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Cannes 2012 – #estonoesunacobertura (5): Basuras

Estoy sentado en un banco junto al puerto de Cannes, en una tranquila plaza en la que hay un monumento a los soldados anónimos caídos en la Primera Guerra Mundial. Además del monumento, hay Wifi gratis, algo ideal para cuando uno quiere huir de la lenta y bulliciosa conexión del Palais des Festivals y escribir al aire libre, una tarea que recomiendo a todo el mundo. Acaba de pasar por delante un basurero, y juro que el título de esta ‘crónica’ lo he escrito antes de su presencia, y es que estando donde estoy me siento algo raro, descartado, como si tuviera que ser rarísimo escribir sobre Cannes fuera de la habitación del hotel, como si no fuera necesario escribir sobre cine y mirar al mar.

Todo esto para decir que me dispongo a tratar dos películas opuestas a las que dudo que demasiados medios den importancia a pesar de la originalidad con la que cuentan dentro del festival, no pareciéndose a ninguna otra propuesta vista hasta el momento. El plan era hablar de tres películas, las dos en cuestión y Miss Lovely (íd., Ashim Ahluwalia, 2012), una cinta india sobre la serie Z del país de Bollywood que pensaba que casaría a las mil maravillas con el texto pero que ha resultado ser tan blandita y aburrida que… Bueno, que aviso a los asiduos a Sitges que es probable que la pongan; alejaos de ella.

Del primer film del que sí voy a hablar es de Sueño y silencio (íd., Jaime Rosales, 2012), la nueva obra del cineasta barcelonés, al que hacía unos años que no le veíamos el pelo y ya empezaba a parecer algo desfasado. Y a pesar de que en algunas notas que he visto le han caído palos, desde aquí reivindico una película que, para empezar, destila una madurada honestidad y humanidad hacia lo filmado, que no es otra cosa que el duelo que una familia debe atravesar cuando una de las hijas del matrimonio protagonista muere en un accidente. Rosales radicaliza su elíptico estilo (el atentado que sólo oímos en La soledad , los no-diálogos de Tiro en la cabeza ) y transforma su cinta en una serie de tangenciales encuadres en blanco y negro que registran los rastros de un fenómeno, nunca filmado directamente sino siempre a una cierta distancia, ya sea temporal, espacial o corporal. Todas las imágenes de Sueño y silencio parecen haber sido filmadas demasiado tarde, o demasiado lejos, o están copadas por personajes demasiado separados del drama central. Como dijo Rafa, uno de los amigos con los que estamos disfrutando de Cannes, “no hay desgarro” en la película de Rosales, pero no es tanto que el drama no está elidido sino que es colindante a las imágenes que filma Rosales, provocando una sensación de vacío, de pérdida de algo, no únicamente de la hija fallecida, sino también de información por parte del espectador. Es como si siempre faltara algo para terminar de ubicar cada lágrima, a cada personaje, cada espacio… Al principio, pienso que quien ha muerto es el padre y no la hija, por el alejado y extenso plano en el que se muestra el entierro, después no termino de saber en qué ciudad están afincados los protagonistas, incluso llego a confundir a una madre y a una amiga de ésta, o me es casi imposible visualizar correctamente el lugar del accidente. Sueño y silencio filma los rincones de la habitación pero nunca nos ofrece la visión completa del fenómeno, produciendo una hipnótica extrañeza, registrando en el tiempo ese “no puede ser” que todos los familiares de víctimas de accidentes se repiten al mismo tiempo que, imperceptiblemente, el tiempo lo cura todo. Al final, parafraseando al abuelo de la niña cuando acompaña a la madre al lugar del accidente, el de Sueño y silencio “es un lugar absurdo”, porque es una obra inclasificable tanto en un panorama tan dado a etiquetas como el actual como extrañísima es su forma de construir el tiempo del duelo, el tiempo.

Quentin Dupieux, en cambio, no retrata los agujeros de un relato que otros considerarían como material de derribo sino que decide reconcentrar la basura en 13 minutos descacharrantes que remedían el hastío que acababa provocando su anterior y primer largometraje, Rubber (íd., 2010), cuya premisa era tan divertida como alargado su desarrollo. En Wrong Cops (íd., Quentin Dupieux, 2012) todo es mucho más terrenal que en el film del neumático asesino: aquí tenemos un policía de nula legalidad y moralidad que se dedica a vender droga camuflada en las tripas de ratas muertas [sic] para ganarse un sobresueldo. La trama principal consiste en que el policía se encara con un chico, interpretado por Marilyn Manson [sic], cuyo delito es estar escuchando música que, según el policía, suena como si a uno le metieran los huevos en una lavadora [sic], algo que nuestro agente de la ley desea remediar. Todo en el cortometraje son desechos, desde los personajes hasta los actores, pasando por los encuadres, los movimientos de cámara e incluso una fotografía cutremente quemada que le da al conjunto un empaque tan decadente como estimulante, una luminosidad más divina que infernal, más de Hollywood que de Knoxville, Tennessee. Wrong Cops, sin embargo, goza de un formato panorámico que aleja la propuesta de la serie Z pura y dura y le da una majestuosidad ya presente en Rubber, por lo que toda la basura que conforma el núcleo de la cinta queda, lejos de embellecida, realzada, magnificada y expandida en cada rincón de cada imagen, como si Dupieux quisiera que su bizarro cortometraje fuera proyectado especialmente en cines, especialmente en Cannes, como si quisiera llenar la Croisette de ríos de mierda y repugnancia, llenarnos los ojos de ratas muertas, celebrar el hedor y prometernos, entre aplausos, que habrá una segunda parte.

Pero como ante todo este es un cortometraje divertido y esta no cobertura pretende ser divertida, un regalito. Aquí tenéis Wrong Cops:

 

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