Cineuá - Tu revista de cine

Django desencadenado: Los tres dedos

Información

Título original: Django Unchained
Director: Quentin Tarantino
Año: 2012
Reparto: Jamie Foxx, Christoph Waltz, Leonardo DiCaprio, Kerry Washington, Samuel L. Jackson, Don Johnson, Walton Goggins, James Remar, Dennis Christopher, Michael Parks

Detalles

El artículo fue publicado el 22 de enero de 2013. Guardado en Actualidad. Etiquetas: , , , .

 

Admiradísimo y muy, muy querido Sergi:

Necesito tu ayuda porque hay muchas cosas en este mundo que no entiendo y tú sí, y espero que seas capaz de haber visto las piezas que me faltan en Djando desencadenado (Django Unchained, Quentin Tarantino, 2012). Confío, no te lo voy a negar, en mi carácter intuitivo más que en el tuyo, quizás porque no necesito, como tú, amar las cosas sino ponerlas en duda, y luego poner en duda mi propia duda, algo así, hasta que a lo único que puedo aferrarme es a mi propia intuición. Y no es que lo que vemos en una película sea muy diferente; trabajamos con la misma ideología, pero creo que uno de nosotros es un proletario y el otro un burgués, o un cocinero tradicional y uno experimental. El orden de estos roles te lo dejo a  ti, y probablemente no sea sencillo descifrarlo.

Hay algo que me obsesiona: ¿Por qué iba Tarantino a rodar otra vez Malditos bastardos? ¿Por qué si él mismo decía en su escena final, a través de la voz de Brad Pitt: “Os lo dije: es mi obra maestra”?¿Por qué, sobre todo, iba a hacer la misma película de dos géneros tan diferentes como el de comandos y el western? Y lo que une Malditos bastardos y Django desencadenado es mucho más que la venganza, mucho más que el juego lingüístico, mucho más que la reconciliación de las razas con la Historia, mucho más que esa forma de destruir el género para dar paso a una narración casi mitológica, mucho más que la escena en que toda la venganza se ve reducida a una excusa que podemos entender desde lo trivial y, sin embargo, la agranda de una extraña manera (allí el cine alemán en que es experto uno de los bastardos, aquí el mito alemán que da falsa guía a la historia); incluso, en un gesto muy particular, ambas películas están recorridas por la misma estructura y (WTF!) terminan con la misma explosión.

Pero no es eso lo que realmente las une, lo que las hace tan inseparables en su misterio, sino una escena: aquella en que una larga conversación en una mesa sirve de eje entre la preparación de un plan (absurdo en este caso) para consumar un ataque y la forma en que se desmorona. No creo que haga falta que te ponga en situación: me refiero a la escena en que los bastardos se hacían pasar por nazis hasta que el gesto de uno de ellos (que marcaba el tres con la mano de forma distinta a como lo hacían en la provincia de la que decía venir) revelaba que era un espía. En Django desencadenado, esta escena se repite, pero es el amor que sienten el protagonista y la chica a la que ha ido a rescatar el que desarma el pastel. De hecho, la forma en que alarga los hilos de la conversación que se desarrolla, explotando en chistes absurdos sobre las bases del género que los personajes habitan, es idéntica, y sólo nos recorre una duda: ¿qué han venido a hacer allí los protagonistas, exactamente?¿por qué toda esa negociación y qué esperan obtener si para salvar a la chica tienen que cumplir una promesa que no tiene ni pies ni cabeza?

En Malditos bastardos, la excusa era mucho más sólida. Pero lo revelador del asunto es la otra simetría, la del gesto que desencadena los acontecimientos, porque la solidez de la excusa de los tres dedos se reproduce aquí de una forma totalmente abstracta, cuando el mayordomo que interpreta Samuel L. Jackson descubre, por alguna extraña razón, que Django y su chica se conocían antes de llegar a la casa. Todo está tan cogido por los pelos, que el propio Leonardo DiCaprio se va a preguntar en voz alta, cuando descubra que le han engañado, cómo han podido idear un plan tan descabellado. El mayor misterio, Sergi, que tú habrás entendido y yo no, sigue siendo por qué esos tres dedos, ese gesto tan físico y tan comprensible que nos parecía ridículo, se ha transformado ahora en un juego de miradas cómplices, miradas de amor, miradas de terror que ni siquiera se nos muestran en cuadro, pero que los personajes parecen descubrir con una solidez determinante, tan determinante que dará lugar a un baño de sangre.

Cuando vi por primera vez una película de Tarantino (el primer volumen de Kill Bill en su estreno en 2003), yo tenía 13 años (tú también, así que quizás me entiendas mejor que nadie). De ella desprendí una violencia fundamental, que ha marcado muchas de las ideas que tengo sobre el cine porque es una violencia capaz de reconciliar el gesto con su significado, consiguiendo que surja del hecho brutal una plasticidad deslumbrante, exagerada y que sitúa la crueldad en un punto en que sólo puede definirse como respuesta a las preguntas imposibles o estúpidas de la realidad que acomete, y que desaparecen en lo increíble de las imágenes. Con el tiempo, terminé por admirar la forma en que evolucionaba hacia otros gestos estructurales tan simples como contar la misma historia dos veces pero al revés en Death proof o reinventar la Historia a través de sus imágenes en Malditos bastardos, demostrando que, en un mundo saturado de informaciones visuales, la diferencia entre lo que pueden ser o haber sido las cosas y la forma en que las consumimos está llena de interferencias hermosísimas, capaces de cambiar el rumbo de los acontecimientos y su significado. Gestos tan sencillos que rechazaban cualquier objeción al respecto.

Con Django desencadenado, por primera vez, Tarantino se enfrenta al vacío. Su película no contiene un concepto estructural firme que la rompa y demuestre la forma en que la inocencia del género es imposible, y de hecho potencia su linealidad narrativa con una de las escenas más largas de su filmografía: la de la procesión hasta la casa de Leonardo DiCaprio donde los personajes pasan de ser los aleatorios seres que pueblan sus anteriores filmes a los verdaderos caracteres del western que interpretan para engañar a su anfitrión, como en un largo ritual previo a la explosión de las imágenes. Si tiene, por necesidad, que mostrarse más sutil que nunca en las implicaciones de su juego de identidades, también destierra esos hechos tan potentes que hacían de sus anteriores películas objetos admirables a primera vista. Yo creo que Django desencadenado es la película más brutal de Tarantino porque por fin sus personajes reconocen la necesidad de interpretar falsos caracteres para responder al falso género que su creador quiere hacer, y creo que así consiguen secuencias de verdadera pureza intuitiva. Veo en Django desencadenado lo que echaba de menos siempre en su cine: la capacidad, en un momento dado, de desprenderse de todo intelectualismo y dar rienda suelta al género que fusila, aunque sea sólo para luego terminar de destruirlo. Pero me desconciertan sus pocas respuestas. Y en ese desenlace brutal donde la violencia se convierte otra vez en la única forma de asir a las falsas imágenes a una verdadera existencia, no puedo dejar de preguntarme dónde están los tres dedos que le daban sentido al cambio. Sergi, ¿por qué me han robado el gesto que necesitaba para entender que los hechos se desencadenen? Espero que me puedas ayudar.

Sé muy feliz,

 

 

 

 

Querido e incómodo Vicente,

Antes que nada quiero confirmarte que haces bien en no fiarte de mi intuición, porque muchas veces no soy conmigo mismo todo lo sincero que debería, me dejo sepultar por capas y capas de influencias hasta que quizá mi opinión deja de ser mía y pasa a ser algo externo a lo que en el fondo de mi ser siento y quiero, pero quizás justamente por esa deslocalización de argumentos considero que, finalmente sí, lo que expreso razonadamente suele ser lo que realmente opino. Parece que esté diciendo algo parecido a lo que tú expones pero es todo lo contrario: tú buscas argumentos para la duda mientras que yo lo hago para la alabanza. ¿Prefiero el amor o la libertad?

No obstante, y especialmente en lo cinematográfico, hay ocasiones en las que no necesito cargarme de razones para amar algo: Ferrari, Springsteen, Tarr… Y Tarantino, sobretodo Tarantino. Hablabas, Vicente, de que somos dos tipos cuya cinefilia tiene al cineasta de Knoxville, Tennessee, como uno de sus pilares fundamentales, y no puedo sino darte la razón al respecto, y justamente puede que sea ahí donde se encuentre la madre de todas nuestras diferencias. Curiosamente, tú perdiste la virginidad tarantiniana con el primer volumen de Kill Bill, mientras que yo lo hice con la segunda parte. En consecuencia, si para ti el milagro fue la sublimación del gesto violento, para mí lo fue la del gesto narrativo. Siendo partes indisociables del mismo díptico, lo cierto es que mientras que el volumen 1 se centra en la catalización plástica de la rabia animal por el pasado y el futuro perdidos (el primer capítulo “2”, que es una pura pelea entre leonas, o el grito con el que despierta La Novia, ese lloro inconsolable), el volumen 2 transforma en melancolía esa ausencia de dimensión temporal en la protagonista, por lo que la progresión del film ya no parte de la acción sino de la narración, mediante largos diálogos que sobredimensionan la épica de esa historia de venganza a la vez que la dotan de un carácter increíblemente crepuscular (la conversación inicial con Bill, el diálogo entre Budd y Elle Driver antes del ataque de la serpiente, y finalmente la gran escena en casa de Bill). Aquel díptico inició una fase deconstructiva en la filmografía de Tarantino que se agiganta a cada película, donde narración/diálogo y acción se disocian para mostrar la relación entre ambas y sobretodo sublimar cada una de ellas mediante esa separación. Creo que Quentin nos gusta porque su compromiso con cada segundo de su obra es pasional y suicida. Como has comentado, Death Proof espejea sus dos mitades, reescribiendo la primera, hablada, en la segunda, actuada, convirtiéndose la película en algo muy elemental, como de hecho dice el sheriff que marca el ecuador de la cinta al toparse con los cadáveres de las chicas: “carne, hueso y el viejo Newton”. Acción-reacción. Llegó Malditos bastardos, el cuento de hadas que reescribía la Historia en el cine, la realidad en el cine, y Tarantino construía su autoproclamada obra maestra en compartimentos estancos hablados que reventaban en un festín de violencia desatada, siendo la cumbre de este nuevo desafío formal la escena en la taberna La Louisiane, en la que el destino de una misión imaginaria para acabar con Hitler se decidía por un gesto cultural cuyo origen está en la más trivial y por ello más auténtica de las realidades, el gesto que nos trae de cabeza en estos momentos. Según esta senda deconstructiva, Django desencadenado debe responder a la revancha histórica de Malditos bastardos con una venganza mágica. Si el penúltimo film de Tarantino fue un poderoso gesto sobre lo real, su última creación violenta con furia lo mítico.

Tomando como punto de partida esta hipótesis, todo se vuelve plenamente coherente, incluso el que llamas absurdo plan que Schultz y Django llevan a cabo para rescatar a Broomhilda. Si Malditos bastardos operaba sobre el pasado histórico y por tanto buscaba una reescritura de lo concreto ya acaecido, Django desencadenado se centra en dinamitar las convenciones raciales y más que modificar las enciclopedias, aspira a incomodar al espíritu tratando un tema en la actualidad aún tan espinoso como el color de piel, lidiando con sensaciones tan inmateriales como el odio, la tolerancia o el amor. Por lo tanto, yo sí considero que la forma en que Django escucha a Schultz cuando éste le cuenta el mito de Sigfrido, como si fuera un niño que se visualiza a sí mismo como el caballero que debe salvar a la dama, es muy trascendente a la hora de abordar la progresión de la cinta, porque el carácter mitológico de la trama y todo lo que luego sucederá se establecen desde ese momento: Tarantino no va a por nuestro conocimiento, va a por nuestras almas, y en esa ambición debe rastrearse el que la película tenga un carácter cálido. En ese sentido, entiendo que Calvin Candie es el dragón del cuento, y que lo que custodia realmente no son los mandingos o su fortuna sino el amor de Broomhilda por Django, por lo que éste y Schultz no pueden atacarlo de frente sino que deben idear un plan que les permita escabullirse con el tesoro del dragón sin ser descubiertos. La otra gran obsesión de Tarantino en sus últimas cintas es la de mostrar el proceso por el cual se llega a la situación clave: las extensas conversaciones en bares de las chicas de Death Proof, el monólogo de Hans Landa antes del tiroteo que abre Malditos bastardos y, en Django desencadenado, la pelea a muerte entre dos negros y, posteriormente, los perros que desmiembran a otro esclavo. Ya le avisa Schultz a Django que Sigfrido, antes de enfrentarse con el dragón, debe subir la peligrosa montaña, y al ser esto un cuento, la montaña es todo ese tramo entre que los protagonistas se encuentran por primera vez con Candie y el momento en que da comienzo la cena que será el corazón del relato, una travesía que culmina con la increíble procesión hasta Candyland que tú has mencionado, de una ceremoniosidad y solemnidad inéditas en Tarantino, pero perfectamente comprensibles desde el momento en que el retorno al western se transforma en una fábula mitológica.

Ahí comienza la reescritura de la escena de La Louisiane, para mí lo mejor que ha rodado Tarantino quizá hasta la cena en Candyland, y en todo lo dicho hasta ahora ya se avecina la respuesta a tu pregunta sobre dónde están los tres dedos, el gesto que marcó el carácter de Malditos bastardos. Antes que nada, es preciso recordar que en su película sobre el nazismo, Tarantino recurría a su conocida estructura episódica, emulando los capítulos reescritos de los libros que describían un pasado que el film quería cambiar, mientras que en Django desencadenado hay un hipnótico continuum que hace fluir una narración que no se detiene nunca, creando un absorbente universo paralelo en el que la plasticidad de las imágenes subyuga más que impacta, justo al contrario que en su anterior cinta: la sorpresa constante se sustituye aquí por una lírica inmersiva, transformándonos en los niños que no quieren abandonar el cuento. Ya podrás adivinar, Vicente, por dónde van los tiros de mi respuesta, ya que yo siempre he querido ser más niño que tú y seguir creyendo en la magia, necesitando tú en cambio esa imagen del gesto. Es cierto, la conversación se va desarrollando en Candyland, todo parece ir sobre ruedas para Schultz y Django, como lo parecía para el comando de Malditos bastardos, hasta que un personaje inesperado enciende la mecha: en La Louisiane, un comandante de la Gestapo que inesperadamente estaba tomando una cerveza en una mesa de un rincón detecta el extraño acento de uno de los falsos nazis, mientras que aquí es la hermana de Candie la que, en una perversa y azarosa coquetería, se refiere a las miradas que Django y Broomhilda se han ido echando durante la cena. Por su parte, ella no pretende nada más que incomodar ligeramente a dos negros que la perturban por su color de piel, pero su comentario planta la semilla que despertará y alimentará las sospechas de Stephen, el mayordomo negro de Candie. Ya no es lo que tú comentas, Vicente, que Stephen sospecha de la pareja por alguna extraña razón, sino que su suspicacia viene motivada por un comentario banal de otro personaje, lo que lo vuelve todo mucho más indirecto y abstracto. ¿Dónde están nuestros tres dedos, entonces? La única respuesta aceptable es que debemos convenir que Tarantino ha emprendido un camino tan genuinamente libre en el que su universo cinematográfico no está atado a las leyes de la puesta en escena, y por lo tanto ya no necesitamos esa imagen detonante de la acción sino que debemos conformarnos con lo que la cámara es capaz de filmar, abrazar el misterio, igual que Django lo abraza al escuchar el mito de Sigfrido por boca de Schultz, que supone tolerar que unos personajes ficticios sepan más de su mundo que nosotros, ser suficientemente humildes como para no creernos tan sabios y celebrar que nuestro director de cabecera haya emprendido una senda tan socrática como cosmológica, porque la otra razón por la que la cena en Candyland termina en un baño de sangre es bien sencilla: más de un siglo después, en un sótano de la pequeña localidad de Nadine, Francia, sucederá exactamente lo mismo en la taberna La Louisiane.

Esperando que mi respuesta te haya hecho más niño, un abrazo muy fuerte.

Los comentarios están cerrados.