Cineuá - Tu revista de cine

Estarás solo

Calle usted, Luciano, calle usted… No, no, Luciano, no.

Para resistir este nombre, necesito contener
el dolor de mis recuerdos. ¿Y usted cree que
aquella pequeña dentadura y esa mano de
niño que han dejado olvidada dentro de la
ola, me puede consolar de esta tristeza? Los
dos lo han querido, me dijo su prima. Los
dos. Me puse a mirar el mar y lo he comprendido todo.

Amantes asesinados por una perdiz, Federico García Lorca

La historia de este texto es peculiar, porque lo estoy terminando en la que va a ser mi casa durante los próximos tres meses, en Wildwood, New Jersey, en el Jersey Shore, donde voy a trabajar en un parque de atracciones. Es peculiar porque lo empecé con miedo en el avión a Nueva York, con mucho miedo, que es lo que mueve a las imágenes y, por tanto, nos mueve. Ahora estoy aquí, sentado, apenas tres días después de dejar Madrid, en el porche de una casa que comparto con dos turcos, dos ingleses, dos checos y una escocesa. La mezcla, supongo, destruye cualquier icono. Es lo primero que quería decir, antes de que se me olvide.

En realidad no quiero dudar pero dudo de esta última apreciación. Ayer mismo estuve caminando por Manhattan y, claro, con cierto placer morboso terminé en la Zona cero, que en principio no entraba en los planes de mi visita. Bah, a quién quiero engañar, sí que entraba, paseaba sin planes y quería verlo. Están construyendo esas enormes torres, la más alta mide 124 metros, encima del antiguo World Trade Center. Lo que se dice ser consecuente con la Historia, locuaz. Una demostración de poder en acero y cristal.

Pero somos así, ¿no? La cuestión es simple: ¿Puede haber dos cosas en el mismo sitio, a la vez? ¿Pueden ocupar dos cosas exactamente el mismo punto en el espacio-tiempo? Rollo: los protones y esas cosas que no entiendo, o el arrepentimiento y la salvación, la defensa y el ataque, la imagen y el vacío. Cómo se rellena el hueco que han dejado dos gigantes debería ser una pregunta tendente al vacío. Pero somos así, ¿no? Nos mola esquivar las verdaderas respuestas. Donde antes hubo algo que nos importaba, quizás no deba haber nada nunca más. Y todos comprendemos esa dualidad, pero nos da mucho miedo. Supongo que nada podía cubrir el hueco que dejó el World Trade Center, que esa imagen debía quedar vacía para siempre, pero suplantarla por algo todavía más grande es terrorífico.

La dualidad ha sido, en el cine de los últimos años, una variable tremendamente importante, quizás la más importante. Quizás porque en el mundo estéticamente unificado que dejó la Guerra Fría, la observación de lo dual, lo que puede ser de dos formas distintas, tiene cierto carácter revolucionario. Lo dual evidencia un estado donde el cambio es susceptible de convertirse en charnela de una narración, así de simple. Y así de complejo porque es, precisamente, el estado de las cosas que el capitalismo global quiere evitar.

Y, aunque es imposible evitar la dualidad, pueden usarse hermosos trucos. El ejemplo perfecto es esa ciudad terrible, Nueva York, donde conviven una propuesta masiva, excesiva como la del WTC, diseñada para asustar y demostrar que un atentando no puede derrumbar la moral americana, y otra mucho más sutil pero también más perversa como la del Apple Store de la 5ª Avenida, una caja transparente que apenas quiere verse, con la manzana de Apple colgando como única referencia. Un edificio que habla de lo que casi no está pero contiene cosas increíbles, de acuerdo con esa nueva estética que Jonathan Ive y Dieter Rams han universalizado en sus Macs, la de lo esbelto, lo redondeado y lo blanco, la de lo mínimo que tanto nos gusta porque estamos de vuelta de cualquier imaginería de luces y colores. Porque, de pronto, queremos no existir o existir apenas de cara a los otros. Esta estética de lo mínimo pero único, universal, es la que más miedo me da. Cuenta que los objetos, es decir, las imágenes, es decir, nosotros mismos, no deberíamos estar.

Precisamente en Nueva York tuvo lugar una de las imaginerías más espectaculares que he visto nunca acerca de lo dual. Hablo de 1997: Rescate en Nueva York (Scape from New York, John Carpenter, 1981), en la que Manhattan se había convertido en una enorme cárcel sin carceleros donde se recluía a los delincuentes más peligrosos de Estados Unidos para que vivieran bajo su propia ley. Carpenter, tan profundo en su obviedad, empezaba la película con dos reclusos intentando escapar de Manhattan, que eran asesinados por un helicóptero americano, y fundía esta imagen para dejar paso a la base exterior de la policía en Liberty Island, donde se podía leer un enorme letrero con la palabra LIBERTAD. Se confrontaba así la identidad americana con su violencia insensata, su particular forma de entender la libertad democrática. Esa democracia que, paradójicamente, el cine americano presenta en la figura del héroe solitario, aquí en realidad un asesino que devolvía la forma y luego destruía esa jugarreta de la libertad, en uno de los finales más canallas que haya podido ver en mi vida. El personaje de Snake recogía la figura del triunfo y la más despreciable identidad criminal, como es habitual en el cine americano pero sin reconciliaciones. No hay piedad para nadie.

Tiemblo cuando veo en Nueva York la Plaza del Memorial de Vietnam, con su monumento asquerosamente feo en que hay escrito un poema de un piloto de guerra, el Major Michael Davis O’Donell, que dice:

And in that time
when men decide and feel safe
to call the war insane,
take one moment to embrace
those gentle heroes
you left behind.

En una jodida democracia. Hasta este punto enfermizo llega el juego de lo dual.

Otro que juega bien con esta idea de los tópicos irreconciliables es, por supuesto, Tarantino. Así, Death Proof (Íd., 2007), desdoblaba su historia a partir de los mismos caracteres, para mostrarnos en su segunda parte otro mundo imposible, donde cualquier moral aplicable a la primera mitad desaparecía en un montón de violencia devuelta por las víctimas con muchísimo placer. Algo así como las guerras, los memoriales y los homenajes americanos. Son los sueños de la unificación, sus posibilidades; de nuevo lo dual se ha hecho explícito, se ha convertido en hecho. Sigue siendo emocionante que la película que Tarantino realizó después ponga en escena otra no ya una dualidad, sino el triunfo de otra Historia; una existencia que, por el mero hecho de haber sido filmada, ya existe en paralelo a la nuestra.

Se observa bien en este caso que es una cuestión de amor y de violencia. Todo esto, quiero decir: la dualidad, es siempre amor y violencia. En este caso, por ejemplo, esa suerte de amor del director que quiere salvarnos del Holocausto vs. la violencia que necesita para ejecutar sus planes. Siempre es así: la Liberty Tower suplantando la infamia del World Trade Center, erigida en símbolo de la libertad con una violencia insoportable. Qué fea es, qué hortera y qué imponente.

Lo que escribí en el avión hace un par de días:

Supongo que este texto tiene algo de reflexión sobre el cine y también algo de carta de amor. Es particular, en cualquier caso, porque lo escribo rumbo a Nueva York, ciudad que no conozco todavía. Pero digo que es particular no por mi estado psicológico, sino porque entiendo este como un buen ambiente para hablar del amor, la violencia y la venganza. Además, estoy rodeado de judíos practicantes por los cuatro costados. Están todos dormidos, menos uno que reza en voz alta.

Puede que sea un buen punto por el que empezar. La iconografía religiosa siempre es forma primitiva de cualquier otra representativa. Hay un carácter todavía latente de rito y otredad en cada imagen del mundo. El país al que vuelo, sin ir más lejos, es el ejemplo perfecto del poder de las imágenes, a las que han tenido que recurrir con un afán desesperado de significación para encontrar el ritual y la creencia en una sociedad sin tradiciones. Están muy solos, los pobres; los europeos no podemos entenderlo, porque en cualquier cosa que hacemos cae el peso de una larguísima Historia que ellos no tienen. En cualquier caso lo han hecho genial, los hijos de la gran puta.

Sobra decir que el valor de la violencia es base y finalidad de toda esta falsa estructura de la cultura americana. Pero es una forma muy banal de entender la violencia. La guerra, tal y como la inventamos los europeos, era una cuestión de amor; hoy es poco más que una cuestión económica.

No, ya no es lo que era, aunque me cuesta no ver una enorme cantidad de actos de amor, puramente simbólicos, explícitos en la imagen de cualquier tipo de violencia, la estrategia del poder y la seguridad del individuo mezclada con la del arrepentimiento; la venganza entendida en un nivel personal y no de supervivencia. Algo muy básico, muy figurativo, sólo posible en una sociedad analfabeta, pero también admirable como táctica de control político. El país justo en su venganza, saturado de imágenes, y la dualidad del dios vengativo, éste imposible de representar en imágenes. La fundación de Estados Unidos e Israel es tan distinta que se parece muchísimo; unos usaron su falta de raíces, otros una tradición férrea, innegable. Y sin embargo ambos recurren a la misma dualidad: la que plantean al ser, posiblemente, los dos países más violentos y despiadados del mundo y, al mismo tiempo, los que estructuran sus ideales económicos, esto es, morales, en su nivel administrativo. El hombre que reza a mi izquierda, buscando algún tipo de salvación que desconozco, pretende ser, al fin y al cabo, una imagen de la moralidad. Joder, qué solo está.

Nuestra cultura es mucho más abstracta, también más profunda por una sencilla razón: nos hemos atrevido a representar la violencia de Dios, la violencia de nuestras culturas desde el principio, una forma condenada a desaparecer como lo ha hecho. Ahora somos tan básicos como los americanos, y ni locos diríamos que toda violencia es una búsqueda, que la pasión es violenta y el amor es sufrimiento. Por suerte, la cultura no desaparece, queda en cada generación como un gen. La civilización va a a perder y, de hecho, ya no nos hacen falta guerras para vivir, ya no nos hace falta amor porque somos hombres libres. Somos algo como esto:

Alain Delon en El silencio de un hombre (Le samourai, Jean-Pierre Melville, 1968) mirando, con esos ojos azules, perfecto, a la mujer que le salva tanto, tanto, que le destruye tanto, tanto, o hace tan poco en su vida que, en cualquier caso, ya no puede seguir viviendo. No sabemos sus razones, pero esa imagen habla tanto de nosotros que se vuelve insoportable.

Es un mundo insoportable lleno de imágenes insoportables, con significados demasiado directos para ser ciertos o tolerables o humanos. El fundamento de la violencia como imagen esquiva, que negamos pero necesitamos, es hoy más fuerte que nunca. Cuando, en Tropical Malady (Sud Pralad, 2004), Apichatpong Weerasethakul descomponía su historia en dos vías completamente distintas, la que define una suerte de narración y la que utiliza la parábola, antes insertada en la primera parte, del amor como persecución de un espíritu asesino a través de la selva, estaba dejando paso a un nuevo cine que no sé si es ya el nuestro, pero que necesitábamos. Era la evidencia de las imágenes que recuperaban su significado después de una década vacía, y al recuperarlo nos pervertían. Era, precisamente, el tiempo en que Gus Van Sant cerraba su Trilogía de la Muerte, el trabajo más importante de una época por poner en escena la negación de cualquier conclusión posible en las imágenes. El final de la Historia, entonces, dejaba en el mundo una bestial conclusión, que el propio Van Sant retomaría en Paranoid Park (Íd., 2007), la obra del pensamiento occidental más completa que conozco, tan completa que no podría decir una sola palabra coherente sobre ella, tan precisa que no la entiendo. Sólo me atrevo a decir que este paso de las imágenes vacías de la Trilogía de la Muerte a esas otras imágenes de Paranoid Park, llenas de significados, están profundamente marcadas por la caída del World Trade Center y la forma en que trajo una renovación de la Historia occidental. Sólo me atrevo a decir sobre ella que, como nunca entenderemos nada, como ninguna conclusión es posible, nunca estaremos a salvo.

En eso tienen razón los americanos: por más que huyamos o nos busquemos, nunca encontraremos la línea narrativa que deseamos para nuestra Historia. Podemos especular porque todo es dual, ir de un sito a otro y probarlo todo. El vacío de la Apple Store puede compartirse con la brutalidad del nuevo World Trade Center, nuestro presente con otro en que Hitler murió de otra manera y los franceses pudieron ser valientes. Pero, en su naturaleza de imágenes, siempre van a estar solas. Simples imágenes, objetos particulares, incapaces de contener algo más. La imagen de América, la imagen de las dos torres cayendo y la de otra surgiendo, esa imagen del samurai cayendo, muerto por razones que desconocemos, y también la del héroe solitario, el asesino que nos salva y luego nos destruye. No son más que iconos, pero mientras existan vamos a estar solos; o mejor dicho, en las palabras de Lorca: “para resistir este nombre, necesito contener el dolor de mis recuerdos”. Sí, habla de imágenes en algún sitio de esa frase. Y poco después dice: “Ésta es la causa, querido Capitán, de mi extraña melancolía.

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