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Camisetas del Che

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El artículo fue publicado el 2 de enero de 2015. Guardado en Actualidad. Etiquetas: , , , , .

Fui uno de esos adolescentes que llevaban camisetas del Che sin saber nada del personaje ni de su historia. No significaba para mí mucho más que los simbolitos de Nike o de McDonalds. Nunca comprendí su ideología, ni sus intenciones. Niño de clase media acomodada, con todas las necesidades bien cubiertas y casi todos los caprichos a mi alcance, no creo que mi vida tuviera mucho que ver con los planteamientos del hombre. Pero el símbolo era mucho más poderoso que el hombre. Igual que los iconos de Nike o McDonalds, el rostro del Che había accedido a una forma de representación desligada de su origen: un canon. Era puro significado. Significaba algo que quizás entonces hubiera llamado “justicia”. Era una imagen justa. En términos canónicos: una imagen política.

Con dieciocho años descubrí que si un hijo de puta como el director Claude Lanzmann, que no apagaba la cámara mientras un peluquero se deshacía en lágrimas recordando cómo afeitaba a los prisioneros del Campo de concentración de Treblinka antes de ser gaseados, podía hablar de una “justicia” de las imágenes, entonces la justicia era algo que no me interesaba. Abandoné la camiseta del Che en el fondo de mi armario. Del ejemplo radical de Shoah (1985), la pretendidamente monumental película de Lanzmann aprendí mucho. He pensado largamente sobre ti, Lanzmann, lo reconozco. Seguramente mucho más de lo que mereces.

Poco a poco aprendí a poner en duda algunas ideas heredadas como ésta, la de la vieja justicia. “Yo nunca estableceré muy bien la diferencia entre lo bello y lo justo. De ahí el aburrimiento, siquiera “distinguido”, que me producen las bellas imágenes”, dice el crítico Serge Daney en su famoso artículo El travelling de Kapo. Esa frase sintetiza todo lo que rechazo.

Ambos (el director Lanzmann y el crítico Daney) suponen a su manera la culminación de un tiempo que agonizó en mi infancia. Ese tiempo que llamamos la “Modernidad” del cine, aunque quizás sea ya hora de hablar de un “Nuevo Clasicismo”. Porque es una Modernidad muy vieja. Un tiempo marcado por la estrecha relación entre la política y la estética. Marcado por tanto por la interpretación, si entendemos la interpretación como aquello que vincula el pensamiento abstracto con el utilitario, el arte con la ética. Podría resumirse así: toda obra se creaba en un momento anterior al de ser interpretada. Era su interpretación la que determinaba su valor. Un valor a todas luces moralizante.

Es por esto que Lanzmann y Daney se veían obligados a hablar de justicia constantemente. No fuera a ser que se les malinterpretara. No fuera a ser que alguien confundiera sus palabras o imágenes tan justas, con palabras o imágenes injustas. Un temor natural, porque sus imágenes y sus palabras podían sin ningún problema ser leídas como injustas, al menos en la misma medida en que podían ser leídas como justas. Porque la naturaleza de las imágenes y las palabras no tiene nada que ver con la justicia.

Casi siete años más tarde, a punto de acabar este 2014, pienso en esto: ahora Shoah y El travelling de Kapo me interesan, aunque sea sólo en términos de marketing. En cualquier otro término me siguen pareciendo obras bastante estúpidas, pero no importa. Porque la gran lección que he aprendido sobre cine este año es que las imágenes nunca han sido una cuestión de justicia, sino una cuestión de mercado.

Así lo escribe Ricardo Adalia en la reflexión más hermosa que he podido leer este año: “(…) las imágenes, como mercancía que son, no disponen de un único valor: presentan uno de uso y otro de cambio. El de uso lo hemos conquistado todos los hijos de la cultura 2.0 que miramos, escribimos o frameamos alegremente a través de la red, sin mediación de una cantidad económica alguna (…) solamente contamos derechos sobre las imágenes. Podemos hacer lo que nos dé la gana con ellas, pero a cambio no disponemos de ninguna obligación sobre ellas”.

Así se explica uno de los grandes conflictos de la realidad que me ha tocado vivir como hijo de los 90: los chavales de clase acomodada con camisetas del Che Guevara. Un ejemplo paradigmático de nuestra capacidad de ejercer nuestros derechos sobre las imágenes, sin disponer obligaciones. Por eso es un ejemplo imposible de interpretar políticamente: porque la razón política desaparece en un mundo lleno de derechos, pero vacío de deberes.

A pesar de que la realidad de nuestro tiempo se impone con una hermosa, imparable crueldad, las viejas ideas de Lanzmann y Daney siguen estando presentes, sea de forma real o virtual. Ambos, con otros muchos, se han convertido en los Che Guevara del cine contemporáneo, impresos sobre las camisetas de la cultura 2.0. El ejemplo es evidente: la mayor parte de las películas alabadas por la crítica de nuestro tiempo son películas vestidas con camisetas de Daney, aunque aquellos viejos valores del cine de la Modernidad han dejado de tener sentido y (por suerte) nunca volverán a tenerlo.

Así hablaba Godard, con una dolorosa lucidez, respecto al Premio del Jurado del Festival de Cannes, que su película Adiós al lenguaje ganó ex aequo con Mommy, del joven Xavier Dolan: “han juntado a un director viejo que hace una película joven y a un director joven que hace una película vieja. Incluso ha copiado el formato de las películas antiguas”.

Lo que diagnostica Godard es una repetición constante de los símbolos de la vieja Modernidad, pero sólo disponiendo derechos sobre ellos, sin disponer deberes. El cine gira en círculos sobre sí mismo desde hace décadas, refinando sus gestos, adaptándolos a la mirada del espectador pero sin implicarse con la realidad de su tiempo.

Es el viejo icono estampado en una camiseta a la actual moda. Only Lovers Left Alive (Jim Jarmusch), L’Inconnu du lac (Alain Guiraudie), The immigrant (James Gray), Under the skin (Jonathan Glazer), Boyhood (Richard Linklater), Jauja (Lisandro Alonso), Frances Ha (Noah Baumbach), Upstream Color (Shane Carruth), Ida (Pawel Pawlikoswki), Magical Girl (Carlos Vermut), La Vie d’Adèle (Abdellatif Kechiche), y un largo etcétera. Las películas llamadas a imprimir en papel transfer para camisetas lo que en otro tiempo fue la Modernidad del cine.

2014 ha sido el año de mi vida donde más imágenes asombrosas, emocionantes he podido ver. Otra vez, como ya me ha ocurrido en 2013 y antes en 2012, tengo la sensación de haber vivido el año más importante del Historia del cine. Ninguna de esas imágenes estaba en esas películas de viejo formato que cito en el párrafo de arriba. Y no es que sean malas, ni muchísimo menos: son todas películas buenísimas, inteligentes, increíblemente bien hechas. Exactamente las películas que cabía esperar de nuestro tiempo en el mejor de los casos. Son tal y como las imaginaba, aunque el riesgo, el cambio quizás, lo inesperado, el verdadero poder de las imágenes es otra cuestión y está en otros lugares.

Llega diciembre: la época de los top 10. Los top 10 me encantan porque hay pocas formas tan expresivas de establecer una mirada antropológica sobre la cinefilia. Sobre todo me sorprende, como cada año, que la mayoría repita insaciablemente las mismas películas. Poco importa la pose del medio a lo largo del año (y no será por escasez de imágenes): Under the skin, Boyhood, Ida se repiten sistemáticamente, películas de viejo formato que canonizan por igual la cinefilia melancólica y los medios más críticos con la sala y la distribución.

Me interesa mucho más esto que las propias películas. Porque me doy cuenta de que las listas no tienen un valor de descubrimiento, ni un valor de transmisión conocimiento, sino otro muy distinto. Los top 10 se repiten por la misma razón que Lanzmann y Daney repetían la palabra “justicia” sin descanso creyendo que así podían escapar de la injusticia. Son la forma que tenemos los cinéfilos de saber que, más allá de nuestras diferencias, seguimos coincidiendo en lo que significa la palabra “cine”. La forma de convencernos a nosotros mismos de que estamos en el lado correcto. Poco importa lo que nuestro tiempo demande de nosotros, siempre podremos refugiarnos en la vieja utopía: un año más podemos ponernos nuestra camiseta de cinéfilos y gritar juntos hasta la victoria siempre.

 

TOP TEN 2014

Todos aquellos que no tienen imaginación se refugian en la realidad

1.- Cábala caníbal (Daniel V. Villamediana)
2.- PIX (Antonio da Silva)
3.- 7/11 (¿Jean-Luc Godard?)

4.- Computer chess (Andrew Bujalski)
5.- Spherical Harmonics (Alan Warburton)

6.- The motion paradox (Kezzardrix)

7.- Interior. Leather Bar. (James Franco)
8.- Red sex (Harry Wright)
9.- James Franco takes a taxi (James Franco)

10.- The Garden of Emoji Delights Triptych (Carla Gannis)

NOTA: por supuesto las películas más importantes de este año para mí han sido el corto que realicé junto con Santiago Monroy y Macarena Fajardo (Me va a encantar el siglo 21), y mis colaboraciones con Gonzalo García Pelayo: como ayudante de dirección en ‘Niñas’, guionista en ‘Copla’ y dirigiendo mi primer largo ‘Una pistola’, todavía en fase de montaje.

  

Vicente Monroy

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