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Baghead: No es país para Sundance

Información

Título original: Baghead
Director: Jay Duplass, Mark Duplass
Año: 2008
Reparto: Ross Partridge, Steve Zissis, Greta Gerwig, Elise Muller, Jett Garner, Anthony Cristo, Stephanie Huettener

Detalles

El artículo fue publicado el 17 de abril de 2011. Guardado en Retrospectiva. Etiquetas: , , , , .

En Baghead (Jay y Mark Duplass, 2008), cuatro amigos deciden filmar su propia película independiente y se encierran en una cabaña en el bosque para escribir el guión. Pronto se ven perseguidos por un asesino en serie y se van poniendo en juego todos los afanes del cine independiente: la obsesión del impulso generador, el afán de improvisación, la veracidad como resultante de la realidad. Estas formas son caricaturizadas como intenciones generales del cine independiente americano que han pasado de ser germen de imágenes rebeldes a un cine inserto en otra forma de industria. La propia Baghead forma parte de una nueva designación del mainstream americano: el género Mumblecore, que responde a ese cine hecho entre colegas, sin presupuesto, inevitable ante las facilidades que Internet (apenas) empieza a esbozar como aparato de distribución barato y de largo alcance.

¿Qué ha pasado con la independencia? ¿Qué ha cambiado en el panorama americano, desde la posibilidad del mainstream en los ochenta hasta su transformación en un producto de consumo rápido, sin personalidad? Aquella generación que conoció el auge del video y, por tanto, la inmersión de la cinefilia en los salones particulares, se ha perdido. El mundo se ha hecho mucho más complejo, pero la sociedad Occidental se ha estancado donde nunca habría pensado que sería posible hacerlo: en el avance continuo, en la necesidad del cambio. La industria, inevitablemente, también ha tenido que cambiar. Baste con observar este festival de Sundance que analizamos: a su extraña manera, es un reflejo claro de las derivas del cine independiente americano, de cómo el mainstream se ha convertido en un objeto de diseño.

Lejos, muy lejos quedan los intentos de Sangre fácil (Blood simple, Joel Coen, 1984), Paris, Texas (Wim Wenders, 1984) e incluso Trust (Hal Hartley, 1990), de generar una nueva mitología americana desde la revisión de los principios perdidos del cine de los cincuenta. Paradójicamente, observamos cómo, de la misma forma que el cine “caro” se empeña últimamente en emular a un cine imperfecto, que se sublima con Quentin Tarantino, las características del cine digital permiten que este mainstream emule el clasicismo más serio a base de encuadres perfectos, paletas depuradas y un planteamiento técnico impecable. Pero es un cine forjado no ya en la revisión o la melancolía, sino en aquella forma que el público sigue esperando de lo americano, una fórmula inevitablemente perdida y que nos remite a un clasicismo mal comprendido. El cine independiente, que debería abanderar un teórico avance, se ha convertido en el peor lastre del cambio.

La barrera del nuevo milenio en Sundance es especialmente visible: ya es difícil encontrar algo fuera de lo convencional en el panorama de ganadores. Desde la reflexión política inocente de El creyente (The believer, Henry Bean, 2001), pasando por la falsa complejidad argumental de Primer (íd., Shane Carruth, 2004) o la revisión melancólica del underground en American Splendor (íd., Robert Pulcini y Shari Springer Berman,2003), todo es indicador de la desaparición de los valores de rebeldía y disconformidad presumiblemente necesarios en un cine que rechaza la producción industrial y, por lo tanto, sus fórmulas.

Algo ha ocurrido; algo irreversible. Que la cantidad de superproducciones estadounidenses haya disminuido en la última década no es achacable a la crisis (Hollywood ha mantenido su nivel de producción durante crisis mucho más profundas), sino a la forma en que el espectador ha mutado y ha dejado de contemplar el cine como un básico espectáculo. La especialización, derivada del triunfo del formato doméstico, la posibilidad de acceder al cine de todos los tiempos y en todos los lugares, ha dado lugar a una nueva paleta de necesidades, y el espectador contemporáneo reclama la posibilidad de una independencia, reflejo de nuestra propia individualidad. Cuando incluso las películas nominadas a los Oscar se disfrazan de independientes, es que hemos aceptado una nueva forma de cine, y nos encontramos más cómodos ante los estímulos más o menos reflexivos del Batman de Nolan que ante una superproducción que acepta sus estatus como el último Indiana Jones. También, en ese proceso, se han rechazado las formas, el interés por ellas, para aceptar una suerte de literatura última, de narrativa hipertrofiada, que tiene como único interés ser compleja a cualquier precio.

El efecto Obama vino a dar el golpe definitivo: de nuevo el engaño del Sueño Americano era posible. Que una película como Precious (íd., Lee Daniels, 2009) sea Premio del Jurado de un festival de cine independiente es tremendamente explicativo del estado de las cosas: Precious ni siquiera tiene intenciones de ser cine, sino de acumular, sin un posible criterio, las desgracias de nuestra contemporaneidad. De hecho, la calidad de Precious es demasiado obvia, y el engaño llega mucho más allá: películas como Winter’s bone (íd., Debra Granick, 2010) muestran una forma de refinamiento mucho más peligroso, aquel que confunde la reinterpretación del género clásico con el miedo al avance. Mucho más peligroso, digo, porque sobran los rincones para esconder la banalidad del cine de Granick entre imágenes perfectas, carentes de cualquier tipo de personalidad pero perfectas, que nos remiten al mal llamado Cine Clásico.

De nuevo el cine se presenta como un tira y afloja entre la producción y la demanda, y las necesidades contemporáneas vuelven a chocar con aquellos reductos que se niegan al avance. Pero no es este un proceso negativo: de la desestructuración de un género tiene que nacer una respuesta, una respuesta que quizás se esté ya definiendo y que sea mucho más difícil de ver. La identidad del mainstream es imprecisa y dudo que deseable. Un festival como Sundance, reflejo circunstancial por su especialización en el cine de una época precisa, está condenado a su degeneración. ¿Hay, entonces, un futuro para la independencia en los Estados Unidos, más allá del reflejo decadente del festival? Por supuesto que sí. Las últimas cosechas del cine americano han dejado una traza maravillosa, con dinero o sin dinero, a través de la observación y la comprensión de un mundo occidental en pleno proceso de reinterpretación, con las armas de la mirada activa sobre el pasado y la identidad. Y ésa es la verdadera independencia, que no tiene nombre y nunca pasa de moda.

 

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