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Capturing the Friedmans: rumores que matan

Información

Título original: Capturing the Friedmans
Director: Andrew Jarecki
Año: 2003

Detalles

El artículo fue publicado el 17 de abril de 2011. Guardado en Retrospectiva. Etiquetas: , , , .

Una pequeña mentira, un ligero rumor, puede, de forma inmediata, tapar cualquier verdad, por grande que esta sea.

Esta película trata el duro e incómodo tema de la pederastia, pero, en el fondo, por extraño que suene, es donde menos quiere ahondar Andrew Jarecki, director de esta desoladora cinta. A Jarecki lo que de verdad le interesa es hacernos ver lo dificultoso que puede llegar a ser discernir entre lo real y la ficción o la realidad exagerada.

La verdad, como entidad, está en crisis, y la rumorología y las mentiras (o verdades magnificadas) se han convertido en la bandera de la mayoría de los medios de comunicación y programas televisivos; estigma, lacra, que nos hace ver lo real con gran escepticismo (lo que nos llevaría a la génesis de los falsos documentales, creo yo).

Andrew Jarecki tenía la firme idea de realizar un trabajo documental sobre el más conocido payaso a domicilio para fiestas de cumpleaños de Nueva York, David Friedman[1]. Cuando descubrió el infierno que se agazapaba en las sombras del espíritu American way of life de la familia de David, descartó la idea y concibió la terrorífica película-documental  Capturing the Friedmans (íd., 2003). Cuando uno termina de ver el film, ganador del Festival de Sundance en 2003, no tiene claro si Arnold Friedman (y de paso su hijo Jesse, de escasos 18 años de edad), reputado profesor de piano e informática, respetable vecino de la comunidad y patriarca de una familia judío-americana disfuncional en destrucción (otra más que, hasta que estalló su tormenta particular, vivía en la mentira y la ficción artificial), es culpable de pederastia (uno de los actos más abominables y deleznables, si no el que más, que puede llevar a cabo el ser humano), de haber abusado de todos los niños (ahora mayores) que salen en la película diciendo que así fue, de las dos cosas, o de nada en absoluto; es decir, uno acaba confundido y la sensación que nos queda es que en ningún instante tenemos la convicción (salvo de la patética y despreciable pedofilia de Arnold) de que lo que se nos está contando sobre los abusos y violaciones cometidos mientras impartía clases en su casa, sea cierto del todo. Pero tampoco estamos convencidos de lo contrario.

Que a una persona se le cuelgue la etiqueta de pederasta consigue inmediatamente que se le trate como a un apestado y todo el mundo se aleje de él con asco y desprecio. Y así debería ser siempre. Por lo menos, siempre y cuando esa acusación sea cierta, claro está, que no es el primer caso (no digo que el de Arnold Friedman lo sea, porque hay pruebas palpables y reales de su afición a las revistas pornográficas infantiles) en el que alguien inocente es acusado por otra persona sin escrúpulos y lleno de rencor, que ha visto como su vida se desmoronaba y que, tiempo después, años tal vez, se ha descubierto que en realidad no era así y nunca cometió dichos actos. Tanto lo uno (la pedofilia), como lo otro (acusar libremente sabiendo que no es verdad), me parecen actitudes absolutamente mezquinas y que deberían ser castigadas inmediata y duramente (a los pederastas, tanto como a los violadores, lo mínimo que recomendaría a los jueces, sería la castración química y la reclusión de por vida). Y si no, recuerden el caso del hombre aquel que fue machacado en las mañanas de la televisión patria al haber sido acusado por su ex-mujer de pederastia, tertulias y debates en los que, como poco, se pedía su cadáver colgando de la entrada de la ciudad. Días después se descubrió, con horror y espanto, que no era cierto y que su ex-mujer lo único que quería, era tener la potestad única y custodia sobre la hija de ambos (una hija que, me imagino, habrá sido fruto de un amor mutuo). Aún estoy esperando que alguna de esas divinas e inquisitoriales presentadoras matutinas, ávidas de carne sangrante y primicias lo más cruentas y escabrosas posibles, que no se molestaron en contrastar la noticia, le pidan perdón de la misma manera en que le condenaron, ejecutaron y tiraron su cadáver a las bestias. Públicamente. Para esta gente, supuestos profesionales de la comunicación, uno no es culpable cuando se demuestra que lo es, no, para ellos es culpable antes de que se demuestre. Un ejemplo de esto que quiero decir, lo tenemos en la siguiente frase de Hilario J. Rodríguez sobre la película en cuestión: «Basta, por ejemplo, con que se pronuncie la palabra pederastia para convertir a alguien en culpable de forma inexorable; basta con hacer uso del término maltrato y un hombre se convierte de inmediato en una bestia».[2]

La principal fuente de la que Jarecki se alimenta para la elaboración de este documental, tiene su base en las imágenes (con las que queda patente lo inestable de la memoria y la imagen como supuesta demostración de la realidad, ya que la memoria tiende a fallar y la imagen puede ser manipulada) filmadas en vídeo casero por David Friedman, el mayor de los hijos de Arnold, unas imágenes sorprendentes y que componen un documento único sobre lo que es un proceso de desintegración familiar, llegando, por momentos, a dudar de la cordura de cualquiera de los Friedman que sale en pantalla (grabaciones en las que Arnold siempre se nos muestra como un ser pasivo, sin personalidad propia e incapaz de ejercer su papel de padre con convicción). Estos vídeos caseros, estos retazos de vida que nos son entregados como si fuésemos voyeurs que se van alternando con distintas entrevistas realizadas por el director a gente relacionada con el caso, y que van desde familiares hasta investigadores del caso o incluso algunos de los jóvenes que declararon en contra de Arnold Friedman que, como ya he mencionado, nunca negó su aberrante atracción sexual por los niños, pero que nunca ha admitido ni por un instante su culpabilidad en ninguno de los 107 cargos que se le imputaban (245 a su hijo Jesse).

En cuanto se conoció la repulsiva noticia, agrandada a nivel nacional tras la irrupción de la policía en casa de los Friedmans con una orden de registro, esta se propagó como la pólvora y no hubo nadie en el país que, sin saber tan siquiera qué había ocurrido aún, haciendo caso a testimonios dudosos, a fallos de investigación policial y de procesos judiciales, no quisiera crucificar a la familia Friedman. A Arnold le fue dictaminada cadena perpetua (castigo justo si realmente es culpable). Jessie fue condenado a 19 años de prisión por algo que aún niega haber llevado a cabo (si es culpable, pocos años me parecen. Si es inocente, un daño irreparable el que se ha cometido sobre él).

Algo similar, pero en otro orden muy diferente, fue lo que le ocurrió  a los tres adolescentes sobre los que pivota el documental Paradise Lost: The Child Murders at Robin Hood Hills (Joe Berlinger, Bruce Sinofsky, 1996), que fueron acusados de los asesinatos de tres niños simplemente por el hecho de vestir de negro, escuchar heavy metal y ser diferentes. La opinión pública no dudó nunca de su culpabilidad, llegando a asegurar que incluso practicaban rituales satánicos. Los jóvenes siguen encarcelados, mientras el principal sospechoso de los asesinatos, hace todo lo posible para que, durante el documental, no se le grabe ni se le conozca. Capturing the Friedmans es un film lo suficientemente ambiguo como para que el espectador tenga que esforzarse más de la cuenta en analizarlo, en reflexionar sobre lo que ha visto o creído ver, porque las preguntas sin respuestas -o al menos respuestas esclarecedoras- son demasiadas como para digerirlas en un solo visionado. Sin embargo, me gustaría expresar mi deseo de que ojalá este documental no se hubiese realizado jamás. No porque sea malo, al contrario, es una obra maestra que no debe pasar inadvertida para nadie. Mi deseo va por otro camino, y es que quisiera que su imposibilidad de realización se debiera a que un hecho tan vergonzoso, salvaje, e inimaginable como la pederastia no existiera. Pero eso sería tan imposible como pensar en ver una utopía hecha realidad. Desgraciadamente.

 


[1] Película que finalmente realizó un año después y de título Just a clown.
[2] Capturing the Friedmans: la invención de la realidad, Dirigido por… (nº 333, páginas 24-25), Hilario J. Rodríguez.

 

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