Cineuá - Tu revista de cine

Cannes 2014 (8): #LargaVida al #Lenguaje

Paseando por Cannes, hablamos de esto y lo otro. Nos escuchamos y nos reímos. Siempre hay alguien diciendo algo. Sentados en un restaurante de poca categoría comiendo una fondue que nos sabe a gloria, Nico pregunta qué es lo que más deseamos del cine después de este Cannes 2014. Es una pregunta complicada. Los cuatro de Cineuá sabemos que empieza una etapa importante en nuestra forma de entender el cine, la más importante que hayamos vivido en todos estos años. Por fin sabemos lo que queremos decir, o al menos hacia donde queremos dirigir nuestras palabras después de combatir duramente contra el lenguaje. Después de equivocarnos tantas veces. Confieso que he dudado muchas veces de nuestro trabajo. Confieso que me arrepiento de haber dicho muchas cosas, de haber despreciado ciertas áreas del análisis y a algunos compañeros, y de haber dado demasiada importancia a otras. Pero mi deseo está aquí, está ahora, no es un deseo del futuro sino del presente. Respondo: lo que más deseo es encontrarme a Justin Bieber.

Sabemos que el joven cantante se ha estado paseando por Cannes en estos días. Su figura, más o menos ajena al cine ha sido, a pesar de todo, un eje fundamental del posible mito de Cannes. Intento expresarlo de esta forma: lo que más me ha sorprendido de las películas que han estrenado algunos de mis directores favoritos, es que ninguna se ha adscrito a lo que llamamos a grandes rasgos Cine de Autor. O dicho de otra forma: el lenguaje hablado ha predominado sobre el lenguaje escrito.

Posiblemente el ejemplo más claro de esto sea la última película de Olivier Assayas, Clouds of Sils Maria, que ya es mi favorita de todo el festival. Lo sorprendente de Assayas, desde aquellas lejanas primeras películas de finales de los 80, es la forma en que ha ido expulsando de su cine el lenguaje del autor, el lenguaje de la alta cultura que es un lenguaje escrito. Lo escrito en un papel, quizás previo a la película de autor o quizás posterior, es lo que llamamos teoría. El cine de autor es un cine que requiere de una teoría, de un lenguaje escrito que le da sentido. Las películas de Assayas, cada vez más, se caracterizan por la predominancia de los espacios, de las acciones, de los movimientos de cámaras y cuerpos por encima del guión. Su lenguaje, digamos, es un lenguaje hablado: ese lenguaje intuitivo y espontáneo que no nos refleja sobre el mundo sino que nos conduce por él.

En su Walden, Thoreau hace la siguiente diferenciación entre el lenguaje escrito y el lenguaje hablado: “Por mucho que admiremos los ocasionales resplandores de elocuencia del orador, las más nobles palabras escritas se encuentran, por lo general, tan lejos, ya sea detrás o por encima, de la efímera lengua hablada como se halla tras las nubes el firmamento con sus estrellas. Allí están las estrellas, y algunos son capaces de leerlas. Los astrónomos hablan de ellas y las observan. No son exhalaciones, como nuestras conversaciones cotidianas y nuestro aliento vaporoso. Lo que se llama elocuencia en el foro suele ser retórica en el estudio. El orador se entrega a la inspiración de una ocasión pasajera y habla a la muchedumbre que tiene ante él, a aquellos que pueden oírle, pero el escritor, cuya ocasión es una vida regular y que se distraería con el acontecimiento y la muchedumbre que inspiran al orador, habla a la inteligencia y al corazón de la humanidad, a todos los que en cualquier época pueden entenderle”.

Oír es el don de los que viven el presente. Se oyen las cosas que suenan en el mundo en el instante en el que se vive. El sonido sólo existe un instante, y después desaparece. Entender es el don de los que reviven los sonidos del pasado para darles un sentido. Se entiende lo que se piensa largamente, lo que se sigue pensando cuando el sonido ya ha desparecido.

La nueva película de Assayas habla de los problemas de una actriz para representar un papel en una obra. El cuerpo del actor pone en escena esta contradicción entre el lenguaje escrito y el lenguaje hablado, y sus implicaciones. El actor habla, pero también repite lo escrito. El gran conflicto de un actor es el de hablar en el presente, pero recitando palabras escritas en el pasado. El suyo es un cuerpo fantasmal, que revive de forma exacta las palabras escritas que ya han pronunciado otros actores quizás ya muertos.

Assayas nos habla así de las grandes preguntas del pensamiento moderno, que también deberían ser nuestras grandes pregunta como críticos:  ¿cómo mesurar el lenguaje escrito para que no se convierta en lenguaje de museo, un lenguaje anclado en el pasado? Y al mismo tiempo, ¿cómo evitar el nihilismo de sólo aceptar el lenguaje hablado, ese lenguaje sin profundidad que sólo es útil en el instante en que se articula? Esas preguntas se encarnan en el personaje de Juliette Binoche.

La mayoría de los críticos prefieren el lenguaje escrito, en una secreta competición por ser el primero que convierta lo recién oído en algo ya escrito a través de la opinión. Pero nuestro festival de Cannes ha sido un festival de la amistad. Ha sido el festival de cuatro hombres felices de ser amigos, compartiendo una experiencia de la que el cine sólo ha sido catalizador. Es un festival del que hemos escrito, pero cuya verdadera importancia ha residido en el lenguaje hablado. En todas las bromas, las conspiraciones, las palabras que hemos oído los unos de los otros; el largo viaje en caravana, las fiestas, las esperas…  Es por eso que, ante la pregunta de Nico, elijo por encima de las películas la posibilidad de un encuentro, de una experiencia aparentemente sin importancia. Que nos encontremos a Justin Bieber y podamos hacernos una selfie con él es mi deseo cinéfilo de este instante. Eso nos daría que hablar. Es un deseo hablado. No olvido que hoy más que nunca hace falta escribir, encontrando una dirección por la que redescubrir la experiencia del cine. Hay que luchar en ambos bandos del lenguaje, el creativo y el riguroso, el que despliega las subjetividades del pensamiento y el que las reduce para obtener diagnósticos que nos permitan seguir avanzando. Contradiciendo a Godard, exclamo: ¡larga vida al lenguaje!

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