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El YO es el nuevo TODOS: Sobre el YO en el análisis de cine

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El artículo fue publicado el 26 de junio de 2014. Guardado en Calidoscopio. Etiquetas: , .

 

A Nico, por una juventud súper larga

 

Hace algunos días, Nicolás Prados del colectivo Young Vibez me comentaba su confusión por una fórmula recurrente de la teoría audiovisual española, que es la de acercarse explícitamente a las imágenes a partir del Yo. Se refería a esa enorme cantidad de crítica que ha pasado de desarrollar una cierta teoría del cine a desarrollar un relato de la sensibilidad de la mirada. Se trata, en otras palabras, de esa forma de análisis que trata las imágenes como síntomas en lugar de como objetos. Síntomas de una enfermedad que es propia del espectador-crítico y de nadie más. Aunque intente explicar su dolor, es de hecho inenarrable. El crítico explica únicamente la manera en que ha mirado una película, en lugar de reflexionar sobre sus características. Su lenguaje se vuelve críptico, se llena de enroques y enigmas.

Al negar el tratamiento de las imágenes como objetos y optar por un acercamiento al Yo, se está entendiendo la imagen como un elemento contenedor únicamente de potencia. Pasa a ser un elemento que está, incapaz de ser todavía. Para ser, esas imágenes que ya no son interpretables necesitan de la presencia de una conciencia (mirada perversa o pervertida) que establezca los términos de su definición. Es la mirada egocéntrica del crítico.

Si nuestras imágenes ya no se pueden interpretar, es que sólo pueden experimentarse. El poder del Yo es, por supuesto, mucho mayor en una definición de la experiencia que en una definición de la interpretación. Lo interpretado debería ser útil en términos colectivos; se interpreta para llegar hasta la necesidad misma de que las imágenes existan. En cambio lo experimentado puede ser relatado con la ventaja de la distancia que, entendemos, separa a un individuo del otro. La experiencia es única e irrepetible. La interpretación acota el destino de las imágenes; la experiencia reduce al individuo: cada nueva experiencia lo vuelve un poco más único, reduciendo lo compartido con los otros. Para transmitir esa experiencia que se apoya en el Yo, sólo es posible recurrir a la empatía.

La experiencia del individuo en 2014 es una hiperrealidad. De poco vale que algo tenga lugar si no arrastra selfie, hagstag y fav. Lo que no se convierte en imágenes no ha existido. Y al revés: lo que se convierte en imágenes, por mucho que estas disten de la verdad, ya ha existido. La posibilidad de vivir experiencias y también de representar y transmitir esas experiencias nos excede, sucede con más fuerza que nosotros. Todo lo que ocurre debe ser representativo, y entonces el proceso que separa el instante del evento y el instante de su relato desaparece. Evento y representación son de repente una misma cosa. Mientras estamos disfrutando un hecho, lo fotografiamos ya pensando en su transmisión. Anulamos el hecho. El hecho real no tiene tiempo de ocurrir cuando ya ha sido representado y transmitido de forma ideal. Esa forma ideal es la que debe servir a la empatía. Es la forma en que un evento se hace compatible con la mirada del que está al otro lado.

La representación de la experiencia excede la realidad sensible. Muchos eventos adquieren una presencia ideal que los supera. El lenguaje que genera esta representación de lo no-ocurrido está lleno de gestos característicos. Gestos empáticos. El teórico de las imágenes André Gunther relata una ocasión en que viajó al Caribe e intentó capturar la imagen que mejor transmitiera lo que estaba sintiendo en una playa paradisíaca. Finalmente, después de muchos intentos, terminó por meter los pies en el borde del agua y fotografiárselos, en la que es ya una imagen paradigmática de nuestro tiempo. Imagen compatible con la mirada de cualquier espectador, imagen empática: había que acceder a esa iconografía de la selfie, vincularse a la forma de representación prototípica porque había sido ya depurada para ser superior a la sensación real.

Por supuesto, esto tiene que ver con la comprensión del individuo contemporáneo como proyecto, frente al viejo individuo como destino. En ese salto de la conciencia de un destino individual a la conciencia de un proyecto individual, la experiencia o la sucesión de experiencias cobran un sentido dramático. Todo puja por ser trascendente; todo puja por ser representado. El proyecto que somos cada uno de nosotros se demuestra en esa forma de hacer ver a los otros nuestra riqueza. El valor de una experiencia ya no está en el instante en el que ocurre, sino en un tiempo desplazado: el tiempo de las imágenes. El tiempo de las imágenes es en este caso el tiempo en que otro mira lo que nosotros hemos experimentado o hemos querido experimentar.

Es en esos términos que el Yo se vincula al análisis cinematográfico. Vivimos la época de una suerte de selfie-teoría. Una teoría que reivindica la sublimación de la experiencia individual y  al tiempo necesita de fórmulas prototípicas para su representación, porque la representación de la experiencia vuelve a ser superior a la experiencia cinematográfica.

El propio Nicolás Prados se cachondeaba hace algún tiempo de esa práctica tan extendida del trabajo con frames robados a películas durante su visionado, en particular de esos frames robados en el momento preciso para que queden fijados subtítulos crípticos, frases a medias que de nuevo establecen un lenguaje oscuro y enigmático, que nadie puede entender sino quien ha tomado el pantallazo. ¿No es esa práctica una de las mayores expresiones posibles de la búsqueda de una representación de la experiencia superior a la experiencia misma del visionado? Se trata de buscar en el frame un paradigma no de la imagen, sino de nuestra forma única, irrepetible de apreciar las imágenes. Se trata de marcar la distancia entre nuestra forma de experimentar las imágenes y la forma en que las van a experimentar los otros. Es de nuevo imagen-síntoma, somática de una enfermedad que el analista no comparte con sus lectores.

El lenguaje paradigmático del análisis audiovisual de nuestro tiempo es un lenguaje totalmente opuesto al de las imágenes y también al lenguaje propio de la teoría. Es, de hecho, un lenguaje que cualquiera que no sea el analista no debería comprender. Cuanto más propia y secreta sea la vinculación emocional que transmite el análisis, cuanto más absurdo y paranoico el resultado, más cerca estará de representar la complejísima, irrepetible experiencia del individuo que la firma. Su riqueza frente a los otros. De algún modo, cuando Nico afirmaba no entender el lenguaje del Yo, estaba reiterando esa distancia insoldable del Yo ajeno con nosotros mismos. Estaba demostrándose perfecto hijo de su tiempo, porque el Yo no quiere ser comprendido.

El nuestro no es un tiempo para comprender, ni siquiera un tiempo para experimentar. Es un tiempo que sólo representa, mostrando una especie de angustia por ser cuando se está. Es la época de ese Yo que experimenta, que proyecta su transitar sobre el cine. Pero cuidado: también ese Yo que contiene la melancolía de otra época pasada donde las imágenes no eran todavía un espacio común. Aquella época en que el crítico de cine era realmente un individuo particular, especial, y no otro más de este flujo infinito, imparable al que nosotros nos exponemos. Aquel tiempo en que una teoría del cine fue quizás imaginable.

NOTA: todas las imágenes corresponden a mi rapado post-fin de curso

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