cine es un museo, el último templo/institución donde se trata de guardar cierto decoro y respeto hacia las grandes artes hoy en decadencia. Afortunadamente, la cultura se derrumba, o por lo menos está adoptando nuevas formas alejadas de la “gran experiencia” que años antes proponían Literatura, Pintura o, como no, el Cine. La cultura es otra cosa, alejada ya de la visión, de la mirada. La cultura es ahora tacto. No me parece casual que buena parte de las películas del Atlantida se organicen alrededor de los gestos de las manos. Fijaros en La tumba de Bruce Lee (Canódromo Abandonado), en la que no se recrean explícitamente aquellos episodios del rey de las artes marciales golpeando tablas con sus manos, porque su mito es tan potente que esa imagen superviviente late en cada frame de la película. Fijaos en Main dans la main, título explicito para una película que gira alrededor de la ambivalencia de dos personajes que no pueden tocarse pero tampoco alejarse definitivamente. Y así, podríamos poner (y pondremos más adelante) otros tantos ejemplos.

Buscar un fin para las historias de nuestros antepasados. En realidad esta debería ser la única cosa interesante que tendríamos que hacer en el tiempo que nos queda. ¿Quién ha pensado en su fin? Si la economía, la cultura y las demás formas de gestión de la vida sufren y nos hacen sufrir, es porque nunca llegaron a pensar en el proyecto de su final. Fijaos en la religión Católica. Ahí sigue, sobreviviendo siglo tras siglo, gracias a que dedicaron un tiempo a imaginar su final y producir una potente ficción sobre él. Estamos hablando del Apocalipsis, no por casualidad, tema recurrente en el cine de los últimos años. Un referente asumido para hablar de un fin dentro de un tiempo caracterizado por la imposibilidad de inventar fines. Respondiendo a la pregunta lanzada por Aarón de ¿Qué le podemos pedir al Atlántida Film Festival?: pues eso, pensar un fin para el tiempo de los festivales, de la burbuja cultural en que han aparecido.

 

 

 

 

Mierda, chicos. Hemos pasado una cosa por alto. La más importante. La habéis intuido cuando hablabais de una casa que no era hogar, construcción vacía por inhabitada (¿o quizás por haber alcanzado el sueño del minimalismo, equivalente de una modernidad que ha querido desnudar las casas hasta eliminar su capacidad de ser hogares?). Construcción que es sólo espacio, no identidad del espacio. ¿Como el Atlántida, tal vez?

¿Por qué hemos dado por hecho que el Atlántida es un festival de cine? ¿Sólo porque lo dice su nombre, AtlántidaFilmFest? Quiero decir: aparte de eso, qué otra cosa lo caracteriza como festival. ¿Qué reúne películas en un espacio? Bueno, eso lo hace Filmin todo el tiempo. ¿Quizás que contiene películas esencialmente nuevas, no estrenadas en cines españoles todavía? ¿Que todas se adscriben a una línea conceptual más o menos clara? Si no me equivoco, gran parte de las películas de la plataforma cumplen estos requisitos.

Aarón se preguntaba en una de sus intervenciones “¿qué le pedimos al Atlantida?”, pero ahora creo que la pregunta estaba mal formulada. La pregunta verdadera era: “¿qué nos pide el Atlántida a nosotros?”. En primer lugar, nos pide que creamos en él como festival. Que aceptemos que existe de esa forma aunque no cumpla con ninguno de los requisitos para serlo realmente (desplazamiento, encuentro, tiempos muertos, adscripción a una geografía, a una secuencia de cualidades climáticas, recreativas, gastronómicas… que arropen la estructura del evento cinematográfico, que lo hagan especial frente a la experiencia cinematográfica cotidiana).

En esto, se puede decir que el Atlántida es bastante fiel a su fórmula online. Cuando se llama a sí mismo festival, está cumpliendo con el requisito básico para que algo se encarne en Internet (la adopción de un alias (nick)). Al fin y al cabo, nos hemos empeñado en comprender Internet a través de un ejercicio de identidad, de comparación con la realidad analógica. Comprendemos Internet como una realidad estilizada, una especie de parque temático de las cosas reales, que pasan a ser figuradas. Relaciones sociales, representación, teoría del conocimiento, todo parece responder a esa idea perversa y fantástica de una Second life que poco a poco gana terreno al original. Es la versión última de aquellos pasajes parisinos donde Walter Benjamin pudo intuir el salto de una época occidental prominentemente “generadora de formas” a otra época “recreadora de formas”. “La construcción adopta el papel de la subconsciencia”.

La construcción adopta el papel de la subconsciencia: la casa se convierte en hogar no porque exista un instante en que la naturaleza de la casa gane consistencia de hogar. Se convierte en hogar gracias a un papel de la subconsciencia. Así el Atlántida se convierte en un festival. Basta con que se denomine a sí mismo festival, con que adopte ese alias. Estamos en el terreno de la recreación, una identificación de las cosas virtuales con las cosas reales, de las que sólo queda un esqueleto en Internet.

 

 

 

Internet es un lugar de trazas, de autorías, de trayectos.

Vicente habla de recreación y de Second Life mientras yo me pregunto qué testimonio mío queda de mi paso por ciertos festivales como Venecia o Sitges. Es decir, otros compañeros me ven, redacto crónicas sobre ellos, pero ¿qué lazo me ata a esos visionados? Sin embargo para ver los films del Atlántida Film Fest pasa por esa mutación en usuario virtual, crearnos una cuenta y registrar ese supuesto visionado. Los aplausos ahora son likes y, quizás, ese gesto concreto del que nos habla Aarón, ese método para una comunidad donde las consignas tienen propietario.

Y quizás esa diferencia entre la generación y la recreación pueda resumirse en dos películas como The selfish giant (Clio Barnard, 2013) y The Kings of summer (Jordan Vogt-Roberts, 2013), aproximándose a la niñez y la adolescencia, la primera desde la inocencia y la segunda desde la melancolía. Porque no dejan de ser ambas intentos de reescritura, ya sea desde el perfeccionamiento o desde la antítesis, el “cómo debió ser” y “cómo ha de ser”, dejando de lado esa figuración a futuro que comenta Ricardo. Quizás en la era de las etiquetas, esos esqueletos que menciona Vicente sean las últimas cadenas de lo virtual.

Por mi parte me sigue escalofriando escuchar a gente decir que ciertas películas están hechas para verse en cine, y de muchas de las que componen este Atlántida Film Fest se habrá dicho, seguro. Y yo me pregunto si esa infancia que reivindica Ricardo, ese hogar, no es el lugar perfecto para imaginar las imágenes, si el Atlántida Film Fest (y su formato) no son el inicio de lo que ha de ser.

Con ello, acabo de caer en que no recuerdo ni una sola frase de Upstream Color (Shane Carruth, 2013), ni una palabra, pese a estar articulada sobre las palabras de Thoreau. Probablemente no tenga nada que ver con lo dicho anteriormente, pero me gusta pensar que recordamos letras de canciones porque lo que realmente importa es la melodía, y la palabra meramente una puerta.

Respondiendo a Vicente, y de vuelta a la Tierra, le sobra razón para desentrañar que lo que sería una mostra, equivalente virtual del actual Festival de Cine de Autor de Barcelona, acabe siendo considerado por nosotros como Festival. Ysi bien El Atlantida se justifica en tanto a recreación 2.0, ¿cómo aceptamos al D´A como festival? Quizás en su acepción más pura, la de celebración, la de acto social, la más cercana a la Religión.

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