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Cannes 2014 (3): #estonoes #Jauja

Antes de salir para Cannes tenía preparadas unas cuantas entradillas para mi primer texto escrito en el epicentro cinematográfico del mundo. Todas ellas pretendían metaforizar el ambiente de este lugar cargado de estrellas, sobretodo de las que se dedican a la crítica de cine. No obstante, ¿qué sería de un festival sino existiéramos, si no hiciéramos de pasantes para el resto del gran público que se queda en sus casa aguardando las noticias de lo que se cuece aquí? Finalmente he decidido desecharlas porque todo lo que había imaginado se corresponde fehacientemente con la realidad. Y, claro está, no puede haber nada más triste que esto.

Hemos entrado en Cannes, territorio mítico para cualquiera de los bandos de los que se compone la cinefilia. Y nos hemos encontrado, precisamente, un territorio mítico que, paradójicamente, no puede llegar a fundar ningún mito. Cannes solamente es lo que fue algún día; una serie de rituales que se repiten en el tiempo, un compendio de valores añadidos para vender películas que, además, consiguen reproducirse en cualquier parte del mundo, en cualquier festival de cualquier categoría. Cannes es el IVA del cine. Pero lo peor de todo es que todo el mundo que acude lo sabe y acepta, repitiéndolo sin ningún tipo de ilusión. El cine está donde estuvo, pero de otra manera.

Jauja, la película que esperaba con más ganas, más incluso que la de Godard, podría ser algo semejante a este territorio mítico que no puede fundar ningún mito. No obstante el título ya hace referencia a una tierra mitológica, de leyenda, que muchos trataron de encontrar infortunadamente. El trabajo de Lisandro Alonso trata de narrar la búsqueda de ese territorio por un soldado danés. Y es importante recalcar la palabra trata porque alrededor de ella se configura la búsqueda del film y el misterio donde se guarda el vínculo roto entre todas las condiciones que predisponen lo mitológico y la imposibilidad de fundar un mito. Para que nos entendamos todos: eso es lo que pasa cada día en la alfombra roja del festival, por la que van desfilando diferentes elencos, tratando de trascender a la historia del cine para caer en el olvido cuando finalice el festival, hasta que llegue su estreno o pase por otro festival repitiendo la misma operación hasta caer definitivamente en el olvido. Es un vínculo que falla, una narración que sobrevive sin su capacidad de narrar. Algo así como el formato 4:3 que Lisandro Alonso ha escogido para filmar su película y toda la ambientación histórica de su puesta escena.

Jauja está interpretada por Vigo Mortersen, co-escrita por Fabian Casas (quien ya colaboró con Lisandro en su Carta para Albert Serra), filmada por Timo Salminen y presenta unas cuantas conversaciones más que en La libertad (2001) o Los Muertos (2004). Pero no deberíamos confundirnos: Jauja no supone ningún giro en la carrera de Lisandro. Es una actualización a su método. Como en sus trabajos anteriores, retoma lo ya filmado para colocarlo en otro contexto. El Argentino Vargas de Los muertos, su historia, es la misma que la del hachero de La Libertad después de haber pasado por la cárcel. Estos dos personajes vuelven en Fantasma (2006) y tras pasar por “la experiencia de la sala de cine” quedan definitivamente fundidos en una imagen común, la de Farrel en Liverpool (2008). Del breve encuentro que este tuvo con su hija parte Jauja. Pero que en esta ocasión no es él que se va, sino que es ella la que “desaparece”.

Lo mismo de otra manera pero sin trascendencia. El impresionismo de la realidad es ahora el realismo de lo histórico. El cine de Lisandro ha pasado de ser un “documental” de la ficción, a convertirse en una ficción de la propia ficción. Algo lógico, un ejercicio de madurez del que deberíamos tomar ejemplo todos los festivales antes de desparecer. Porque al igual que el cine y las películas que lo componen, es lo que deben comenzar a obedecer. A no estar para ser.

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