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Cannes 2014 (2): #SomosEuropa pero #NoSabemosQuiénesSomos

El viernes, terminadas mis clases en la universidad, hice el trayecto en autobús de Madrid a Toledo para recoger la caravana de mis padres. Empezaba entonces un largo viaje, que los componentes de Cineuá pactamos casi como un grado cero del visionado, un viaje-visionado por encima del visionado que nos esperaba al final. Toledo-Palencia-Barcelona-Cannes. Si todo relato clásico es un viaje, emprendimos sin escalas nuestra particular Odisea rumbo al festival de los relatos modernos.

Me alegra que Nico, Ricardo y Sergi estén conmigo en Cannes, porque viajar a festivales me pone nervioso. Josep Quetglas lo ha dicho bien: “sólo los arquitectos débiles viajan para ver arquitectura”. Sólo los cinéfilos débiles viajan para ver películas. El verdadero interés del cine está en otro lugar, no en esta forma de exposición delirante. Porque el de viajar a un festival como Cannes no es un peregrinaje relacionado con el verdadero amor al cine: es un afán escandaloso, moderno, un afán de control del panorama cinéfilo en la instancia de su aparición. Se trata de ser el primero en haberlo visto todo. Esa ventaja nos da una capacidad de hablar por encima de los otros, que es herencia del afán burgués del siglo XIX por la cultura del viaje. Una mirada del turista establecida sobre el cine.

Algo así ha ocurrido con la Historia del cine Moderno, cuya muerte en vida tan bien representa la última película de Atom EgoyanCaptives (2014). El relato moderno en el cine ha terminado por resumirse en un largo viaje a través del relato moderno, y de esta paradójica forma se ha convertido en un relato clásico. Hemos configurado ya un clasicismo dentro de la Modernidad. Y saturando su conciencia de todos los tiempos pasados, ha dejado de pertenecer a nuestro tiempo.

“¡Singular fortuna en la que el objetivo se desplaza y, estando en ningún sitio, puede estar en cualquiera!” Esta frase, con la que Godard diagnosticaba la deriva de la imagen moderna en sus Histoire(s) du cinema, podría también explicar las (extrañas, enormes) virtudes de Captives, una película que aborda la psicología del trauma a través de la desaparición de una niña de clase media. Para dar sentido esta turbia narración de lo irracional, Egoyan recurre a una estructura de thriller de otro tiempo, de género clásico. De nuevo nos habla de la búsqueda de una imagen irrecuperable. Igual que en los casos reales: mientras en la imagen del espectador se configura todo un puzzle narrativo, la única verdad accesible es la del trauma que persigue a los personajes. Si el paradigma de la Historia occidental de estos 14 años de siglo XXI podrían ser los espectáculos mediáticos de niños desaparecidos, ninguna película antes que ésta ha puesto en escena su verdadero interés: el conflicto entre la inaccesibilidad de la imagen desaparecida y la cantidad de imágenes que se generan a su alrededor.

Alguna vez Atom Egoyan fue aquel amigo americano en el que la crítica de los 90 quiso ver una última vía por la que perseguir el rumbo ya perdido de Wim Wenders. Entonces su cine era impersonal, era de otros, era un cine bajo la influencia como ningún otro lo pudo ser en su época. Sus últimas películas me parecen bastante más interesantes. Quizás desde Ararat (2002) y de forma más o menos consciente, su filmografía ha dejado de centrarse en relacionar los extraños espacios de nuestras ciudades con las extrañas manías y ocupaciones de sus personajes. Esto era, precisamente, lo que hacía pertenecer su cine a un canon de la modernidad, donde la ocupación del tiempo (profesional, afectiva) que es la clave de todo el cine clásico se volvía rebuscada y extravagante. Era, digamos, el último escalón de una búsqueda emprendida medio siglo antes por Jean-Pierre Melville, donde se rompía el relato clásico convirtiendo al héroe en un monstruo cuyas intenciones reales desconocíamos, enfriando su imagen para volverla críptica, llevando su moral al límite del absurdo o abstrayendo sus acciones de la lógica profesional.

Captives confirma que el nuevo Egoyan, liberado por fin de su enorme talento para repetir y sublimar los tópicos del canon moderno, ya no se interesa tanto por la rareza de sus personajes como por el trauma profundo de no saber dónde se esconden, digamos, las imágenes que éstos aman. En estos términos Adoration (2008), que narraba intensamente el intento de un chaval de reconstruir una imagen familiar perdida, podría leerse como su película más expresiva. La poética de un director que articula el salto de una generación vinculada a la consistencia de las imágenes pasadas y un nuevo espacio (el nuestro) donde hemos perdido el mapa de ese lugar de las imágenes.

Como Egoyan, como Godard, los componentes de esta caravana de Cineuá hemos deseado desde siempre poder ubicar los nuevos territorios desde los que las imágenes nos hablan. Como ellos, hemos terminado por encontrarnos a nosotros mismos en esa encrucijada entre el viaje y la espera, la imagen y su desaparición. Igual que las imágenes: estando en ningún sitio, podemos estar en cualquiera. Sólo esperamos que, de tanto soñar con las imágenes que nos esperaban al final, no hayamos pasado por alto (igual que hizo la Modernidad del cine) la belleza del viaje en sí mismo.

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