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Kinetta: la realidad fracturada

Igual que Marienbad representó el limbo donde amor y muerte se encontraban para arder gélidamente, Kinetta[i], en su modestia, podría sintetizar el territorio perdido donde convergen (para definirse, diluirse y finalmente desaparecer) nuestras obsesiones, filias, anhelos y frustraciones, o aquel espacio olvidado y otoñal donde en última instancia damos forma a nuestro fracaso. Un lugar que uno imagina envasado al vacío, irrespirable, inhóspito, el reverso tenebroso de esos emplazamientos idílicos que pudiéramos visitar en un agosto cualquiera en Grecia. La atmósfera desolada sirve de vehículo a una reflexión no ya sobre la angustia de un individuo sentimental y moralmente extraviado, sino sobre la forma en que dicha pérdida de objetivos y valores se traduce en una exploración de los límites que separan lo real y lo ficticio, lo que somos (una incógnita que la película no despeja) de su opuesto, que es, como escribía Cernuda, el deseo, que aquí más llanamente podríamos identificar con la plenitud o con el sentido vital, con una autorrealización imposible, porque los personajes están firmemente anclados al paisaje que los contiene -casi de una manera irracional y buñueliana- y en él la esperanza no puede germinar.

Juego paranoico de máscaras (hasta la arquitectura, hasta la playa, son una máscara), de acciones y personajes que se confunden con su propia representación, Kinetta conforma una estructura aparentemente caótica cuyo ensamblaje pervierte la coherencia temporal para promover un orden narrativo basado en la sugerencia y la omisión. Dicho orden se levanta sobre una esquinada secuencia de espacios en blanco dispuesta con un falso desprecio al espectador, pues es –paradójicamente- esa vocación desafiante la que deviene la mayor muestra de respeto a la inteligencia del respetable, a su capacidad para resolver singulares y difíciles puzzles (metafísicos, intelectuales, cinematográficos) en los que se termina calibrando la salud espiritual de una sociedad contemporánea azuzada por diversos demonios interiores (la fantasía sexual transmutada en muerte y explotación, la imposibilidad amatoria, el virus de la incomunicación…). En el ínterin, su director aprovecha para ensayar un juego de la crueldad que alcanzaría su máximo punto de sofisticación en su posterior Canino[ii], obra maestra donde ya se dejaba entrever a un erotómano perverso extraordinariamente capacitado para detectar y aislar los males de la sociedad de su tiempo, amén de ilustrar las derivaciones cancerígenas del poder y el potencial manipulador del lenguaje.

Kinetta es, también, un laboratorio. Lanthimos, más que demiurgo, se revela científico obsesionado con el estudio del comportamiento de una serie de células enfermas localizadas en un enclave tan fantasmal y extraño que sólo podía ser real. La estrategia estética pasa por un intuitivo, obsesivo trabajo de cámara que atenta contra la convención del encuadre y la planificación clásicas, ya desplazadas por una imperiosa necesidad de encontrar el punto más vital de la imagen, ese centro neurálgico a través del cual ésta se llena de electricidad y se comunica más satisfactoriamente al espectador. El resultado arroja sensaciones encontradas, de agobio y fascinación, de frío y de miedo, dejando a la cámara orbitar sinuosamente alrededor de los personajes y certificando a su autor como uno de los directores en activo más audaces y originales del panorama reciente, incluso emparejándole en inquietudes e intenciones con otra aplicada observadora del alma humana, la argentina Lucrecia Martel, que en su radical La mujer sin cabeza ya planteó una arriesgada formulación estilística similar a la de Lanthimos: situar el punto de vista del espectador en la misma nuca del personaje principal, dejando al resto (como espectros, como voces en la distancia) en un segundo plano para reforzar la sensación de extrañeza y de lejanía en la que se movía la protagonista, buscándose.

La búsqueda del yo es también clave en Kinetta, aunque la narrativa ardua y fracturada de Lanthimos dificulte una apreciación clara de la comprensión de sus personajes. Los movimientos de éstos en pantalla no hacen sino subrayar la problemática capital de lo falso y lo verdadero, o del peligro de una interiorización de la mentira que acaba revelando verdades ocultas e incómodas. Como en buena parte del cine de Raúl Ruiz (incluso de Hitchcock con sus célebres macguffins), lo esencial parte de algo inconcreto que se oculta al espectador: en la pequeña ciudad griega en la que se desarrolla la película ha habido uno o más crímenes, pero lo trascendente deriva del clima posterior creado, de la mirada de los habitantes de la zona y de las maniobras de investigación (¿o es escenificación puramente cinematográfica, autorreflexiva?) que lleva a cabo la policía, algo que da pie a una ceremonia de la impostura donde las identidades (de asesino, víctimas, policías…) se funden y confunden, situando lo real en un estado de mera ilusión que parece resucitar los instintos (de poder, de autolesión, sexuales) más reprimidos de los personajes. Se establece, entonces, el segundo gran tema de la película, que es (como en Canino) la gestión del poder y la imposibilidad de escapar a él, ya sea en calidad de víctima o de verdugo. Lanthimos ilumina esa zona de sombra de sus personajes con la intención de poder revelar así su fragilidad y su miseria, que el entorno grisáceo del pueblo costero parece materializar o completar físicamente.

Porque esa es otra. Uno tiende a personalizar, pero no conviene olvidar que el gran personaje de la película es la propia ciudad, Kinetta, y, por extensión, toda Grecia. El filtro de Lanthimos captura el malestar vital, la desorientación moral y el bloqueo emocional de un país extrañamente paralizado, representado en ese pueblo erigido sobre silencios significativos, crímenes irresolubles, inmigrantes explotados y una indolencia generalizada que deshumaniza por completo a sus habitantes, convirtiendo su drama personal en una pieza más dentro de un rompecabezas deprimente y depresivo, que empieza y acaba en un mismo punto a partir del cual todo se ha intuido y nada se ha aclarado. Una experiencia radical que elabora una crítica social laberíntica y huidiza a partir de impresiones estrictamente personales. Tiene mérito extraer un diagnóstico moral a partir de una visión esquinada y puramente subjetiva del entorno, casi abstracta en su plasmación escénica, y Lanthimos lo logra haciendo una película tan cerebral como extrañamente sensual, cine al borde del abismo que convierte la realidad en un campo de juegos donde la fabulación, las pulsiones internas y la falta de expectativas acercan al individuo a un estado mental cercano a la alienación, negándole por dentro, vaciándole. Dejándole, para su desconsuelo, eternamente atrapado en Kinetta, última ciudad fantasma de nuestra civilización.

 


[i] Kinetta, Giorgos Lanthimos, 2005.
[ii] Kynodontas, Giorgos Lanthimos, 2009.

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