Cineuá - Tu revista de cine

Canino: la realidad inventada

Información

Título original: Kynodontas
Director: Giorgos Lanthimos
Año: 2009
Reparto: Christos Stergioglou, Michelle Valley, Aggeliki Papoulia, Mary Tsoni, Hristos Passalis, Anna Kalaitzidou

Detalles

El artículo fue publicado el 22 de noviembre de 2010. Guardado en Retrospectiva. Etiquetas: , , , .

Si en Kinetta[i] el cineasta griego se reveló como un esquinado y penetrante observador de nuestro entorno y de las relaciones humanas en general, en Canino[ii] reafirma su condición e incluso la engrandece, prescindiendo del hermetismo que hacía de su opera prima una película a la vez tan apasionante como lejana y sustituyéndolo por un tapiz narrativo más «clásico»’, donde planteamiento, nudo y desenlace pueden discernirse con claridad, sin perder por ello sus marcas de identidad, a saber: una caída o intrusión en la trama absolutamente radical (tierra de nadie que uno deberá ir conociendo poco a poco, dejándose absorber paulatinamente por la calculadísima expansión dramática que va dando forma a la película), una particular habilidad para alumbrar lo más oculto e inquietante del ser humano (haciendo partícipe al mismo espectador del universo enfermizo que tiene lugar en pantalla), una precisión narrativa propia de un narrador nato y experimentado (especialmente atento a aquella información que se oculta o se sobreentiende, a ese espacio en off donde crece la capacidad deductiva del respetable) y, en fin, un talento admirable e infrecuente para detectar los males de nuestro tiempo sin despreciar por ello (y esto ya supone una novedad) el sentido del humor, es decir, sin caer en una solemnidad a menudo autoindulgente e impostada.

Es precisamente ese humor que ejercita, incómodo y negrísimo, doloroso y soterrado, el que lo emparienta con otros ilustres y ácidos analistas de las taras, vicios y debilidades (grandezas, no tan a menudo) del ser humano, especialmente con don Luis Buñuel, por eso de estrujar una situación potencialmente surrealista para desnudar todo aquello, nuestro fondo tan vergonzante, que nos inquieta y nos define. Efectivamente, el encierro, la iniquidad moral, son factores que remiten a El ángel exterminador, pero hay que aclarar que allí el absurdo del planteamiento constituía en sí mismo la más grandiosa de sus virtudes, pues la película no buscaba ni necesitaba de una explicación racional para justificar su mala baba acumulada (que no era otra cosa que el poso que dejaba la lucidez del turolense). En Canino, sin embargo, lo surrealista nace del árbol de la lógica, proponiendo una modulación o distorsión de la realidad estrictamente racionalizada y explicable. Si es completamente cierto que en ella se dan situaciones decididamente absurdas, carne de surrealismo, no lo es menos que todas ellas son la prolongación natural de una determinada base racional, una base concebida desde una lógica aplastante, férreamente reglada y alejada por descontado de cualquier impulso o principio onírico o subconsciente.

Y es en esta concepción de una realidad alternativa que refuerza el aislamiento de la familia protagonista donde encontramos el elemento más fundamental de todos: el lenguaje. Pasamos, entonces, del territorio de Buñuel al de, por ejemplo, Lewis Carroll. La capacidad del lenguaje para generar rupturas de sentido, inventar y afianzar realidades imposibles y, en definitiva, confirmarse como el más peligroso y efectivo instrumento de manipulación intelectual y emocional, nos remite en parte al universo lógico que levantó el autor de Alicia en el País de las Maravillas. Es a través de este uso perverso del lenguaje (“el lenguaje es un virus”, que sentenció Burroughs y nos recordó Jesús Palacios en su crítica a la película[iii]) como el cabeza de familia plantea su particular, histérica y apocalíptica estrategia de protección de ese orden familiar suyo que considera amenazado por “lo externo”, por una evolución o progreso sociocultural que traerá la desintegración de su prole y que, por tanto, debe ser combatido sí o sí. Esta fábula aislacionista-proteccionista tan inquietante sobre el miedo a “los otros” (inspirada, por cierto, en un hecho real que ya llevara al cine Arturo Ripstein en El castillo de la pureza) deriva en otra fábula, no menos inquietante, sobre la contaminación del poder y el nacimiento del fascismo cotidiano. Sobre cómo se relacionan y comunican ambos estadios (miedo/poder), posibilitando nuevas formas de autoritarismo.

Canino se erige, así, en un juego demoníaco donde pequeños acontecimientos cotidianos, absurdos y aparentemente incomprensibles, son mostrados al espectador con una extraña sensación de complicidad, convirtiéndole en vouyeur avergonzado de esos pequeños rituales familiares donde la inocencia se mancilla con normalidad, donde el odio se incuba de forma silenciosa y donde, finalmente, estalla en nuestra cara el drama interno que atenaza a unos personajes obligados a aprehender que el camino hacia la independencia (la libertad) pasa por la violencia –brutal, secamente escenificada– y la autodestrucción; la otra opción es doblegarse, aceptar una sumisión canina (la polisemia del título). La génesis de este sentimiento progresivo de angustia y asfixia, que a su vez permite intuir una posible salida, coincide con la intromisión de un elemento externo (verbigracia, la cinta de vídeo) que desencadena la curiosidad –eso tan temido por los gerifaltes del poder– de los ‘atrapados’ y la subsiguiente desintegración del núcleo familiar, con la lógica doméstica cada vez más debilitada, esto es, menos capacitada para mantener unida y maniatada a la descendencia.

Esto, decíamos, tan cinematográfico de mirar la intimidad ajena por el ojo de una mirilla tiene un componente de refuerzo en el personaje de la educadora sexual (sosias del espectador) que entra en ese feudo enajenado de la realidad para, inevitablemente, convertirse en parte activa del mismo y participar de ese viciado aire de familia que impera en el ambiente, dejándose ella misma pervertir al encontrar satisfacción en la actividad explotadora y vejatoria nacida de la infantilización mental de los hijos, porque la ingenuidad siempre fue un anzuelo jugoso para el sadismo y la maldad. Lanthimos, de paso, vuelve a demostrar su valía como erotómano malicioso y sofisticado, convirtiendo su experimento sociológico (¿acaso no se está discutiendo aquí hasta qué punto llega el individuo en una situación privilegiada de poder?) en un profundo y revelador mecanismo de humor sombrío, erotismo insano y clarividencia intelectual, tan certero en sus conclusiones como brillante en su planteamiento y estructura.

Todo ello, por supuesto, expresado visualmente de forma magistral. La virulencia poética que se desprendía de muchos fotogramas de Kinetta da paso ahora a un lirismo suave y sostenido, hipnótico a fuer de inquietante, donde el poder del plano fijo se estudia y trabaja meticulosamente, forjando una estética a medio camino entre el hiperrealismo y la extrañación (atados ambos por un alambre finísimo e invisible, en estado constante de tensión) en la que se combina cierta frialdad formal con un calor incómodo que emana de la propia naturaleza de las imágenes -magnéticas a rabiar- y de su misma disposición dentro de la cadena narrativa que da cuerpo a la película. Un territorio expresivo de claros ecos contemporáneos (Haneke, Rosales, Kerrigan, Ade…) que, en Lanthimos, adquiere toque de distinción gracias a su capacidad para revestir lo filmado (llamémosle “lo real”) de una textura tan atractiva como inusual, otorgando pátina fantástica a parábolas por lo demás tan terrenales y tan de ahora como esta de Canino, cuento trágico y cruel sobre el miedo, la manipulación y las sutiles enfermedades del poder. Para no perdérsela, palabra.

 


[i] Kinetta, Giorgos Lanthimos, 2005.
[ii] Kynodontas, Giorgos Lanthimos, 2009.
[iii] La crisis griega, Jesús Palacios, Cine365.

Los comentarios están cerrados.