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El cant dels ocells y Vampyr: Magia a dos velocidades

El cant dels ocells (íd., Albert Serra, 2008) y Vampyr (íd., Carl Theodor Dreyer, 1932) son dos películas que me fascinan y, sin embargo, he sido incapaz de verlas enteras sin que, en un momento dado, me empiece a asaltar el sueño. Entonces, lejos de desperezarme (o desesperarme), me acomodo y me abandono a las extrañas imágenes que fluyen en ambas películas que, poco a poco, pierden su condición de iconos, de representaciones, y se van transformando en huellas, remanentes de terrores e ilusiones inalterados que nos llegan por la vía del registro más antiguo (en Serra) o de la tecnología más moderna (en Dreyer). A propósito de Vampyr y la tecnología, debo decir que siempre que la veo en casa, gracias a la excelente edición en DVD a cargo de Versus Entertainment, elijo la versión restaurada en 1998 por la Cineteca de Bolonia en vez del transfer en alta definición de esa restauración realizado en 2009. Sin duda, la calidad y nitidez de este transfer son mayores, por no mencionar que carece de buena parte de los desperfectos de la imagen perceptibles, a pesar de todo, en la restauración de 1998.

No obstante, debe añadirse que para entrar en la mencionada y deseada duermevela, es mucho más útil la misteriosa y, por comparación, mucho más destartalada restauración del ’98, puesto que compensa todos los píxeles que deja de llenar o directamente esconden sus imperfecciones con una gloria poesía de lo perdido, lo muerto e incluso lo podrido, hasta el punto que cuando la lucidez nos asalta es difícil decir si se está despierto o soñando, y creo que pocas cosas más bonitas se pueden decir sobre un film.

Como decía, el sueño llega en El cant dels ocells y Vampyr en dos momentos concretos, a los 20 minutos de haber arrancado, coincidiendo ambos con el instante en que las imágenes se canalizan en una trama que, quién sabe, quizá inconscientemente no estoy dispuesto a aceptar. En la cinta de Serra entro en el limbo cuando, tras un comienzo en el que los tres reyes protagonistas vagan aquí y allá sin un rumbo definido, se aparece un descontextualizado ángel (el director corta a un contraplano imposible, por lo que parece que el ángel se dirige antes al espectador que a los reyes) que les informa del nacimiento del hijo de Dios. A partir de ahí, los protagonistas siguen vagando, pero hay una dirección implícita en las imágenes, por lo que ya no vagan sino que caminan. El paseo siempre fue uno de los símbolos físicos de la modernidad, por lo que pese al objetivo marcado de seguir la estrella de Belén, los magos se desvían y hablan de otras cosas, se pierden y finalmente encuentran a Jesús tanto por casualidad como de puro milagro, con lo que toda progresión lógica queda cortada de raíz y las imágenes abrazan la magia, el azar más puro. Como mis ojos, que no siguen el montaje de la cinta, sino que se abren y cierran sincopadamente y hacen que los tres reyes sean a veces tres sabios religiosos, a veces tres ancianos que han salido a andar (sí, como las señoras de Facebook) y han terminado demasiado lejos e, incluso, tres críos jugando al gato y al ratón con la salvación de sus almas.

Vampyr siempre cierra sus pesadillescas garras sobre mí en el instante en que Allan Gray penetra en la mansión de Léone y se descubre que el señor mayor que se le aparece al llegar a Allan al pueblo es su moribundo padre. Sin duda, Vampyr es de lo más tenebrosa y ocultista en toda su parte inicial: qué ha ido a hacer Gray allí, cómo es posible que Dreyer renuncie a toda atmósfera previa y nos lance la primera aparición a los cinco minutos de película, por qué mezcla tantas tradiciones (cristianismo, brujería, folclore, mitología griega…) si es un film tan abiertamente alejado de lo humano, etc. Hasta ese momento, reina una creciente sensación de magia en ciernes, de terreno abonado por lo inexplicable, más fascinante que terrorífico, y quizá en ello pueda explicarse el papel de la trama, que deriva en que Gray (y nosotros) sea consciente que el misterio que presencia tiene una causa y un fin y, en cuanto la mecánica narrativa se pone en marcha, la magia se vuelve terror, pervertida por un objetivo puramente guionizado.  La grandeza de Dreyer, amplificada por un estado de duermevela que me incapacita para seguir correctamente la trama, que me llega confusa y fragmentada, es que sus imágenes siempre se dejan llevar por lo mágica, y si algo puede ser extraño dentro de los límites de la física, el danés lo filmará como si fuera, simple y llanamente, un imposible hecho carne.

En este sentido, para la Historia nos queda la escena en que Gray se queda dormido y se ve a sí mismo en su funeral, dentro de un ataúd llevado por unos hombres. Hay trucaje en la imagen en la que Gray vuelve a su cuerpo, a la supuesta realidad física de la vida, y sin embargo la parte soñada, la muerte, se forma por una serie de virtuosos planos secuencia que nada tienen de falsarios. Dreyer y Serra, nos enseñan que las cosas, incluso las no-cosas como la muerte o los reyes magos, pueden ser vistos con otros ojos, los de la cámara, que es lo mismo que decir que se puede mirar con otros ojos, o mirar sin ojos, qué más da, qué más da mientras la magia, como la de Sinatra, sea a mi manera.

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